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¿Alguna vez soñaron en integrarse a la lista de celebridades y magnates que alardean de beber piñas coladas al atardecer en su propia isla privada?

Bueno, ya pasó ese momento.

El 7 de junio, se vendió una franja de tierra de media hectárea en el río Caloosahatchee, cerca de Fort Myers, Florida, en una insólita subasta en internet, en la que apareció la isla.

Diez personas, dispersas desde California hasta las Islas Vírgenes Británicas, presentaron pujas con el comienzo más bajo en 2,500 dólares. El ganador se abalanzó con una suma relativamente modesta de 258,500 dólares, una ganga si se considera la privacidad, las vistas, el acceso al golfo de México y al océano Atlántico, y, sobre todo, el derecho a presumir.

Claro que la isla no está lista para mudarse. Es virgen, lo que significa que no tiene electricidad, drenaje, agua corriente, muelle ni casa. El nuevo dueño se llevó 258,500 dólares en arena, roca, robles y uvas de mar, y, claro, un batallón de las mascotas no oficiales de Florida, los mosquitos.

Sólo se llega a la isla por lancha, un recorrido de 30 segundos desde tierra continental. Es encantadora si se quiere tranquilidad y soledad, no tanto si se necesita leche y se requiere de un séquito.

No obstante, el potencial es obvio. El dueño puede construir una casa unifamiliar en la isla, o meterse en territorio más creativo.

“Se habló de que los postores pudieran hacer una posada, un campamento de pesca, un retiro corporativo”, comentó Lamar P. Fisher, el presidente y director ejecutivo de Fisher Auction Company, que subastó la isla.

Fisher dijo que no tenía ni idea del tipo de pujas que recibiría. El condado Lee tasó la propiedad deshabitada en 42,000 dólares. Estaba bajo amenaza de ejecución hipotecaria, pero en 2008 los antiguos dueños, Arthur Paul y Pearl Hoffman, se la entregaron a la entidad crediticia, Pan American Fund LLC.

“Puedo decirle que mi vendedor, así como Fisher Auction, quedó satisfecho con la cantidad, el origen de los postores y el precio final”, dijo Fisher.

¿Quién fue el mejor postor? En la tradición de las grandes subastas, en las que Picassos y huevos Fabergé alcanzan millones no miles de dólares, el propietario desea permanecer en el anonimato.

Sin embargo, la discreción dura por siempre en raras ocasiones; las leyes del registro público de la propiedad se encargan de ello. Treinta días después de la venta, los curiosos y metiches pueden revisar los registros para enterarse del nombre, linaje y estado natal del propietario más reciente de una isla en Estados Unidos.

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