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  • El País / España

Toshimi Abe tuvo que vivir una pesadilla para poner en marcha un sueño. El 11 de marzo del año pasado, cuando el terremoto de magnitud 9.0 sacudió el noreste de Japón con una fuerza jamás registrada en el país asiático, este criador de ostras que vive en Higashimatsushima, localidad de unos 43.000 habitantes, a 420 kilómetros al norte de Tokio, en la prefectura de Miyagi, fue a buscar a sus dos hijos que se encontraban en su casa, situada a 300 metros del mar.

‘Había cascotes por todos lados y no podía acceder. Utilicé una carretilla elevadora para despejar el camino y una rueda del coche se pinchó. Intenté cambiarla, pero en ese momento oí un ruido profundo, gente gritando y el graznido ensordecedor de las gaviotas’, explica.

‘Nos dirigimos corriendo al edificio de la asociación de pescadores, que está cerca de mi casa. Estábamos mi esposa, los niños y yo, pero faltaba mi padre, de 66 años. De repente, vi cómo llegaba el tsunami.

Era una pared de agua coronada por una masa de árboles. Estábamos en el segundo piso, y el nivel seguía subiendo. Pensamos que debíamos encaramarnos en el tejado, pero el agua se detuvo cuando llegaba a nuestros pies. Logramos salvar a una persona que iba flotando entre maderos y casas. Había gente dentro de coches’, dice con la mirada vacía.

A las cinco de la tarde -dos horas después del sismo- el nivel bajó a 50 centímetros. Esa noche medio centenar de personas durmieron, en medio de la oscuridad y el miedo, en el edificio que les había salvado la vida.

‘El Ejército llegó al tercer día. Los soldados cargaron a los ancianos que no podían moverse y se los llevaron en helicópteros’. Abe y su familia se instalaron en un centro de refugiados durante varios días.

El cuerpo de su padre apareció dos semanas después del desastre. ‘Condujo su coche al puesto de evacuación. Era miembro del cuerpo de bomberos. Creemos que quiso ayudar en las labores de alerta y el tsunami le atrapó’.

Del centro de refugiados, la familia se mudó a casa de su suegro, en el sur de Miyagi, desde donde Abe iba y venía a Higashimatsushima. Ahora viven en una casa prefabricada temporal.

En mayo fue a ver lo que quedaba de los dos criaderos de ostras que tenía antes del tsunami, uno a 500 metros de la orilla y otro, cinco kilómetros mar adentro.

‘No pude ir antes porque mi barco quedó destrozado’, afirma. Lo que vio no lo olvidará nunca. ‘Habían pasado dos meses y aún había coches semihundidos, árboles y casas flotando, todo enredado. La prioridad de las autoridades fue despejar las carreteras’.

El resurgir

Toshimi Abe era miembro de la cooperativa de criadores de ostras en esta región de gran actividad pesquera. ‘Yo recogía 420 toneladas al año. El maremoto destruyó todas las instalaciones. Es un milagro que la industria haya podido producir esta temporada -de octubre a marzo- un 10% de lo que criaba antes’, asegura. Para lograrlo, los pescadores limpiaron el mar, pagados por el Gobierno local.

Tras el desastre, pensó dejar el oficio que heredó de su padre y ejercía desde hacía 10 años. ‘No renové mi pertenencia a la cooperativa. Pero tenía que hacer algo, había perdido 80.000 euros (105.000 dólares) en las instalaciones y la producción, y 20.000 euros de la vivienda’, expresó.

Ese algo llegó en forma de chiringuito-restaurante de ostras, que levantó con un socio que antes se dedicaba a la comercialización del molusco en Internet. El local está situado temporalmente en una carpa de plástico en el malecón en Ishinomaki, ciudad de 160.000 habitantes a unos 9 kilómetros de Higashimatsushima. Sus seis mesas están llenas. Los clientes asan en las parrillas las ostras. La docena cuesta 2.500 yenes (30.18 dólares).

Abe habla con dignidad, sentado en un banco de madera con la espalda recta y las manos apoyadas sobre las rodillas bien separadas. ‘Decidí que además de producir ostras tenía que venderlas directamente a los clientes. En octubre, estuve en Francia y vi que muchos criadores tienen restaurantes. En la década de 1970, cuando Francia sufrió una plaga que diezmó sus criaderos, la generación de mi padre envió semillas de ostras para ayudarles a recuperar el cultivo. Ahora, nos están ayudando ellos’.

