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  • El País Internacional

El salafismo es un material altamente inflamable. Cualquier noticia o rumor sobre reales o supuestos agravios al Corán y a Mahoma puede llevar a las calles del mundo árabe y musulmán a miles de enfurecidos militantes de esa interpretación rigorista y totalitaria del islam suní. Como los que han asaltado sedes diplomáticas de Estados Unidos en El Cairo y Bengasi, provocando, entre otros daños, la muerte violenta del embajador Christopher Stevens.

Imposible razonar con los salafistas, su universo es el de una fe ardiente, cejijunta y pendenciera. Creen a pie juntillas en las simplificaciones fundamentalistas del islam que les largan sus predicadores, y creen que los occidentales están embarcados en una cruzada judeocristiana para mancillar su religión, ocupar sus países y explotar sus riquezas. Están, además, muy bien conectados por Internet, y son muy rápidos para detectar lo que les interesa de la aldea global. De la existencia de ese bodrio cinematográfico estadounidense sobre Mahoma que tanto les indigna, ellos fueron los primeros en enterarse.

¿Coincidencias?

Los asaltos de El Cairo y Bengasi se produjeron en el 11º aniversario del 11-S y algunos informadores han observado asimismo que los lemas y las banderas exhibidos por las turbas salafistas eran semejantes a los de Al Qaeda. Esto, sin embargo, no quiere necesariamente decir que la red de redes terrorista fundada por Bin Laden -o alguno de sus asociados- esté orgánicamente detrás de estos sucesos. En principio, esto tan solo constata la existencia de un estrecho parentesco ideológico y de un imaginario y una simbología comunes. El salafismo es, sin duda, un caldo de cultivo y una fuente de reclutas para el yihadismo, pero, lamentablemente, es un fenómeno más amplio.

En los comicios tunecinos y, sobre todo, egipcios surgidos de la primavera árabe, los salafistas han demostrado una fuerza electoral considerable. Piensan que los ganadores de esas primeras citas democráticas con las urnas -los islamistas moderados de En Nahda y los Hermanos Musulmanes- son unos flojos y unos vendidos. Así que, sin mayor demora, se han lanzado a campañas callejeras de acoso de todo aquello que les suene a incompatible con su estrecha visión del islam: las mujeres sin hiyab, las minorías cristianas, los artistas rompedores, las películas y los programas de televisión que no son halal, los laicos y los progresistas... Los actuales gobiernos islamistas moderados de Túnez y Egipto les dejan hacer por ahora. ¿Por recién llegados, porque no controlan aún las riendas de sus Estados, o por inconfesables coincidencias en un objetivo estratégico de ‘reislamización’?

Lo lamentable

La prueba del algodón de la veracidad de las convicciones democráticas de En Nahda y los Hermanos Musulmanes es, sin duda, si hacen o no lo que deberían hacer en Túnez y Egipto: reprimir con dureza a los matones salafistas.

Es muy mala noticia que Libia, donde tanto los islamistas moderados como los extremistas salafistas fueron derrotados en las primeras elecciones libres por una coalición laica y democrática, haya sido el escenario del asesinato del embajador norteamericano. Tampoco a su gobierno le queda otra alternativa que imponer orden a la fuerza. Mal asunto.