•  |
  •  |

En Nicaragua una buena parte de la población infantil con capacidades diferentes en edad escolar está literalmente dejada a su suerte. Son pocos los que logran superar las barreras -principalmente asociadas con la discriminación- y se motivan a atender el llamado del Ministerio de Educación que desde hace un par de años insiste en la posibilidad de que todos los niños vayan a la misma escuela.

El reto de la denominada Educación Inclusiva está ya contemplado en los planes del Ministerio de Educación, Mined, sin embargo, el salto del papel a la realidad encuentra muchos obstáculos aún entre ellos: falta de recursos, discriminación, escasa formación docente y poca labor de sensibilización para que padres y niños pierdan el temor al rechazo que frustra sus anhelos de estudio.

Es por eso que el grueso de los niños con discapacidad está iniciándose en el aprendizaje y lo hace en muchas de las improvisadas escuelas comunitarias apoyadas por organismos no gubernamentales y, en el peor de los casos, hasta subsidiadas por la propia comunidad.


Escasez de recursos, pero gran ingenio
El denominador común de estos centros es la escasez. Allí la falta de materiales didácticos y de preparación pedagógica, es superada con ingenio. Ése que solo puede resultar alimentado por la inmensa necesidad de muchos padres que están comprendiendo que los niños con capacidades diferentes pueden y deben tener acceso al conocimiento. ¡Ellos están asumiendo la tarea!

A Meyling Morales le toma una hora y media a pie trasladarse desde su casa hasta la Escuela Especial La Dalia, ubicada en el municipio del mismo nombre en Matagalpa, donde se desempeña como maestra voluntaria de niños con capacidades distintas, entre ellos su pequeño, de cuatro años, Diógenes Isaías.

Su caso no es raro. Muchas de las mujeres que hacen el sacrificio de ejercer la labor docente de niños considerados socialmente “especiales”, tienen como aliciente el haber traído al mundo a uno con esa condición.  

Algo justificable pues, según cuenta Morales, ellas reciben como única remuneración 500 córdobas  al mes, que les pasa el Mined de forma irregular. Parte de la pobre ayuda es la inclusión de la escuela en el Programa de Nutrición Infantil.

De modo que la recompensa real para Meyling, siendo madre soltera, es poder acompañar a su hijo en esa carrera de pequeños grandes logros que decidió emprender con él. En los días cuando los 500 córdobas no llegan y las necesidades aprietan, esta mujer decide ahorrarse el largo viaje hasta el centro y atiende a los niños en su propia casa localizada en la comunidad de Santa Julia, ubicada a 5 kilómetros del casco urbano de La Dalia.

 

Trabajan con las uñas
En la escuelita de La Dalia, por ejemplo, la pobreza los ha  llevado a “dibujárselas” para formar y procurar la rehabilitación de los menores.

No disponen de instalaciones. Llaman “escuela” a un pequeño espacio que en la Escuela de Cultura de la localidad les cedieron comprendiendo la importancia de su labor. Veinticinco niños diariamente son atendidos allí.

Material didáctico apropiado tampoco está en su inventario. Cuando las maestras se trasladan hasta comunidades de La Dalia como El Guapotal, Guasaca, El Coyolar, Granadillo y algunos barrios del casco urbano para hacer labor de concienciación e incluso brindar atención a niños a cuyos padres se les dificulta trasladarse hasta el centro; es cuando la creatividad aflora y supera toda limitación de recursos.

Con un balde vacío sustituyen una bola de Pilates que se emplea para ejercitar los músculos de los niños con discapacidad físico-motoras, mediante el equilibrio. Y con actividades como recoger granos de arroz, frijol y maíz, han ideado ejercitar los dedos de las manos de los pequeños.  A los no videntes les preparan actividades para que conozcan el entorno y aprendan a desplazarse por sí solos antes de iniciarse en las letras y aprendizaje del Braille.

 

Datos y cifras
La desatención de la niñez es generalizada, así lo comprueban los resultados de la investigación “Situación de la Educación Inicial en Nicaragua”, elaborado por el Instituto de Estudios Estratégicos y Políticas Públicas, Ieepp, donde se reporta que siete de cada diez niños en edad preescolar asisten a escuelas comunitarias.

Aunque este estudio no refleja la proporción de la población infantil con capacidades diferentes, integrada a esta modalidad educativa, en la práctica se conoce que están resultando la mejor opción para padres que buscan iniciar a sus hijos en el mundo del conocimiento.

Las ventajas: es común que las madres con un nivel de formación medio asuman el rol de educadoras, promotoras y hasta capacitadoras. Además, por sus pequeñas poblaciones escolares  el miedo a la falta de aceptación y estigma al que los padres piensan que se exponen los pequeños cuando se integran a una escuela regular aminora.

 

Acceso a la educación es sacrificio
Para los pobladores de comunidades alejadas de las cabeceras departamentales, llevar a sus niños especiales a las escuelas comunitarias o especiales, es todo un sacrificio.

Eso ocurre en La Dalia, los progenitores o tutores bajan de los cerros donde se alojan las poblaciones más pobres, acompañando a los niños para que asistan a la escuela. Eso significa horas de viaje a pie o en bestias, en caminos montosos y polvosos, que aún en verano resultan difíciles de transitar y donde el transporte vehicular no cabe ni en el sueño de los más optimistas. Ese esfuerzo que hacen por sus hijos es el reflejo de la sensibilización que ya tienen respecto de la importancia de buscar educación o rehabilitación para ellos.

