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Juan Jesús Aznarez / EL PAÍS
El ex general Manuel Antonio Noriega perteneció a la estirpe de los espadones centroamericanos patrioteros y corruptos, que acabó encolerizando a Estados Unidos, a quien había servido con la astucia del tahúr y con la lealtad de Judas. El mulato aindiado que dirigió Panamá y sus servicios secretos, trabajó para el imperio durante decenios, y para la embargada Cuba y otras agencias a tiempo compartido, con el as en la manga.

Hoy, un juez de Estados Unidos resolvió que era extraditable a Francia.

Antes de su desalojo a bombazos, durante la invasión de 1990, Bill Casey, entonces director de la CIA, le decía al embajador Arthur Davis: ‘He’s my boy’. Burla, burlando, lo fue hasta su asociación con el narcotráfico y hasta que llegó a creerse presidente de verdad de un país independizado al amparo de las cañoneras de EEUU para construir en su suelo el estratégico canal transoceánico.

Noriega (1939) dictó entre los años 1983 y 1989 tras haber llegado a la cúspide policial y militar a la sombra del general Omar Torrijos, un dictador de temple y patria. Su sucesor demostró no tener otra que las propias bajezas.

Noriega fabricó una autocracia de temibles cloacas, pues no en vano fue jefe de alcantarillas tras su ingreso en la Guardia Nacional, como alférez formado en la academia militar limeña de Chorrillos. La CIA le fichó allí porque el cadete de extracción humilde andaba justo de principios, y habría de querer medrar y enriquecerse.

El caso Spadaffora
Lo hizo hasta la indigestión. Durante la represión a palos de los Batallones de la Dignidad, la oposición civilista no levantó cabeza, y quien la irguió, como Hugo Spadaffora, la perdió. Su cuerpo decapitado apareció flotando en el río Vaquita.

El reo a la espera de destino, uniformado de general de pacotilla durante sus 17 años de presidio, aprovechó su control sobre la Guardia, y el trampolín del partido de Torrijos, el Partido Revolucionario Democrático (PRD), para alzarse nacionalista y acumular todo el poder.

Maquinó la presidencia de Nicolás Ardito, en 1984, a quien echó, y, dos años después, destituyó al jefe de Estado Mayor, Díaz Herrera, que lo había acusado de fraude electoral y complicidad con la CIA en la muerte de Torrijos en accidente de aviación, en el 81. El hombre fuerte de Panamá, el gallo de aquel corral hecho pedazos, chocó finalmente contra EEUU y se buscó la ruina. La CIA aún lo consideraba útil, y la DEA dudó, pero la Casa Blanca bajó el pulgar.

Noriega había negociado con Cuba, con el sandinismo nicaragüense, refugió a guerrilleros, a miembros de ETA, a malhechores y a ex dictadores, en ocasiones a pedido de la CIA. Creó las extintas Fuerzas de Defensa, y, machete en mano, engañó al pobrerío prometiendo su redención, mientras engordaba cuentas y colchones con los diezmos y comisiones impuestos al hampa y a los banqueros lavadores de dinero.

Pablo Escobar y lugartenientes del ‘Cártel de Medellín’, delinquieron desde Panamá, con documentos, laboratorios y casas asignadas por el autócrata del istmo. A cambio, pagaron 100 mil dólares semanales cada uno. ‘Pablo se mueve en Panamá como pez en el agua; se llevó (allí) sus aviones y sus pilotos’, según un sicario del capo, en un libro sobre Escobar de la periodista colombiana Astrid Legarda.

El presidente Erik Delvalle quiso eliminar a Noriega, pero fue derrocado por un parlamento afecto al general. Le sustituyó Manuel Solís, y a éste, otro, encontrado a lazo: Francisco Rodríguez. El fraude electoral de mayo del 89 y un fallido cuartelazo opositor fueron definitivos. El 19 de diciembre volaba hacia el canal el Ejército gringo.

El gallo, sin espolones ni amigos, se asiló en la Nunciatura, donde su titular, el arzobispo español Sebastián Laboa, jesuítico, le convenció de que sólo EU garantizaba su vida. El general le escuchó en silencio. Su última Nochevieja en libertad comió arroz, pollo y turrón, aunque le hubiera apetecido más la magnífica pasta italiana de su cocinera. El 3 de enero de 1990 se entregaba.