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Esa síntesis me dejó pensando en los trabajadores del campo cuando me la expresó Alfonso Espinoza Álvarez, quien de niño fue machetero, como él se califica: mozo de hacienda; después guerrillero, y logró ser uno de los más importantes dirigentes de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC), por vivencia, conocedor de condiciones miserables de sus “hermanos de clase”, analizadas debido a su autodisciplinada formación educativa.


 Decidí entonces escribir acerca de los trabajadores permanentes y temporales, aprovechando la cosecha de café en Matagalpa. Una misión compleja, el control estadístico es deficiente, me bloquean los funcionarios gubernamentales que debiesen comunicar, y mis experiencias rurales podrían conducirme hacia la narrativa o el testimonio más que al reportaje periodístico, propósito éste con el cual estoy comprometido por contrato.


 La insuficiencia de datos institucionales dificulta la veracidad. Pero se estima que unos mil trabajadores laboran permanentemente en haciendas caficultoras, y 5 mil se suman a la zafra: la mayoría desempleados provenientes de barrios citadinos; y algunos pequeños propietarios rurales que no logran rentabilidad y ocasionalmente ofertan mano de obra.


El municipio produce unos 32 mil quintales, asegura José “Chepe” Solórzano, Presidente Departamental de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG), con afiliados laborando como obreros, cantidad que no precisa por la variable en los ciclos agrícolas.  Con esos ingresos compran lo que no logran adquirir con sus cosechas.


Pero ahora tienen más limitaciones los cortadores de café, pues no les permiten que trabajen sus hijos menores de 14 años, lo cual aminora el presupuesto familiar.
 
Altos precios y pocos beneficios
Doscientos treinta dólares es el promedio internacional del precio por quintal. El pago por lata de café cortado oscila entre 27 y 30 córdobas. Los empleadores podrían mejorar la vida de empleados, aún pagando costos de producción, pero no es así. La mayoría no son capaces de construir escuela, contratar médicos, acondicionar viviendas y campamentos.


 A don Sergio, un campesino cultivador de 16 manzanas de café, quien no quiso que le tomara foto ni publicara su apelativo (apellido), los compradores de la empresa exportadora le pagan unos 130 ó 140 dólares el quintal, les vende 300 quintales,  “y me trabajo las veinticuatro horas… para que la finca produzca… busco cortadores, compro la comida, ahí estoy pensando siempre… cómo salir adelante”, con esa cantidad --respondiendo a mi insistencia-- él deduce que sus ganancias son unos 5 mil dólares por zafra, equivalente a un poco más de 300 dólares mensuales, mientras los accionistas de los beneficios secos se embolsan cerca de 100 dólares por quintal.


En proporción a la riqueza que generan esos trabajadores y sus familias, no mejoran su economía, salud, educación, ni tampoco su relación social y organizativa. Les rodea un círculo de miseria que parece indestructible.
 No hay cómo reclamar. Desaparecieron sindicatos en haciendas, la mayoría de empleados no están registrados como fuerza laboral en el Ministerio del Trabajo y en consecuencia no cotizan en el Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS).  Consulté a los voceros gubernamentales y no pudieron darme cifras de obreros cotizando Seguro Social.


 José María “Chema” Espinoza, dirigente histórico y abogado de la ATC, contabiliza en el municipio unos cuatrocientos trabajadores vinculados con la organización, de los mil quinientos que llegaron a afiliar en los años ochenta del siglo pasado.


Desde 1990, las negociaciones entre el gobierno y el partido FSLN no prosperaron para que las empresas fueran propiedad de los trabajadores.


Recuerda Chema que la crisis económica y productiva de la caficultura, a finales de los años 90, aumentó el desempleo, la migración a la ciudad y fuera del país, surgió un nuevo modelo de contratación de mano de obra desestabilizando la organización sindical con tendencia a la desaparición en las haciendas, consecuencias que ahora se sufren.


Creció en 1997 la protesta masiva de obreros, la mayoría ex trabajadores de las haciendas propiedad del pueblo, quienes esperaban obtener escrituras de las tierras.


 Para finales de esa década, miles de trabajadores se fueron al paro, bloquearon las carreteras, marcharon hacia Managua, firmaron acuerdos con el gobierno, acompañaron a los patrones en las protestas frente a los bancos presionando para renegociar la deuda, pero muy poco lograron, algunos recibieron 10 manzanas de tierra.


