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Los 130 habitantes de esta diminuta isla frente a la costa de Bretaña son sobrevivientes.

Ellos y sus ancestros, que remontan sus orígenes a los druidas celtas, han vivido frecuentes periodos de hambre, una terrible inundación y dos epidemias de cólera. Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos de los isleños se negaron a aceptar la ocupación alemana y huyeron en barco para unirse al Ejército Francés de Liberación de Charles de Gaulle.

Hoy, los residentes de Ile de Sein se enfrentan a una amenaza más existencial. Con las tormentas cada vez más fuertes y un ascenso global en los niveles del mar de 0.35 centímetros por año desde principios de los 90, la existencia de la isla – a apenas 1.5 metros sobre el nivel del mar, en promedio – parece cada vez más en riesgo.

“Hay una creciente probabilidad de que la isla pudiera ser afectada por una tormenta mayor de lo común”, dijo Denis Bredin, que es parte de la oficina del gobierno que está a cargo de proteger las costas en Bretaña. “Sabemos que sucederá, pero no podemos decir cuándo”.

La Ile de Sein es una isla sin árboles en forma de signo de interrogación de 56 hectáreas, regularmente barrida por fuertes vientos. Recibe a más de 2,000 vacacionistas en agosto, pero no tienen agentes de policía ni autos ni banco.

En esta parte más al oeste de Francia, el mar ha inundado la isla dos veces, en 1924 y de nuevo en 2008, cuando una tormenta fatal llamada Emma azotó a la isla con olas de hasta ocho metros que dañaron los rompeolas e inundaron las casas. El agua incluso invadió la pequeña capilla de granito de Saint-Corentin, construida en los años 70, en uno de los sitios más elevados de la isla.

“Esto nunca había sucedido antes”, dijo Serge Coatmeur, que dirige un faro aquí, uno de los últimos que sigue operando en Bretaña. “Es como vivir en un volcán que puede estallar en cualquier momento”, dijo Michel Touzet, un piloto retirado que se asentó en Ile de Sein hace 20 años. “En invierno, nunca sabemos si nos encontraremos sentados sobre el techo de la iglesia o no”.

Los crecientes niveles marítimos han amenazado la existencia de pequeños estados isleños como Kiribati, las Islas Marshall, las Malvinas y Tuvalu. De hecho, el gobierno de Tuvalu anunció recientemente que los tuvaluanses necesitarían dejarla para siempre dentro de 50 años.

Pero los residentes aquí prefieren no hablar sobre la evacuación y el desplazamiento. Están particularmente vinculados con lo que Abel llamó su “fragmento de tierra”, donde “la vida y la muerte están ante nuestros ojos todos los días”.

Jean-Pierre Kerloc’h, el alcalde, atribuyó al “espíritu de resistencia” de los isleños su capacidad para hacer frente al ambiente hostil. No es simplemente una cuestión de clima; los isleños son famosos por haber desempeñado un papel importante en 1940, como algunos de los primeros en Francia en resistirse a los nazis.

Una escultura de granito que representa la Cruz de Lorraine – el símbolo del Ejército de Liberación de Francia – conmemora el papel de los isleños en la Segunda Guerra Mundial. Tallada en la piedra está la inscripción “Kentoc’h mervel”, que en el dialecto bretón significa “Preferiríamos morir”.

En junio de 1940, cuando el gobierno francés se preparara para firmar un armisticio con los nazis, 128 hombres de la isla zarparon para unirse a las “Forces Francaises Libres”, el ejército de resistencia de De Gaulle en Londres. (La Ile de Sein tenía poco más de 1,300 habitantes en ese entonces.)

Los 128 isleños, entre los 14 y 54 años, cruzaron el canal con sólo una brújula y un mapa, y sin radios ni luces de navegación. Anclaron en Cornwall, en el extremo sudoccidental de Inglaterra, y se reunieron con De Gaulle en Londres el 6 de julio.

Los residentes, decididos a conservar su lugar en la historia, están ahora preparándose para otra batalla, ésta contra el mar en ascenso, el enemigo más implacable y inmisericorde de todos.

Después de ordenar la restauración de los rompeolas en largas extensiones de la costa, ahora está trazando un plan para convertir a la Ile de Sein en “un modelo ambiental para Francia” liberándose del petróleo como combustible e invirtiendo en una compañía para producir energía a partir del mar y el viento.

“Siempre hemos sabido aquí cómo defendernos ante la adversidad”, dijo Kerloc’h.

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