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Hasta donde puedo recordar, me he sentido más a mis anchas en el agua que en la tierra. Mi padre me enseñó a nadar a los 3 años, y desde ese día he sido una entusiasta.

He nadado con pirañas en el Amazonas, tiburones y pingüinos en las Galápagos, bancos de peces tropicales en costas de Papúa Nueva Guinea, con un pulpo en la Gran Barrera de Arrecifes y leones marinos en las costas de México.

Pero, sin consideración a cuántas de estas historias pueda recordar, no soy rival para una colega periodista, Lynn Sherr, autora de un nuevo libro: “Natación: Porqué amamos el agua”. Sherr celebra la cultura, historia y recompensas tanto físicas como mentales de este antiguo deporte, en segundo lugar solo después de caminar como la actividad recreativa más popular de Estados Unidos.

“Nadar es mi salvación”, escribe Sherr. “Nadar estira mi cuerpo más allá de sus límites terrenales, contribuyendo a aligerar cada dolor y acariciar a cada músculo. Sin embargo, es también una travesía al interior, un momento de contemplación callada, cuando envuelta en un elemento que es hostil y familiar a la vez, me descubro en paz, capaz - e impaciente - por ejercitar mi mente, imaginar nuevas posibilidades, solucionar cosas sin las molestas interrupciones de la voz humana o la vida moderna. El silencio es pasmoso”.

Los beneficios

Una de mis compañeras de nado asegura que la regularidad de sus rápidas vueltas de un lado al otro de la piscina la mantienen cuerda. Otra, con aproximadamente 55 kilos de sobrepeso, dice que su sesión de nado diaria la mantiene viva, previniendo las enfermedades que, de lo contrario, se agravan con la obesidad.

Si bien he amado el agua durante toda la vida, no empecé a nadar con rutinas de vueltas a la piscina sino hasta los 35 años, después de haberme lastimado la espalda; el nado era la única actividad que mi médico me permitía mientras me recuperaba.

Y como aprendí del libro de Sherr, mi pasión por la natación tiene una compañía prestigiosa, incluyendo a los Presidentes John Quincy Adams, Theodore Roosevelt, Franklin D. Roosevelt (quien convirtió una lavandería de la Casa Blanca en una piscina), Gerald R. Ford y John F. Kennedy.

Es de ayuda para mantener el vigor, las funciones cardiaca y respiratoria, el tono y flexibilidad muscular conforme se envejece. Cuando se hace aeróbicamente, la natación contribuye a mantener más elásticas las arterias y libres de depósitos de calcio.

En estudios de nadadores de edad mayor, Joel Stager, director adjunto del departamento de quinesiología en la Universidad de Indiana, ha encontrado evidencia preliminar de que la natación contribuye a mantener funciones cerebrales más altas.

Una vez que ya se es eficiente nadando, no hará mucho por la pérdida de peso, aunque las calorías quemadas pueden ayudar a mantener el peso.

“Sin embargo, no tiene que ver con el peso”, aclaró Sherr. “Se trata del tono y grasa corporal. Mientras más se nade, mejor será el tono del propio cuerpo y menor la grasa corporal.

De cualquier forma, los nadadores dedicados también necesitan un poco de ejercicio con pesas para proteger sus huesos.

Los impedimentos

Con más de 10 millones de piscinas residenciales y 309,000 piscinas públicas en Estados Unidos, ¿qué impide a una mayoría de los estadounidenses gozar del alivio y la sensación refrescante de una nadada con regularidad?

Los principales obstáculos son el miedo al agua; no saber nadar y respirar de manera apropiada; falta de una cultura de natación; y ningún acceso económico a una piscina o cuerpo de agua. A esto hay que sumarle una extraña queja que he oído de muchas mujeres: su renuencia a echarse a perder el peinado.

Las clases de aeróbicos acuáticos pueden superar la mayoría de estos problemas. Hay lecciones de natación disponibles en la Y y muchas escuelas a lo largo del país, y si bien lo mejor es empezar joven, nadie es demasiado viejo para aprender.

En mi opinión, todos deberían saber nadar y sentirse seguros en el agua; nunca sabes cuando tu vida o la vida de alguien que amas, dependerá de ello.