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Mucho antes de aparecer nombres de morosos y fiadores en periódicos de circulación nacional, en campos pagados por instituciones financieras y similares, a años de distancia de los listados de ciudadanas y ciudadanos que amanecen y anochecen en papeles y cartulinas pegadas en las entradas principales de pulperías, peluquerías, ferreterías y barberías de municipios y cabeceras departamentales, existió un solo personaje que recuperaba esas carteras. Se hizo popular como “Víktor de La Traba”, de Masaya, y su agencia de detectives y cobranzas “Lince”.

Veló y enterró su apellido para volver a nacer
Su primer nombre fue Alfonso Brenes Bermúdez, nacido en la famosa calle del Pochotillo, de Masaya. Una vez que supo que su progenitor, el doctor Francisco Alfonso Brenes no lo reconoció como su vástago, enterró civilmente su nombre de pila, con vela singular, asistieron sus grandes amigos, Guillermo Castellón, Francisco Alejo, Rodolfo Bellorinì, Venancio Calvo Díaz, Anselmo Sequeira, hubo música, féretro y toda la parafernalia colateral. Inscribió su propia acta de defunción, esperó dos días y a mediados de esa misma semana registró su nuevo certificado de nacimiento con el nombre de Víktor de La Traba.

Sólo aceptaba cobros difíciles

A mediados de los años 40 trabajó como secretario del doctor René Schick Gutiérrez, quien fungía como asesor legal de Casa Mántica. Una vez graduado por correspondencia de cobrador profesional, instaló su propia oficina de Cobranzas, cerca del Hotel Colón, en la Vieja Managua, con ello inició uno de los episodios mejor logrados en la historia de las recuperaciones de carteras, pues Víktor de La Traba modernizó, dinamizó y elegantizó el cobro.


Solamente aceptó cobros difíciles y de gran cuantía, ya agotados por las gestiones de militares, policías y expertos abogados litigantes de la materia. Para tener el éxito que tuvo, de La Traba utilizó métodos y mecánicas estructuradas de manera tal que siempre lograba obtener el dinero adeudado. Iniciaba con cartas, telegramas, radio-telegramas, telégrafos y visitas personales, seguía con visitas a amigos del círculo íntimo del deudor, hasta emboscar a la persona en lugares públicos, tales como restaurantes, bares y cines.


Tal metodología se vio alimentada con estrategias de cobro que han sido caracterizadas como únicas, inesperadas y geniales. Constituyó un equipo de trabajo que bautizó con el nombre de Los Guacamayos, pues se vestían con trozos de telas tramadas sin forma y de colores llamativos, y con campanilla en mano, como duendes, se apostaban en las afueras de las casas de los deudores haciendo que el cobro se hiciese público y, como reacción, el ciudadano corría a solventar la obligación para detener el bochorno.


Como dato, que se asemeja a la creatividad de La Traba, existe desde muchos años atrás en Venezuela un equipo conformado por Abogados de Cobranzas denominados Los Pingüinos que se disfrazan de esos animales al estilo del personaje de Batman. En México, sobre todo en el Estado de Nuevo León, existen Los Chaparros, con iguales características que los venezolanos.


Uno de los cobros que quedó para la historia es el que efectuó el propio Víktor de La Traba, se sentó en la acera de la residencia de un connotado político de la época por 3 días con sus noches, hasta lograr el pago.


A su oficina llegaban a requerir de sus servicios, profesionales, diplomáticos, altos funcionarios públicos, elegantes damas, a todos les hacía firmar contratos, mismos que contenían cláusulas como la del 50 por ciento de lo obtenido eran para él y altos gastos de representación.

Agencia de detectives
Colateralmente al oficio del cobro, instaló una división de detectivismo denominado El Lince: Agencia de Detectives. Actuaba bajo estrictos y formales contratos profesionales, sus clientes eran de alto poder adquisitivo, banqueros, señoras que dudaban de la fidelidad de sus cónyuges y políticos briosos de sus mismos correligionarios. Al final entregaba en elegante sobre todos los instrumentos y hechos que resultaban de sus investigaciones, las mismas eran ejecutadas por Víktor y dos allegados. Tuvo resultados asombrosos, como incidir en el cambio de un diplomático de un país sudamericano y la recuperación de un valioso anillo de brillantes de una dama de Granada.


Hablar de Alfonso Brenes Bermúdez o de Víktor de La Traba, es decir genialidad, creatividad, elegancia y perseverancia. Podemos llenar hojas y hojas de hechos, anécdotas y acontecimientos surgidos de este personaje, y dejo someramente algunas de ellas:


Se costeó su educación en el Colegio Bautista de Masaya lustrando y vendiendo caramelos de maní, coco y leche-burras. Prestaba revistas, libros y documentos varios, siempre los devolvía a sus propietarios, por ello nunca le faltó ilustrarse. Usaba las uñas largas, como símbolo de poder de atención, al final se quedó con una muy larga y limpia en la mano izquierda.


