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Si hay una capital que no es de población numerosa y agitada es Washington. Poco menos de 600 mil personas la habitan y quienes la recomiendan para una visita, dicen que bien se puede recorrer a pie.

Con cielo despejado, Washington impresiona más que cuando llovizna. La visita comienza al caminar por la Avenida Pensilvania. La foto obligada aquí, es frente a la Casa Blanca. Las edificaciones que le siguen dan la certeza de que se recorre el corazón de donde emana el poder norteamericano: El Capitolio que es la sede del legislativo, la Suprema Corte, El Pentágono que son las fuerzas armadas y  el Departamento de Estado, que es lo que de este lado conocemos como cancillería.

En el lugar, la residencia del presidente, se ve más modesta que en las fotografías postales. Construida originalmente por un ingeniero llamado James Hoban en 1792, fue incendiada por fuerzas británicas en 1814 y reconstruida cuatros años más tarde. Por seguridad  a sus “inquilinos”, hay restricciones a gran parte de su interior durante las visitas guiadas.

La siguiente parada es El Capitolio, ubicado en el extremo de lo que se conoce como National Mall. Es la sede oficial de la Cámara de Representantes y el Senado. El primer edificio fue construido por William Thornton entre 1793 y 1812.

La actual sala del Senado, fue incendiada también por los británicos en 1814.
La reconstrucción se realizó en varias etapas: el bloque central fue reconstruido en 1829, siguiendo los planes originales de Thornton; las alas laterales y la cúpula alta de 270 pies de altura, fue inspirada en la cúpula de San Pedro en Roma y coronada por una alegoría de la libertad. Entre 1958 y 1962, se construyó la fachada principal, que es el sitio donde los presidentes hacen su juramento cuando asumen la dirección del país durante cuatro años.

El Capitolio se ve dormido y silencioso un sábado por la mañana. Nadie se imagina entonces el “enjambre” de funcionarios y ejecutivos de grupos de presión que lo atiborran agitados en los días de regular trabajo.

La idea que los norteamericanos tienen de su historia política, no le sería entregada de forma completa a ningún visitante si en su recorrido no incluye el monumento a Lincoln.

Se trata de una estatua de mármol de 19 pies de altura, que es una réplica del presidente número 16 que ha tenido Estados Unidos. Dentro de un templo griego, a Abraham  Lincoln se le ve sentado sobre un trono bastante cómodo, serio y pensativo.  

Ningún guía que te conduce al monumento confirma  o niega los mitos que se han tejido alrededor de la gigantesca estatua diseñada por Daniel Chester French y develado hasta 1922, tras ocho años de arduo trabajo.

Se dice sin admisión oficial, que los escultores dejaron mensajes cifrados en la réplica del presidente, los más conocidos son la diferencia entre un lado y otro del rostro de la estatua  y los símbolos del lenguaje de sordos que supuestamente hacen sus manos. Pero eso carece de importancia al saber que en los escalones que llevan al gigante, Martin Luther King Jr. pronunció su famoso discurso “Yo tengo un sueño”, aquel inolvidable 28 de agosto de 1963.

Frente a Lincoln se ve el gran Obelisco, dedicado a otro presidente, Georg Washington, a quien esta ciudad le debe el nombre. El Obelisco es otra escultura famosa en Washington. Con 170 metros de alto, recubierto de mármol y diseñado por el arquitecto Robert Mills, el Obelisco parece elevarse sobre la pileta reflectante de 618 metros de largo por 51 metros de ancho.

 

Memorias de guerra
Un recorrido por la historia de Washington no puede terminar sin visitar algunos memoriales de guerra. Dos de los más atractivos, son el memorial a los caídos en Vietnam y el memorial a los  veteranos de la guerra de Corea.  

El primero se compone de un muro extenso, repellado en granito negro, que se extiende en forma de V y sobre lo que están tallados los nombres de 58, 209 estadounidenses que perecieron en Vietnam. El monumento fue diseñado por Maya Lin, una estudiante de arquitectura de Yale a sus 21 años de edad.

El segundo es diferente. Se trata de 19 esculturas de acero, que representan a soldados de tamaño natural, exhaustos y tristes, marchando cuesta arriba.