Jorge Eduardo Arellano
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Bogotá, ENVIADA ESPECIAL
El País

Con la moral más baja que nunca, las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC) están sufriendo una auténtica sangría entre sus filas. Un total de 115 guerrilleros se han entregado al Ejército desde la operación que permitió el rescate de la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt y de otros 14 secuestrados, el pasado 2 de julio, en la selva colombiana, según el Ministerio de Defensa.

Esta cifra casi duplica la registrada en idéntico periodo del mes pasado (63), y aunque todavía es pronto para medir los efectos reales que la liberación de los rehenes ha tenido entre los guerrilleros, es una señal más de que el grupo armado se enfrenta a la situación más crítica en sus 44 años de historia.

Las llamadas desmovilizaciones han tenido un crecimiento sin precedentes, especialmente en el último año y medio. Ahora hay cerca de 8,000 guerrilleros de las FARC, frente a los 17,000 de 2002. Estas deserciones se deben, entre otras cosas, a que los ánimos de muchos están por los suelos. El rescate de Betancourt ha agravado la crisis que atraviesa el grupo --considerado terrorista por la Unión Europea-- desde la muerte de Raúl Reyes, su número dos, en marzo, y la del jefe máximo, Manuel Marulanda, alias Tirofijo, confirmada en mayo.

“En el seno de la guerrilla hay ahora una gran confusión”, explica un ex miembro de las FARC, de 28 años y desmovilizado en 2006 tras seis años en el grupo. Prefiere mantener el anonimato, porque está amenazado e intentaron asesinarle hace un año y medio, pero sigue en contacto con algunos compañeros. “Amigos míos allá quieren entregarse, aunque tienen miedo de que les pillen y les fusilen o que el Gobierno no les proteja”, añade en una cafetería de Bogotá.


Posible división
La guerrilla está a punto de romperse definitivamente en dos bloques y nadie sabe cuál será su próximo paso: si buscar una salida al conflicto o intentar lanzar una campaña de atentados. Mientras, intentan cubrir las bajas reclutando a gente en los municipios de la zona bajo su control, muchas veces de forma forzosa. “Los que me preocupan son los rehenes, porque las comunicaciones entre ellos no funcionan y algunos mandos medios pueden descontrolarse”, añade el ex guerrillero, que cuenta que abandonó el grupo tras ver cómo se degradaba ideológicamente.

Cuando se desmovilizan, los guerrilleros ingresan en un programa de Defensa que certifica que han pertenecido al grupo armado. Después entran en un programa de reinserción en el que conviven ex guerrilleros y ex paramilitares. “En Colombia se han desmovilizado 47,745 personas desde 2002; de ellos, unos 32,000 fueron paramilitares de las Autodefensas que negociaron colectivamente su entrega”, indicó el jueves el alto consejero presidencial para la Reintegración, Frank Pearl. Para acceder a las ayudas de reinserción tienen que saldar primero sus cuentas con la justicia. Si han cometido delitos de sangre, se acogen a una ley especial y van a la cárcel, aunque pueden ver reducida su pena sustancialmente.