Escribía alrededor de 130 palabras por minuto, con los brazos cruzados y con sólo dos dedos en su máquina de escribir. Practicaba la magia entre sus vecinos, amigos íntimos y en eventos públicos, era poeta y profesaba la religión Budista. Comerciante de placas de señalización y productos especiales en El Salvador, Honduras y Guatemala. Nítido en su aseo personal, vestir y palabras. Nunca se casó, tuvo grandes amores.


Se divorció de las reglas ortográficas del castellano y como consecuencia escribió las palabras que llevaban c con sus legítimos caracteres fonéticos: Nikaragua, Víktor, komer, okupaciones y otras. Vendió la dieta de la Luna, la del Tigre (agua, leche y carne) y boquear cada dos horas, con resultados óptimos.


Amigo fiel y solidario, Julio César Sandoval, Emigdio Suárez, Manolo Cuadra, Pedro Joaquín Chamorro, Arturo Ortega Calero, Manuel Zurita, Francisco Alejo, María Jesús y Cobán Sánchez, Oscar Abaunza, Santiago Palacios, Bernardo Sethman Gorn, Rodolfo Bellorinì, Anselmo Sequeira, Alcides Gutiérrez Barreto y muchos otros gozaron de su amistad. Dominó el inglés, italiano, alemán, latín y francés.

El museo de rarezas

Dentro de sus grandes iniciativas y genialidades, me voy a detener en dos que a mi parecer reflejan su personalidad. A mediados de 1971 fundó el Museo de Rarezas. Tenía entre otras ocurrencias: un sillón verde para sentar Presidentes y uno Azul para sentar precedentes, un Certificado de Defunción del Mar Muerto, sellado y firmado por autoridades pertinentes.


También tenía un suéter de llama peruana para abrigar esperanzas, una taza blanca con el asa azul al revés, exclusivas para zurdos. Un mediano reloj de pared enjaulado por que el tiempo vuela. Con el terremoto todo se destruyó, pero quienes recuerdan ese lugar, se carcajean de los materiales y colocación de los letreros. Arte Moderno dirán los expertos.

Las cartas del extranjero
Dedicaba meses a escribir, sin salir a ningún lado, tremendas cartas a amigos, narrando episodios y visitas a lugares maravillosos, describiendo pulgada por pulgada los lugares visitados hasta poner olor a las emociones. Les ponía fechas previstas y lugares distintos del Mundo. ¿Que hacía? Bueno, una vez elaboradas las misivas, se pasaba días en el Aeropuerto Internacional, les preguntaba a los viajeros sus destinos, una vez obtenidas sus respuestas extraía de su bolso cartas fechadas en ese lugar y le solicitaba a dicha persona que las depositara en la oficina postal correspondiente, así llegaron a los destinatarios correspondencias procedentes de Washington, New York, Chicago, Londres, Egipto, Madrid, Praga, Roma, Tokio, Pekín.


Al tiempo que calculaba la llegada de esas correspondencias, visitaba al amigo y le ampliaba con muchos detalles los lugares visitados.


Su muerte es tan misteriosa como fueron sus bromas. Lo hicieron desaparecer en Guatemala los militares de inicios de los años 80, que tenían una estructura de poder de criminales y fobia por los nicaragüenses.

Desaparecido
Dicen que preguntó a un transeúnte por la dirección tal, pero el pecado fue haberle dicho “Camarada”, como de La Traba acostumbraba llamar a sus interlocutores. Se presume que el susodicho era oreja (informante) de los miembros de seguridad. Lo denunció, lo siguieron, lo citaron en un hospedaje y nunca más volvió a aparecer.


Como si la vida se burló de él o si él se sigue burlando de la vida, no tuvo sepelio, no hubo vela con cuerpo presente, no fue enterrado en Masaya, no hay cuerpo, nadie encontró el cadáver, sólo se dejó para la historia una comunicación oficial del Consulado nica de la época donde se afirma la desaparición de Víktor de La Traba. Sus descendientes directos manifiestan no saber nada del lugar donde fue enterrado ni de su cuerpo sin vida. Por eso, abrigan la esperanza que un anciano con barba blanca pueda tocar la puerta algún día diciendo estoy de regreso, soy Víktor de La Traba.


Le sobreviven tres hijos, Ráfaga de Diamantina Brenes, de unos 60 años; Luz Eugenia Brenes Castillo y don Damocles Brenes Castillo. Viven fuera del país, excepto Eugenia, quien habita en el barrio La Bolsa, de Masaya, y tiene 5 hijos. El de dos años es llamado Víktor, y según dicen, trae el brillo y genialidad de su abuelo. De La Traba parece pues que ya tiene quien siga sus pasos en la familia.