 No aceptó brindarme declaraciones el directivo del FSLN, Isaac “Chaco”  Jáen, principal negociador  representante de los “plantoneros”, como se les llama a los obreros que protestaron en aquel entonces.


De tal manera que no sabemos cuántos trabajadores del municipio de Matagalpa recibieron tierras producto de los acuerdos de “Las Tunas”, firmados con el gobierno de Enrique Bolaños. Seguro es que no fueron muchos.
También deseaba escuchar la versión de Jáen, porque públicamente se le ha tildado de sospechoso de haber sacado provecho económico personal y para su partido en las negociaciones, así como de haber usufructuado las ganancias cafetaleras de las antiguas haciendas estatales.

Trabajadores migrantes
Desde entonces, los hacendados decidieron contratar a empleados por períodos determinados, la mayoría de las veces no más de dos meses, y así evitar emplantillarlos y que agrupados se organicen para reclamar sus derechos. Se van unos y vienen otros, con sus familias y pocas pertenencias a “ganarse los frijoles”.


Los trabajadores “permanentes” de la caficultura son migrantes, van de hacienda en hacienda ofertando mano de obra; no se benefician con programas del gobierno de Daniel Ortega. No cumplen requisitos para recibir: zinc, vacas, chanchos, gallinas o créditos. Carecen de tierra.


Durante la revolución sandinista en los 80, en las haciendas los trabajadores permanentes tenían derecho a cultivar alimentos, ahora para sus cosechas alquilan tierras a los patrones a un precio de un mil quinientos córdobas la manzana.


Sin embargo, durante la temporada de Apante, por falta de semilla no pudieron sembrar unas 300 manzanas, fundamentalmente de granos básicos (maíz y frijol).
 
No se alimentan
Jornaleros del campo no se alimentan. Generalmente desayunan, almuerzan y cenan lo mismo: frijoles, arroz, pastas de harina, café negro, tortilla de maíz, cuajada. Alguna vez, quizá cada 15 días, una sopa de res o pollo, o carne frita de ambas especies animales. Quienes llegan temporalmente al corte y llevan su comida, no es diferente, comida de pobre, sin muchos nutrientes.


Pretendí reflejar un diagnóstico clínico de los territorios cafetaleros de Matagalpa: al Sur, la zona de Apante; al Norte, colindante con Jinotega; al Este en los límites de San Ramón; sin embargo, el Ministerio de Salud no contabiliza a los obreros, no especifica el estado de salud de ese sector, ni sus funcionarios aceptaron mi pedido para entrevistarlos.


Enfermedades respiratorias, cutáneas, renales, hepáticas, óseas, es la generalidad del padecimiento de este sector que vende su fuerza de trabajo, al machete, en terreno frío y lodoso. En los pocos Centros de Salud de la zona cafetalera, la atención es primaria.


El paciente debería periódicamente viajar al Hospital Regional de Matagalpa “César Amador Molina”, para que le examine un médico general, pero no es “costumbre… uno va al hospital cuando se siente hecho paste”. La mayoría de obreros va “directo a emergencia”.


Para que un obrero vaya a cita con un médico general, debe viajar “en el primer bus”, agarrar número en la sala, perder el día de trabajo y gastar dinero en pasaje y medicinas, pues en el hospital no les proporcionan medicamento especializado.


Nada más estamos seguros que todos los trabajadores del café y su familia son desnutridos. Marcial Sánchez, de 50 años, lo afirma: “Veya amigo… es un dolor jodido que no aguanto en los huesos, uhhh… debe ser de tanto trabajo duro al machete que nos ha tocado vivir… y esos químicos que les regamos a las plantas… es dañino… y mal comido… apenitas estamos con vida”.


 Con sus ahorros en la juventud y la ayuda de su padre, compró “un terrenito” (media manzana) “cuando el dinero valía… en los tiempos de Somoza… era cipote yo… y como me había llevado a la mujer… tenía que buscar lo propio”. Su propiedad, en Pantasma, de donde es originario, tuvo que abandonarla cuando “la guerra de los 80”.


En esa época los sin tierra fueron a trabajar a las haciendas estatales, llamadas “Área Propiedad del Pueblo”. “Ahí… estábamos bien… lo que fregó fue la guerra”, manifiesta Visitación Zeledón, un obrero que conozco hace 25 años, y se desempeña como mandador de una hacienda.


 “El patrón es estricto…” -enfatiza, cuando le pregunto por el trato- “no hay más palabra que la del patrón… y pa dónde le va dar uno… no hay trabajo… los pobres tamos destinados aguantar”.