Apoyo de organismo está haciendo la diferencia
Las escuelas comunitarias no conocen el término presupuesto. Pese a que el Mined enfoca esfuerzos por captar la población escolar con capacidad diferente, no destina fondos fijos para respaldar su labor.

Maestras consultadas aseguran que el trabajo de los organismos no gubernamentales está siendo decisivo para no dejar caer los proyectos de educación comunitaria, especialmente aquellos a los que están integrados los menores especiales.

En La Dalia la Fundación Los Pipitos ha sido un soporte, principalmente en lo relacionado con capacitación para una atención integral.  

Los capítulos de padres y madres de familias de Los Pipitos constituidos dentro de las comunidades, son fruto de la necesidad de dar solución a la carencia de atención educativa para la niñez.

Ese, según  Juana Lidia Pérez Palacios, docente y facilitadora de la Junta Directiva de Los Pipitos en La Dalia, es un avance motivado desde la población.

Esta docente afirma que en medio de las dificultades están obteniendo resultados satisfactorios.  

 

En El Viejo el panorama no cambia
Si se compara la situación de La Dalia con la del municipio de El Viejo en el departamento de Chinandega, en materia de carencia de la atención educativa para los niños especiales, da la sensación de que se trata de comunidades vecinas y no situadas geográficamente alejadas, como es la realidad.

En la Escuela Especial Teodoro A.S Kint, en 7 aulas, 3 dedicadas para talleres y una para terapias de lenguaje, las docentes atienden a 89 niños de comunidades rurales aledañas como: Tomvalle, Jiquilillo, Pantaleón, Los Ángeles, Tonalá, Toro Blanco, La Pedrera y Ticopa. La mayoría llega a la escuela pero no niegan la oportunidad a niños considerados casos especiales que demandan atención en sus hogares.

Según Julia Virginia Aguilera García, directora del centro, ellos están siendo beneficiados con el Programa de Nutrición Infantil del Mined que tiene entre sus objetivos abonar a la retención escolar. De lo que sí carece este centro es de un presupuesto fijo.  

La profesora Lidia Paz Ulloa, más allá de quejarse de las carencias que afrontan en la Escuela Especial Teodoro A.S Kint , da fe de los enormes avances sociales en cuanto a la asimilación de lo que significa la capacidad diferente. Tanto así que los mismos padres han asumido el rol de sensibilización para que aquellas familias que tienen infantes o adolescentes con algún tipo de problema cedan sus viejas concepciones y matriculen a los niños en los centros.

En el plano pedagógico, Paz señala las principales dificultades para que los estudiantes que ellos preparan y que califican para hacer el salto a las escuelas regulares, la negativa de los docentes a asumir el reto.

Dice que reniegan a la idea de atender a esta población infantil bajo el argumento de que atrasa el desarrollo de los programas educativos porque piensan que hasta las atrasan.  

Explica que es comprensible que los niños especiales no vayan en el grado escolar acorde a su edad  y al mismo ritmo que los demás, aclarando que eso “no les impide” integrarse.

 

Juan Carlos y su camino hasta la escuela

Cuando Juan Carlos Jarquín nació, los médicos pronosticaron que en poco tiempo perdería totalmente la vista.  De su diagnóstico sólo conoce que un parásito atacó sus ojos. Creció comprendiendo que debía vencer las limitaciones de su ceguera, pero la vida le enseñó que tenía un obstáculo más difícil por superar: el estigma y la discriminación que limitan la oportunidad de desarrollo de las personas con discapacidad.  

Pasaron 17 años para que Juan Carlos y su familia tomaran el “riesgo” de inscribirlo en un centro de enseñanza regular por miedo al rechazo. El temor lo sembró la actitud de su propia madre, quien lo entregó al cuido de sus tíos y abuela cuando perdió totalmente la visión.

En el municipio  La Dalia, Matagalpa, de donde es originario, hoy de 18 años de edad, asegura enfrentarse constantemente al monstruo de la discriminación. En su aula de segundo año de secundaria del Instituto Linda Vista, cree que no es considerado por sus compañeros como un elemento que puede aportar al momento de hacer tareas y trabajos académicos.

Los hace sólo, así eso implique un esfuerzo mayúsculo. La carencia de textos escolares en sistema Braille, por ejemplo, Juan Carlos la “resuelve” en casa: alguno de sus tíos le lee cada asignación y los graba para luego poder plasmarla en sistema Braille.

Reconoce falta de educación y sensibilización de parte de los docentes respecto del hecho de atender a estudiantes con capacidades diferentes. Revela que algunos hasta le han llegado a manifestar que no tienen tiempo para atender sus necesidades ni la de otros con su misma condición, porque no disponen de conocimientos de Braille y tampoco dominan lenguaje de señas para atender a estudiantes sordomudos.

Pero Juan Carlos se declara preparado para superar los  tropiezos que se le puedan presentar ahora que es parte del sistema de educación regular. Esperó mucho tiempo para vivir esa experiencia y quiere demostrar y demostrarse que su impedimento debe dejar de ser un elemento excluyente.

Dice Juan Carlos que en el centro comunitario de La Dalia aprendió no sólo las letras sino a no dejarse vencer por las carencias y el estigma.