•   París / AFP  |
  •  |
  •  |

Con el desarrollo de las armas, la fuerte competencia entre medios de comunicación, la importancia de la instantaneidad y a veces la falta de experiencia, los corresponsales de guerra están expuestos a cada vez más peligros.

Esta semana, la periodista norteamericana Marie Colvin y el francés Remi Ochlik, perecieron en el bombardeo de la ciudad rebelde de Homs, en Siria, semanas después de la muerte de Gilles Jacquier, el primer periodista occidental en caer en ese país.

La francesa Edith Bouvier, de 31 años, herida el miércoles en Homs de donde no puede salir para ser operada, es una joven periodista francesa independiente que ha cubierto en los últimos años conflictos muy candentes, sobre todo en Irak y en Somalia.

“Ella va donde hay que ir, y muchas veces más allá, sin ser alguien temerario”, dice a la AFP Philippe Gélie, jefe de Redacción en el servicio de informaciones internacionales del diario Le Figaro, para el cual trabajaba la joven en Siria.

Según la ONG “Reporteros sin Fronteras”, RSF, 66 periodistas murieron en 2011, de ellos 20 en el Medio Oriente y en el Magreb durante la llamada Primavera Árabe, contra 57 en 2010.

“La transmisión de imágenes se hace cada vez más rápida gracias a la Internet. La información se vuelve un producto que se consume de inmediato, hay que ir muy rápido. Por eso se toman en consecuencia menos precauciones para prepararse”, explica Philippe Rochot, reportero del canal de Televisión France 2.

Trabajan contra el tiempo
En los años 90, Rochot cuenta que tenía derecho a una semana para presentar un reportaje. En la actualidad solo son tres días. “Cuando uno trabaja rápido, hay más riesgos”, resume este periodista, que fue secuestrado en el Líbano.

La competencia entre los medios de comunicación explica también la obligación de la urgencia. Sobre todo porque ante la falta de oportunidades en Francia --por la crisis de la prensa-- muchos jóvenes se la juegan en las zonas de guerra, aun cuando no están preparados para las nuevas armas.

“En la actualidad, trabajamos en guerras en las que no sabemos qué puede ocurrir, los proyectiles pueden atravesar varias paredes. También existen detectores de la actividad digital”, explica Paul Moreira, uno de los primeros en haber realizado un documental sobre Homs, a comienzos de noviembre.

Las cámaras térmicas utilizadas por algunos ejércitos, así como los aviones sin pilotos, complican igualmente el trabajo.

Además, el estatuto del periodista ha evolucionado. Hasta mediados de los 90, al igual que la Cruz Roja o las ONG, el reportero era tolerado, e incluso muy respetado. Ahora está en la mira.

“El frente de la propaganda se ha vuelto tan importante como el frente militar. El periodista es un objetivo, por eso hay tantas tomas de rehenes”, dice Jean-Claude Guillebaud, testigo de los conflictos que se produjeron entre 1970 y comienzos de los 90.

“En una época se aceptaba que un periodista pudiese aventurarse en cualquier lugar para intentar contar un conflicto”, recuerda Vincent Hugeux, reportero del semanario L’Express.

“Esta garantía ha desaparecido con la aparición de milicianos, de esos jóvenes de 14 años, borrachos, drogados. Además siempre se sospecha que el periodista es un espía”, recalca.

Para prepararse cada uno tiene sus trucos: un buen guía local remunerado que les facilite el trabajo, permanecer agrupados o por el contrario, trabajar solos, sacarle la batería y la tarjeta ‘sim’ a los teléfonos celulares. O simplemente tener unos buenos zapatos para “poner los pies en polvorosa”, bromea Philippe Rochot.

Algunos periodistas hacen cursillos de guerra dictados por las fuerzas armadas, y los capacitan para detectar minas o comportarse de manera adecuada si hay una toma de rehenes.

Pocos son los que utilizan los chalecos antibalas. “Son muy pesados. Y el casco no es muy práctico”, dicen.

Paradójicamente el miedo representa la mejor defensa. “El miedo es nuestro mejor aliado”, explica Mehdi Fedouach, fotógrafo de la AFP.