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  • AFP

Al menos 20 pacientes, visitantes y trabajadores de un hospital del centro de Afganistán murieron el sábado en un atentado suicida con coche bomba contra el centro sanitario, dos días después de que Estados Unidos anunciara el inicio de la retirada de sus tropas.

"Corregimos el balance de pérdidas", 20 en vez de 60, con relación al precedente comunicado, indicó el ministerio, que precisó que la explosión causó "unos 25 heridos".

"Sesenta de nuestros compatriotas, incluidos mujeres y niños (...) murieron y otros 120, algunos de ellos del personal sanitario, resultaron heridos", había afirmado el ministerio de Salud en un primer comunicado.

Los talibanes se apresuraron a negar la autoría del ataque perpetrado en la provincia de Logar, a 60 km al sur de Kabul, algo bastante inusual en ellos.

Sus kamikazes suelen atentar contra las fuerzas afganas e internacionales y también contra edificios administrativos.

Los insurgentes islamistas reivindican los atentados pero acostumbran a desmentir sistemáticamente su implicación cuando hay víctimas civiles.

En cualquier caso este ataque demuestra una vez más que, al contrario de lo que afirma Estados Unidos y la OTAN, la insurrección ha ganado terreno e intensidad en los últimos años.

Los rebeldes multiplicaron las acciones guerrilleras en todo el país, incluso en las provincias menos castigadas hasta entonces por la violencia.

"Este acto inhumano no tiene precedentes en la historia de esta guerra en nuestro país y apuntó a un lugar donde la gente se cura de sus heridas y enfermedades", añade el ministerio.

El kamikaze empotró un todoterreno contra el hospital del distrito de Azra, explicó a la AFP Din Mohamad Darwaish, portavoz de las autoridades de la provincia de Logar.

"Condenamos este ataque contra un hospital (...) aquellos que hicieron esto, quienesquiera que sean, intentaron de esta forma ensuciar a los talibanes", declaró por teléfono el portavoz de los insurgentes Zabihulá Mujahid.

Según Naciones Unidas, 2.777 civiles murieron en 2010, el año más sangriento desde 2001. La mayoría de ellos perdieron la vida en actos cometidos por los insurgentes, tanto talibanes como de otro tipo, y el resto como consecuencia de operaciones erróneas de las fuerzas internacionales y afganas.

Sin ir más lejos, el viernes, un atentado con bicicleta bomba causó diez muertos en un mercado muy concurrido de la provincia norteña de Kunduz.

Y eso que el presidente estadounidense anunció el jueves --tras asegurar que los refuerzos enviados en 2009 habían cortado las alas a los talibanes-- el comienzo de la retirada antes de un año de un tercio de sus soldados, o sea 33.000 efectivos, de los cuales 10.000 en 2011.

Los talibanes replicaron que se trataba de "un acto puramente simbólico" porque la solución radicaba en "la retirada total e inmediata de todas las tropas extranjeras". Los insurgentes añadieron que iban a "intensificar" la guerrilla.

Los aproximadamente 100.000 soldados estadounidenses desplegados en Afganistán forman más de los dos tercios de la fuerza internacional encabezada por la OTAN que derrocó a los talibanes del poder al final de 2001.

La cumbre de la OTAN de 2010 ratificó el principio de un traspaso de las responsabilidades en materia de seguridad a las fuerzas afganas a finales de 2014 tras una retirada militar progresiva, pero por el momento la capacidad del ejército y de la policía para tomar el relevo está por ver y el gobierno afgano está gangrenado por la corrupción.