•   Harem, Siria  |
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  • AFP

El único modo de acercarse a la ciudad de Harem, en el noroeste de Siria, es avanzar agachado, cubierto por los olivos, para evitar los disparos de los francotiradores del régimen de Bashar al Asad que vigilan el valle.

Los combatientes del Ejército Sirio Libio (ESL) controlan desde el sábado los principales accesos a ese burgo fronterizo con Turquía, en el flanco de la montaña y rodeado por vergeles.

Vista desde lejos, Harem es como Alepo (norte) en miniatura, con su imponente ciudadela, una ruina de granito blanco posada sobre la cima de una colina, salvo que aquí los rebeldes tienen la supremacía y controlan los alrededores, donde las localidades sunitas apoyan su causa.

Las fuerzas del régimen están atrincheradas en la ciudadela y los edificios públicos. Los rebeldes se infiltran en los suburbios mediante golpes audaces. Las calles de la ciudad son el campo de batalla.

“¡Vamos a estrangularlos a esos soldados, perros de Al Asad!”, grita Abú Said, comandante de la brigada Al Haq, un hombre de unos cuarenta años que dirige las operaciones en el terreno y tiene su base en Rass al Hsan, a unos veinte kilómetros.

Los combatientes se acercan a Harem caminando, evitando la carretera principal asfaltada, bajo la mirada de los francotiradores y artilleros al acecho en la ciudadela.

Las primeras casas aparecen en medio de los olivos. Los escombros cubren la entrada y los muros están carbonizados. No se ve un alma, salvo un anciano, que decidió permanecer junto a sus dos vacas.