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  • The New York Times

En un reciente viaje al África a cargo de la Fundación Clinton, el expresidente habló de gran variedad de temas, desde la asistencia médica y el clima político en Washington hasta el tiroteo en un cine de Aurora, Colorado y los planes para el futuro de la secretaria de Estado, Hillary Clinton. “… yo pienso que debemos dejarla descansar y yo la apoyaré en cualquier cosa que quiera hacer”, dijo al referirse a su esposa.

A continuación un extracto editado de esas conversaciones, que se llevaron a cabo a mediados de julio en Sudáfrica, Ruanda, Uganda y Chipre.

¿Piensa usted que el clima político en Washington se ha deteriorado desde que usted estuvo en el cargo?

No lo sé, nadie ha acusado al presidente de asesinato todavía. Nadie ha tratado de quebrarlo con investigaciones sin sentido, así que no está tan malo. Pero el estancamiento político ha durado más tiempo. En ese sentido, mis tiempos fueron en extremo dolorosos para la gente involucrada, pero no tan malos para el pueblo estadounidense. Hasta ahora nadie ha superado el punto muerto. La elección lo va a hacer. Si gana el presidente, entonces cualquiera que quiera estar en la jugada y conservar su mayoría va a tener que colaborar. O bien, se va a superar el punto muerto si eligen a Mitt Romney y este simplemente pone en práctica su agenda, lo cual pienso que será muy malo para la economía. Pero las elecciones van a superar ese estancamiento.

En África hemos visto mucho trabajo de la Iniciativa Clinton de Acceso a la Salud. Hablando de acceso a la asistencia médica, ¿qué impresión le causó la reciente decisión de la Suprema Corte sobre la atención médica?

Legalmente fue curiosa. En lo personal pienso que fue una decisión fácil.

En las elecciones primarias de 2008, Barack Obama discutió mucho con su esposa porque ella insistía en un mandato. Y ahora es la parte central de su plan de asistencia médica. ¿Eso fue buena política?

Sí. Primero que nada, Obama tenía razón, era buena política. Recuerdo cuando era gobernador, me visitó una delegación de motociclistas que estaban enojados conmigo porque no acepté que se rechazara el casco obligatorio. A esos motociclistas como que les caía bien, pues me veían como un palurdo, y me preguntaron: “¿Cómo puedes hacernos esto? Es una locura. Queremos montar las motos sin casco para poder sentir la brisa en el pelo y escuchar las cosas”. Y yo les respondí: “Ya sé que eso quieren, pero ustedes no tienen derecho a sufrir un accidente en el que no mueran sino que queden seriamente lesionados y que los demás tengamos que pagarles su incapacidad”.

El debate entre Obama e Hillary en las primarias...

Pero primero déjeme decirle que él condujo una campaña muy hábil y fue muy inteligente políticamente. Para ser justos, él no había lidiado con los detalles sucios y las complejidades de la asistencia médica. Ella sabía, por todo el trabajo que habíamos hecho antes, que si no se tenía un mandato, aquello no iba a funcionar. Y, en toda justicia, cuando empezamos no teníamos un mandato individual porque teníamos el mandato de los patrones. Pienso que el presidente merece el crédito. La mayoría de quienes se postulan a la presidencia tratan de actuar lo más cercano posible de lo que dijeron que iban a hacer, a menos que estén convencidas de que estaban equivocadas o de que las circunstancias cambiaron. Nos da gusto que Lincoln no haya cumplido su promesa de no liberar a los esclavos. Nos da gusto que Roosevelt no haya cumplido su promesa de equilibrar el presupuesto.

Después de la matanza de Columbine, en 1999, usted se pronunció en favor de leyes más estrictas sobre armas. ¿Piensa que Obama debería de hacer lo mismo a la luz de la matanza de Colorado?

Él es de Chicago y yo soy de Arkansas. Yo tenía un rifle 22 y disparaba a latas en la cerca cuando tenía diez u once años de edad. Trataron de satanizarme, pero la razón de que pude prevalecer con la ley Brady y la proscripción de armas de asalto –pero nunca logré que se cerrara la brecha de las ferias una vez que los republicanos llegaron al Congreso– es que yo vengo de una cultura en la que la gente puede oírme hablar de ello y no se imaginan que les podría quitar su temporada de caza. Yo tuve un tío abuelo muy brillante. Le apuesto que su coeficiente intelectual era de 185, aunque tenía estudios solo de sexto año. Una vez le dije: “¿Qué demonios es esto? Nadie piensa en verdad que le voy a quitar sus armas”. Él me respondió: “No, Bill, pero tienes que tomar en cuenta a la gente como yo. Nunca en la vida nos vamos de vacaciones. Lo único que tenemos es la caza y la pesca”. Él era un tipo muy sin pelos en la lengua. Le pregunté: “¿En verdad piensas que ellos creen que les voy a quitar las armas?” Él me respondió: “Claro que no, pero no quieren arriesgarse”. Es muy importante, si queremos abordar esto, que no tratemos a la población rural como si fuera estúpida o no tuviera preocupaciones legítimas.

El índice de aprobación de su esposa es casi de 70 por ciento. ¿Qué piensa usted de eso?

Sé que, en general, los secretarios de Estado y de defensa suelen ser populares pues por definición están fuera de la política. Pero no creo que sea muy complicado. Creo que el país la ve como la vemos aquellos que la conocemos. Ella se levanta cada día, se va a trabajar, y empuja una roca cuesta arriba. Si la roca resbala para abajo, ella la vuelve a empujar hacia arriba.

Verá usted, cuando íbamos a la escuela de derecho y me di cuenta de que la amaba, le dije: “Sabes que quiero casarme contigo, pero tú no deberías de casarte conmigo”. Literalmente tuve esa conversación con ella. Ella me preguntó ¿por qué? Yo tenía 26 o 27 años cuando salí de la escuela de derecho. Trabajaba en la campaña de George McGovern. Conocí a mucha gente que estaba en contra de la guerra de Vietnam. Había visto a gente de nuestra generación que eran de lo más destacado y le respondí: “Tú eres la más dotada de todos”. Ella solo se rio y me preguntó: “¿De qué estás hablando?” Entonces le respondí: “Deberías dedicarte a la vida pública. Irte a vivir a Chicago o a Nueva York, o algún otro lugar y ejercer el derecho y aspirar a un cargo público”. Ella me respondió: “Mira qué fuerte soy. Nadie votaría por mí para nada”. Así que se fue a Arkansas conmigo.

¿Ella quiere aprovechar su actual popularidad para aspirar otra vez a la presidencia?

Ella cree que va a dejar la política. Cree que va a escribir un libro, a dedicarse a su trabajo con las organizaciones no gubernamentales y tratar de influir en las políticas. Pero el auge del Tea Party nos ha hecho pensar a los dos que no podemos desdeñar la política. Es por eso que escribí ese librito “Back to Work”. Pero eso es lo que ella cree. Y señala que ya no somos unos jóvenes y hay mucha gente que quiere ser presidente. Ella no piensa que va a volver a postularse. Pero yo pienso que debemos dejarla descansar y yo la apoyaré en cualquier cosa que quiera hacer.

 

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