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“Asad ha matado a tanta gente que su final debería ser peor que el de Kadhafi”, afirma Amar al Wawi, un militar desertor que se convirtió en el número dos del Ejército Sirio Libre, ESL que combate contra el régimen.

El exoficial admite que el ESL cuenta solo “con pistolas y Kalashnikovs” y con unos 50,000 efectivos para hacer frente a “aviones de combate, blindados, armamento pasado, helicópteros y barcos de guerra” del régimen, que dispone de 300,000 soldados y de cerca de un millón de milicianos y miembros de los servicios de seguridad.

Pese a esa desventaja, Wawi está convencido de que el poder de Asad se desmoronará. “Nuestra fuerza reside en el apoyo del pueblo, porque somos quienes les protegemos”, afirma. Además, “nosotros tenemos las ideas y la ética y eso es lo que nos hace fuertes. La victoria será para los que luchan por la verdad y la ética”, agrega.

“La revolución contra la ocupación francesa duró diez años, los palestinos llevan luchando desde 1948 contra Israel. Las revoluciones triunfan cuando es el pueblo quien decide acabar con el régimen”, sentencia.
Wawi niega que el ESL --cuyo máximo jefe es el coronel Riad al Asaad-- haya pedido una intervención exterior, y dice que esperar algo en ese sentido sería ilusorio.

“La comunidad internacional y los gobernantes de las potencias mundiales no tienen ética y siempre trabajan para apoyar a los dictadores. No espero nada de ellos”, afirma, aunque reclama al mismo tiempo “zonas de exclusión aérea y corredores humanitarios” para llevar asistencia a la población civil.

Combatientes son sirios
Wawi también niega categóricamente que el ESL cuente en sus filas, como lo afirma el régimen sirio, con miembros de Al Qaida o con muyaidines procedentes de Afganistán y Pakistán.

“Todos los que formamos el Ejército Sirio Libre somos sirios, desde los capitanes hasta los soldados rasos. Todos éramos soldados en el ejército regular”, insiste.

Hace notar, asimismo, que con argumentos similares el libio Muamar Kadhafi, el tunecino Ben Ali y el egipcio Hosni Mubarak trataron de descalificar a las sublevaciones populares que acabaron por derrocar a sus dictaduras. “Es todo mentira”, proclama.
Asad, en cambio, según el militar rebelde, cuenta con el apoyo de las fuerzas de seguridad de Irán, de miembros de la milicia libanesa del Hezbolá y de partidarios del clérigo iraquí Moqtada al Sadr. Todos esos grupos son de confesión chiita, una rama del islam.

“El régimen es criminal, sectario y ha comenzado a utilizar la religión para dividir el país”, denuncia.
Wawi descarta el peligro de que Siria se convierta en otro Irak, donde la invasión estadounidense derrocó en 2003 al dictador Sadam Hussein, pero desembocó en una guerra confesional entre sunitas y chiitas que dejó decenas de miles de muertos.

En Siria “no han sido las potencias internacionales las que han comenzado todo esto, sino el pueblo, por lo que no se contempla una guerra civil o una guerra de sectas, porque todos los sirios buscamos el mismo objetivo, que caiga Al Asad”, sostiene.

Ese desenlace, tras el fracaso de las grandes potencias y de la Liga Árabe para conseguir una solución negociada, corre el riesgo de ser tan atroz como el fin de Kadhafi, quien murió linchado por sus enemigos en octubre pasado.
“Bashar al Asad ha matado a tanta gente que su final debería ser peor que el de Kadhafi”, advierte Wawi.