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  • AFP

Las amenazas a la libertad de expresión en México se han extendido a quienes usan las redes sociales para romper la censura de los cárteles de la droga, como muestra el asesinato de una periodista que apareció decapitada junto a un teclado y un mensaje amenazante contra los tuiteros.

El cadáver de María Elizabeth Macías, de 39 años y jefa de redacción del diario Primera Hora de Nuevo Laredo, ciudad fronteriza con Estados Unidos, apareció el sábado, junto a un mensaje que afirmaba que fue asesinada por informar sobre actividades del crimen organizado en redes sociales.

Es el tercer asesinato de usuarios de redes sociales en el estado de Tamaulipas (noreste), considerado por el gobierno una plaza en disputa entre el Cártel del Golfo y el grupo narcotraficante Los Zetas.

El 14 de septiembre de este año, los cuerpos de otras dos personas fueron encontrados en Nuevo Laredo junto a un mensaje que también asumía el crimen como una represalia por denunciar actividades de la delincuencia.

"Estos tres homicidios parecen representar una alarmante estrategia para intimidar a los usuarios de las redes sociales para que dejen de comunicar información relacionada con la violencia", señaló Amnistía Internacional en un comunicado difundido este martes.

Macías moderaba el sitio web nuevolaredoenvivo.es.tl (que asegura tener 400.000 visitas al mes) y participaba de una cuenta en twitter (@nuevolaredovivo) que se define como una red de ciudadanos "comprometidos para informarnos entre nosotros de lo que ocurre en nuestra ciudad".

En México, de 112 millones de habitantes, existen 4 millones de cuentas de Twuitter según un informe de la empresa Mente Digital divulgado en marzo y unos 12,5 millones de usuarios de Facebook.

En varios de los estados de la frontera con Estados Unidos, sobre el Golfo de México y de la costa sur en el Pacífico, estas redes se han convertido en alternativa para hallar información sobre balaceras, ataques de grupos armados y secuestros que han desaparecido de los medios impresos, la radio y televisión.

Mike O'Connor, representante en México del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, en inglés), señala que en Tamaulipas, los periodistas viven sometidos al temor de pagar con su vida una información.

"No hay periodismo confiable desde hace mucho tiempo. Lo que dicen los reporteros de allí es que si dices la verdad, simplemente te matan", indicó.

Incluso las grandes corporaciones de medios mexicanos han adoptado mecanismos para evitar ser tocados por la violencia. Pese a ello, artefactos explosivos han sido lanzados los últimos meses contra diarios locales y estaciones de la principal cadena de televisión del país, Televisa.

En marzo Televisa y la mayoría de grandes medios firmaron un compromiso para dar cobertura "responsable" de la violencia que ha arreciado en México desde que el gobierno lanzó en diciembre de 2006 una ofensiva contra los cárteles a los que se le atribuyen más de 41.000 muertes desde entonces.

En México es "necesario defender toda manifestación, opinión o expresión, así sea a través de los medios de comunicación tradicionales como de los nuevos medios tecnológicos", advirtió recientemente el guatemalteco Gonzalo Marroquín, presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa.

Pero las acciones contra los usuarios de las redes sociales no sólo provienen del crimen organizado. Algunos gobiernos regionales también han tomado represalias.

La semana pasada dos usuarios que difundieron en Twitter y Facebook supuestos ataques a escuelas en el estado de Veracruz (este), otro de los afectados por la violencia de Los Zetas, recuperaron la libertad después de que la fiscalía desistiera de pedir su procesamiento por difundir rumores, delito por el cual podrían haber enfrentado hasta 30 años de cárcel.

México es considerado el país más peligroso de América para la prensa por la ONU, con unos 80 periodistas muertos y decenas de desaparecidos desde 2000. Hasta el asesinato de Macías sumaban una decena los comunicadores asesinados este año, según el recuento de Reporteros Sin Fronteras.