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  • EFE

Tras cuatro semanas que transformaron la Puerta del Sol de Madrid en un símbolo del malestar que reina en España ante el desempleo y la crisis, los jóvenes "indignados" desmontaron su campamento, en un ambiente festivo, pero prometen que seguirán luchando.

"Reciclamos lo que podemos, el resto lo tiramos", afirmaba en plena labor uno de los manifestantes. "Esta es mi mesa de trabajo, la voy a guardar como recuerdo, muy conmovido después de recibir tanto cariño de parte de estos jóvenes", aseguraba por su lado el cocinero del campamento, Rafael Rodríguez Ballesteros, un restaurador desempleado de 56 años.

"Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir", habían advertido los jóvenes indignados el plantar el 17 de mayo su campamento alternativo en la gran plaza del "kilómetro cero" español, en pleno corazón de la capital.

Casi un mes más tarde, pese a un futuro incierto, los "indignados" anuncian nuevas acciones, especialmente una jornada nacional el 19 de junio.

"Vamos a seguir trabajando. La plaza va a seguir utilizándose como lugar de asambleas. También seguiremos utilizando internet. Para el día 19 todas las ciudades y los barrios han propuesto realizar una concentración a nivel nacional", aseguró un portavoz, Marcos Quesada, estudiante de derecho de 19 años.

Los manifestantes ya han construido en la Puerta del Sol una estructura donde "va a quedar un punto de información, para que siga vivo el símbolo de Sol", explica Irene Rodriguez.

"Tengo dos carreras (universitarias) de arquitecta e ingeniera, y tres idiomas, y me quedo sin trabajo", cuenta Irene.

El movimiento nació espontáneamente el 15 de mayo en una manifestación de ciudadanos cuyos objetivos eran diversos: contra el desempleo que afecta a más de 4 millones de españoles y a casi la mitad de los de menos de 25 años, contra los políticos acusados de cinismo y corrupción, contra los bancos y los abusos del capitalismo.

Muy rápidamente, gracias a las redes sociales, el movimiento libertario se extendió a todo el país, donde florecieron campamentos en las plazas públicas de decenas de ciudades y pueblos.

Después de haber conseguido reunir a decenas de miles de personas en el momento de las elecciones locales del 22 de mayo, el campamento empezó a vaciarse poco a poco.

"Estoy aquí desde el primer día, y estoy cansada. La gente tiene que seguir con su vida, con su trabajo. Es difícil. La gente prefiere verlo desde el sofá" explica Irene.

Estos días, sin embargo, pasaron a otros tipos de acción: una sentada nocturna el miércoles ante el Parlamento, con un mensaje a la clase política resumido en este estribillo: "¡que no, que no nos representan, que no!".

La plataforma exige una modificación de la ley electoral, que según ellos no deja lugar a los pequeños partidos, la "transparencia" de las instancias políticas y económicas, así como la participación de los ciudadanos en la vida política.

Pero sus propuestas concretas son casi inexistentes, y carecen de líderes. Por ello, el futuro de los "indignados", pese al apoyo de la opinión pública, parece incierto.

"Que nos traigan propuestas que hayan recogido 500.000 firmas, y entonces las examinaremos", indica un responsable gubernamental.

"Su futuro depende de su imaginación para mantenerse unidos e informados", opina Antonio Alaminos, sociólogo de la universidad de Alicante.

"Creo que es importante que esta indignación sea canalizada de formas distintas a través de proyectos coordinados. Ésta es la fuerza, y también el reto, que tiene este movimiento" añade.

Según Gabriel Cendal, un sociólogo de 55 años empleado por el gobierno regional de Madrid, que pasó cuatro semanas entre los animadores de la biblioteca del campamento lo ocurrido es algo que "nunca se había visto en España. El futuro, lo veo muy bien. Cómo se va a articular, no se sabe".