Abe dice que ‘en Japón, la mayor parte de las ostras se comercializan sin la concha, por lo que el beneficio es mucho menor’. ‘Además, el proceso de producción no ha cambiado desde hace décadas. No es como en Francia, donde siempre están investigando nuevos métodos’, explica mientras voltea dos piezas sobre la rejilla humeante.

‘Allí, las ostras crecen en redes -no en cuerdas que cuelgan en el mar- y tienen forma más regular. Quiero exportar algún día ostras a todo el mundo, pero para ello necesito que su forma sea como la de las francesas’, afirma.

Abe cobró 15.000 euros del seguro por el barco destrozado, del que aún tenía que devolver el 50% del préstamo que había pedido para comprarlo. Ahora, está a la busca de inversores para los criaderos y el restaurante que quieren construir en el futuro.

a industria nuclear resiste al desastre

Pero el impacto del tsunami de 14 metros que barrió Fukushima salpicó a toda la industria nuclear. El golpe fue muy duro. En la opinión pública y en los planes atómicos.

La canciller alemana, Angela Merkel, rectificó su intención de alargar la vida de las nucleares y en mayo adelantó el apagón atómico. En junio, los italianos decidieron en referéndum por abrumadora mayoría que no querían que el país volviera a construir centrales. Bélgica y Suiza siguieron caminos parecidos y se sumaron al repliegue atómico. Chile, un país tan sísmico como Japón, abandonó sus planes atómicos y hasta en Tejas (E U) se cayó un proyecto en el que participaba capital japonés.

José Emeterio Gutiérrez, director de Westinghouse para el sur de Europa, opina que ‘lo más duro fue la decisión de Alemania, que fue precipitada’.

Gutiérrez, como otros ingenieros, vivió el accidente como un shock, con la sensación de asistir a algo irreal. Nadie les había preparado para ello, porque para el sector nuclear los accidentes simplemente no podían ocurrir.

‘Al principio vi las noticias y estaba tranquilo. Pensé que la central aguantaría perfectamente. Cuando perdieron los generadores diesel (que refrigeran la central en caso de pérdida de suministro eléctrico) me quedé muy impresionado. ¿Cómo es posible si están preparados para eso? Podemos explicar lo que ha pasado, pero no justificarlo’.

María Teresa Domínguez, presidenta del Foro Nuclear, ofrece una visión muy optimista: ‘La situación en Fukushima está absolutamente controlada y no hay personas irradiadas. Eso ha hecho que los planes nucleares no se vean cuestionados’.

Un año después, la industria atómica ha comenzado a recibir algunas buenas noticias. Estados Unidos autorizó en febrero la construcción de sus dos primeros reactores desde 1978. Francia, el país más nuclearizado, y el que más tiene que perder si la tecnología se hunde, también ha reafirmado su apuesta.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, visitó el pasado febrero la nuclear más antigua de Francia, la de Fessenheim, en servicio desde 1977, y garantizó su continuidad.

El 17 de febrero, Sarkozy y el primer ministro británico, David Cameron, ratificaron su apuesta por la energía nuclear.

En España, una de las primeras decisiones del Partido Popular (PP) ha sido poner en marcha la prórroga de Garoña hasta 2019. La central burgalesa se conectó a la red en 1971 y es de las más antiguas del mundo. Tras Fukushima, la banca suiza UBS la colocó en el listado de las centrales abocadas al cierre.

Garoña es gemela al primer reactor de Fukushima. La República Checa, Finlandia, Lituania, Polonia y Suecia también han anunciado planes nucleares, aunque muchas veces estos anuncios no se concretan.

Peor que Chernóbil

Los ecologistas consideran que esto no es más que una especie de negación de la realidad. ‘Este golpe es peor para la industria que el de Chernóbil. Entonces podían decir que era tecnología soviética y un país con pésima gestión, pero ahora no’, dice Carlos Bravo, de Greenpeace.

Al margen de la seguridad y la opinión pública, hay aspectos económicos que lastran los desarrollos atómicos. La caída de la demanda eléctrica, la restricción del crédito, el auge del gas no convencional barato, las renovables y la pérdida de preocupación por el cambio climático van contra la energía nuclear. Al menos, contra la construcción de reactores.  
Además, Fukushima obligará a inversiones masivas en las plantas existentes para poder responder. En su lugar, muchos países occidentales apuestan por alargar la vida de sus centrales nucleares.