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Hay distintas categorías de poetas. El Festival de Poesía de Granada las alberga casi todas. Están los extranjeros notables, que se codean con los nacionales de la misma estirpe. Los extranjeros desconocidos, que se deleitan con la poesía de los reconocidos. Los nacionales que llegan a la Gran Sultana por el día, y luego, por la noche, toman el bus de regreso. Y están los anónimos, que se dejan ver por minutos mientras declaman sus versos en el micrófono abierto.

Festival de PoesíaLuis Vega, cura y poeta que creció literariamente a la par de la Generación Traicionada, es de los pocos que se sienta a escuchar todo tipo de poesía. Se deleita, por ejemplo, con el micrófono abierto que está en las afueras de la Casa de los Leones, en ese pequeño estrado donde suben muchos dejando atrás el miedo escénico y, por qué no, el miedo al rechazo.

Vega, un sacerdote anglicano y abogado jubilado, cuya poesía en gran medida está dedicada a su padre, se siente identificado con los desconocidos que toman el micrófono. “Aquí hay poetas populares, poetas escondidos. Aquí hay carpinteros, artesanos, campesinos. Todos vienen a perder el miedo”. Algún día él fue popular, fue desconocido y fue carpintero.

“Mi padre es carpintero como tú/Por eso amo los bancos/las presas/los formones/los martillos, los cepillos/y los colochos que como rizos rojos/adornan tus pies”, leyó alguna vez el poeta Vega, un señor de rostro afable que camina solo entre los turistas y los estantes de la Feria Centroamericana del Libro, donde se escucha Flor de mi colina, y donde hace poco compró un pequeño libro de Daisy Zamora, a quien exalta ahora mismo por su belleza física.

Homenaje a su padre

Hoy el poeta Vega viste de negro por casualidad. Carga sus libros en un pequeño bolso, también negro. Son libros pequeños impresos en papel amarillento en los que condensa los recuerdos de su infancia, cuando lijaba ataúdes para ayudarle a su padre, a quien rinde homenaje en cada verso.

“Yo digo que Nicaragua es una tierra de poetas y que nuestro principal producto de exportación son los poetas”. En efecto, hay todo tipo de poetas a nuestro alrededor. Casi entrando en la Casa de los Leones está el “Poeta Carpintero”, Raúl Xavier García. Flaquito y con su rostro arrugado, es un bibliotecario granadino que se dedicó a la carpintería, y que de manera autodidacta transcribe poemas del inglés al español. Ha escrito libros, uno de ellos es La noche en llamas.

Hay turistas que se detienen a ver los estantes donde hay libros, policías que quitan y ponen sillas, poetas que entran y salen. Sentado en una silla de la Casa de los Leones está el poeta peregrino, uno menos conocido que los dos anteriores. Se llama Javier Malespín, y acaba de debutar en el micrófono abierto: “Yo soy la botella/del vicio sostén/amigo que pasas/conóceme bien”.

“Hoy debuté. Antes solo escribía anónimos. Estoy en la sala de parto”, cuenta el poeta peregrino, quien acaba de leer ante un pequeño público, quizá de unas 18 a 24 personas, compuesto por turistas cheles y nicas, y colegialas que se sientan a escuchar no más de media hora bajo el sol inclemente que agrava el calor húmedo de Granada. Adentro, en uno de los auditorios de la Casa de los Leones, el poeta de Blangladesh, Aminur Rahman, presenta su libro Diario perpetuo.

El sol se posa en el centro. Es mediodía. Los poetas invitados deben ir a almorzar. Otros, como el poeta peregrino, aprovechan para ver libros o buscar una ración de vigorón en el centro de Granada.

Tres horas después, Teresa Campos, una mujer que viste camisa roja con blanco, baja y risueña, sube al estrado de los poetas desconocidos. La presentan como poeta, y ella, penosa, pide no ser llamada así. A pocas cuadras, el principal promotor del Festival de Poesía, Francisco de Asís Fernández, presenta su último libro ante un concurrido auditorio en el que están la mayoría de extranjeros.

“Te culparán cuando al reinventarte harás desorden/te culparán por tus palabras y por tu silencio…/”. Teresa Campos concluye y se escuchan vivas al festival. Continúa un poeta haitiano: “Mujer negra/mujer desnuda…”. Unos se van, otros llegan. La Granada bonita, rústica, donde Luis Vega conoció el tren, se ha convertido en una tierra de poetas. De todo tipo de poetas.