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Su voz chillona, semblante delicado y la inevitable caricatura de “Saturday Night Live” de ambos rasgos terminó robando algo de atención a lo que logró, pero no se equivoquen: Kerri Strug fue heroica.

¿Recuerdan esas Olimpiadas? ¿Atlanta en 1996? Como el equipo de gimnasia femenil de Estados Unidos estaba en competencia cerrada por la medalla de oro, se le dijo a Strug que necesitaba saltar una última vez, aun cuando el legado del salto que acababa de ejecutar fue una cojera y un dolor grave en su pierna izquierda.

Así que lo hizo. Corrió hacia el aparato, pegando y golpeando repetidamente con esa pierna en el piso del gimnasio. Se lanzó como un misil por el aire, de algún modo olvidando la segura miseria que le esperaba en su regreso en picada al suelo. Logró un aterrizaje firme y casi perfecto, trasladando la carga hacia la pierna buena. Retuvo su grito de agonía hasta que hizo una pantomima del éxtasis – pecho inflado, sonrisa de oreja a oreja – que los jueces prefieren y esperan ver.

Sigue siendo uno de los momentos más inolvidables de la historia olímpica reciente. Y perteneció no a algún gladiador profusamente musculoso o un tritón de largos miembros sino a una mujer de 18 años de edad que apenas medía 1.45 metros de estatura, pesaba menos de 41 kilos y debe haber establecido un récord mundial en valor por volumen.

Hay mucho que saborear en el espectáculo cada cuatro años de las Olimpiadas, que fueron inauguradas en Londres el 27 de julio, pero quizá nada más estimulante que la forma en que exhibe y celebra el atletismo de las mujeres tanto como el atletismo de los hombres.

Eso difícilmente es la norma en este mundo. O en Estados Unidos.

Cuatro décadas después de la aprobación del Título IX y una determinación nacional declarada de crear, en instituciones educativas de financiamiento público, igual de oportunidades atléticas para las mujeres que para los hombres, los bachilleratos y universidades en realidad hacen un mejor trabajo de invertir en, y promover, los deportes femeniles.

Pero en el terreno de los deportes profesionales y el tipo de competiciones televisadas que convierten a los mejores atletas en mini-industrias, las mujeres siguen muy rezagadas.

En la arena del tenis, sin duda, Serena Williams puede provocar el tipo de fascinación que provoca Roger Federer, al igual que Steffi Graf logró una fama comparable a la de su futuro esposo, Andre Agassi.

Pero el golf profesional femenil no tiene para nada el número de seguidores que el golf varonil. Y de los Cuatro Grandes deportes profesionales para varones – fútbol americano, béisbol, hockey sobre hielo y basquetbol –, solo el basquetbol tiene una liga femenil análoga, que no tiene un peso comercial análogo.

Luego llegan los Juegos Olímpicos, un acontecimiento deportivo visto con tanto embeleso como cualquier otro, con la capacidad de conferir fama y lucro a los victoriosos, y mucha de esta disparidad colapsa. El poder femenino recibe su sudorosa y merecida oportunidad.

Newsweek recientemente encabezó su paquete previo a las Olimpiadas con un largo perfil no de uno de los varones que se espera destacarán en la competencia sino de una de sus mujeres que se espera destaquen: Hope Solo, la guardameta del formidable equipo femenil de fútbol soccer de Estados Unidos. Solo también apareció en la portada de la revista.

El voleibol femenil es tan estrechamente observado como el varonil. Lo mismo aplica al atletismo femenil. ¿Ha habido un corredor varón en las últimas dos décadas que gozara de más reconocimiento de nombre que Florence Griffith Joyner? Ella podía ser conjurada en dos sílabas. Solo diga Flo-Jo.

Según algunas mediciones y en algunos casos, los Juegos Olímpicos ponen de cabeza al desequilibrio de género común. Este año, por primera vez, el contingente de atletas de Estados Unidos comprende a más mujeres (269) que hombres (261).

Aunque presentamos un equipo de gimnasia varonil cada cuatro años, las mujeres rutinariamente lo eclipsan. Tienden a enfrentarse mejor a las escuadras de otros países, y a la gloria no le importa el género en la asignación del tiempo al aire de las Olimpiadas.

Las mujeres gimnastas de Estados Unidos están de nuevo a la caza de una medalla de oro por equipos este año, y son un equipo aguerrido. Vi sus pruebas de calificación, durante las cuales algunas aspirantes que no lograron entrar en el equipo sufrieron horribles y brutales caídas en las barras paralelas. En respuesta, se sacudieron el polvo y reanudaron su actividad, con cada giro vertiginoso siendo una nueva invitación a las lesiones.

En las Olimpiadas las liberamos de las camisas de fuerza de la convención y la conformidad que a menudo les pedimos usar. Reconocemos que la gloria femenina toma muchas formas.

Los Juegos Olímpicos de Londres significarán el debut del boxeo femenil; Estados Unidos tiene una boxeadora que nos representará en cada una de las tres categorías de peso.

Tenemos una levantadora de pesas, Holley Mangold, que pesa 159 kilos, todos de puro carácter. Leer sobre ella es enamorarse de su modestia, su aceptación de sí misma, su inteligencia.

Y podemos vitorear a Missy Franklin, de 17 años de edad, quien estableció un récord en la natación femenil en Estados Unidos al calificar para siete eventos. Michael Phelps y Ryan Lochte tendrán que hacer espacio en el reflector al lado de la alberca para ella.