•   Bogotá, Colombia  |
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La comida consistía en arroz y frijoles. La cama era el suelo en sus improvisadas tiendas de campaña. Se bañaban en ríos, y cuando no estaban encadenados a árboles desde el cuello, se veían obligados a caminar largo tiempo en busca de nuevos escondites.

Los rehenes liberados por el ejército el miércoles de manos de los rebeldes colombianos en un arrojado rescate en helicóptero dijeron que su existencia había empeorado en meses recientes, a medida que las tropas gubernamentales se acercaban y los suministros en la selva se hacían más escasos.

''Desde hace un año los víveres llegan de manera muy difícil, hay muy escasa variación en la comida, cero frutas, cero verduras'', dijo Ingrid Betancourt, la ex candidata presidencial que se pasó seis años en cautiverio.

Betancourt, tres contratistas militares estadounidenses y 11 soldados y policías colombianos fueron rescatados de manos de las insurgentes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). En sus primeras horas de libertad, ofrecieron detalles sobre las penurias de su vida en cautiverio.

Los ex rehenes se levantaban a las 5:30 de la mañana, dijo el jueves el cabo del ejército William Perez, uno de ellos. A las seis les daban como desayuno un panecillo de maíz, y luego pasaban a hacer una hora de ejercicios físicos.

Después escuchaban la radio y esperaban un almuerzo ''de arroz, pasta y lenteja. Ese era el menú... quizá por ahí 15 veces al año un poco de carne, o vegetales'', dijo.

''Pero, ¿fruta, qué fruta? Eso no se da por allá (en la selva) y lo que hacíamos era coger frutos silvestres, que ni sé'' como se llaman, aseguró.

Los rehenes normalmente pasaban el día oyendo la radio y conversando, hasta que se acostaban cerca de las seis de la tarde, relató el cabo primero.

La ropa, especialmente, la ropa interior, era escasa, dijo Betancourt. La comida provenía de una olla vieja _ ''brillante de tanto uso'' _ que no tenía siquiera tapa.

''Teníamos problemas para obtener botas. Estas botas toca parcharlas porque no hay manera que nos faciliten botas nuevas'', agregó.

Las únicas ropas nuevas que había visto en mucho tiempo fueron un par de pantalones vaqueros que le dieron el miércoles horas antes del rescate.

Los rehenes mencionaron a menudo la crueldad de sus captores, pero ofrecieron pocos detalles.

''No es el tratamiento que uno le da a un ser viviente, para no decir a un ser humano'', dijo Betancourt el jueves a la televisora France 2. ''Yo no hubiera dado ese tratamiento a un animal, quizás ni siquiera a una planta. Era simplemente crueldad arbitraria''.

Pérez dice que a menudo el peor desafío era el aburrimiento, interrumpido solamente por periódicas marchas de campamento a campamento.

Sus peores recuerdos son estar encadenado por el cuello y obligado a caminar sin botas.

Algunos rehenes vivían con heridas sufridas durante su captura y con enfermedades oriundas de la selva que no podían tratar. Dos de los estadounidenses estaban infectados con el parásito tropical leishmaniasis, que causa ardientes lesiones en la piel.

Betancourt le dijo a France 2 que ella sufrió ''una serie de problemas que se acumularon uno tras otro. Yo perdí peso, como lo ve, perdí la capacidad de moverme, estaba postrada en mi hamaca, y tenía problemas para beber''. Añadió que William Pérez, entrenado como enfermero en el ejército, le salvó la vida.