 “Sindicato… no hermano… es como que le mentés el demonio al patrón”, me dice Ramón Hernández, con un gesto en su rostro que me hizo reír por la espontaneidad y la imitación, aun cuando no es para reír comprobar el sometimiento que padecen los trabajadores rurales.


 “Mire don… lo que comemos… huevos y tallarines… y cómo va protestar uno… lo corren… antes con el sindicato peleábamos… ahora estamos pior”, me dice en secreto doña Juana Mendoza, mientras se agacha para atizar la leña en su labor de cocinera, trabajo que consiguió por ser la mujer del mandador de una hacienda en la cordillera Apante.
 
Viven con miedo

A esta hacienda entré porque el patrón no estaba y al mandador le dije que iba recomendado por un amigo de él, sindicalista. Me pidió que no tomara fotos para que no sospecharan otros “y vayan con el cuento”, y para despistar regó la bola de que yo andaba comprando café.


 En el camino hacia Aranjuez, me encontré con Deylis Montenegro, de 26 años, habitante del barrio El Tambor, Matagalpa; en esta temporada “me vine a cortar café… yo trabajo de ayudante en la construcción… pero no hay pegue… hay que rebuscársela compadre… aquí me gano los frijoles y llevo algo para la casa… así no paso echo m… la Navidad”. En estos días, cuando los plantíos están cargados de grano maduro, Deylis corta ocho latas diario, con “eso me defiendo… ya son doscientas varitas (córdobas) diario por lo menos”.
 
¿Y el campamento cómo está?
Uno se acomoda donde sea… se acostumbra… lo único es que llegaron a “funigar”...
¿Y la comida?
 “Idiay… comida… frijolitos, tortillas, huevo, café negro.
 ¿Tenés seguro social?
 No aquí no hay eso… tampoco en la construcción… uno trabaja al diario.
 
Para las parejas con hijos es más difícil
Para las parejas con hijos, ese diario se vuelve más penoso, no hay quien cuide a los niños y niñas. A los menores de 14 años, la ley laboral les niega el derecho al trabajo, si no laboran en la plantación no les sirven comida. El frío es de hasta 13 grados centígrados en época de corte, con llovizna y lodo permanente.


La mayoría, sino todo trabajador del campo, ha crecido en esas condiciones, sin oportunidad para el estudio. Es ahí la contradicción, no permiten la contratación de menores, pero no existen facilidades socioeconómicas para que asistan a la escuela, la vida errante tampoco se los permite.


Antes de los años ochenta estas personas recorrían plantaciones de café, algodón, caña de azúcar, banano.  En esa época se estabilizaron en las haciendas estatales; en los 90 quiebran las empresas estatales, retorna el latifundio, baja la producción y precio del café, los hacendados afirman no poder pagar los créditos, miles se encuentran desempleados.


Quienes lograban empleo en el corte no cobraban más que un dólar la lata, en Costa Rica pagaban mejor. En el municipio, ni la oficina de Migración y Extranjería sabe cuántos trabajadores del campo migraron, no hay datos.
 
Nada más se sabe que antes eran mil quinientos los trabajadores permanentes, ahora son unos mil; en una época se requerían unos ocho mil cortadores en la etapa pico y ahora cerca de cinco mil.

Los migrantes

De vacaciones a Matagalpa, procedente de Costa Rica, Ángela Blandón llegó a ver a su mamá y sus tres hijos. “Cuando chavala vivíamos en la “Alfonso Núñez” (empresa cafetalera estatal), después nos venimos al Tambor (asentamiento en el cerro del mismo nombre), trabajé de empleada donde doña Elsa… pero después me fui… allá estoy mejor… le mando a mi mama para la casa… yo no vuelvo a la montaña… hasta que da tristeza tanta desgracia”.


Los trabajadores de la caficultura requieren mejor salario, organizarse sindicalmente, asistencia médica,  educación,  seguro social y un “lugar propio donde vivir”.  

 

Pero todo indica que su sistema de vida es insuperable, las consignas gubernamentales partidarias del “Poder ciudadano” y “El pueblo presidente” no los incluyen. Varios directivos de la estructura del FSLN, que me pidieron anonimato para evitar represalias, confiesan que para esos empleados no hay programas, es bastante difícil, “a lo más que llegan es a los cabildos municipales”, pero ahí tampoco hay respuesta.

* Director, Centro de Comunicación y Estudios Sociales (Cesos)