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Durante varias semanas, en agosto y septiembre, mientras los expertos conservadores descartaban más y más la campaña de Mitt Romney por desdichada y desesperada, los asistentes cercanos al aspirante presidencial republicano en privado le predicaban paciencia y entereza.

“Romney recibió un golpe”, admitió un asistente de alto nivel a fines de septiembre, después de que las cifras para él en las encuestas se desplomaron a raíz de sus comentarios sobre el 47% de estadounidenses que dependen del gobierno y se consideran víctimas.

“Pero ninguna palabra que haya dicho un candidato en septiembre ha determinado jamás una competencia, a menos que sea: ‘Señor juez, me declaro culpable’”, agregó el asesor, descartando a quienes daban por concluida la liza (justa). “Está bien pensar por uno mismo. Resistirse al impulso de seguir a los demás.”

El momento esperado

La actuación de Romney en el debate del miércoles pasado fue precisamente uno de esos momentos que sus asesores esperaban que llegaran: un solo evento que borrara rápidamente la tristeza y la condenación de sus aspiraciones a la Casa Blanca y que le proporcionara un nuevo impulso a su campaña.

En los mítines del fin de semana, Romney fue un candidato diferente. Su voz sonó más fuerte, más confiada. Sus asesores y agentes están más contentos y menos a la defensiva. Y sus seguidores están respondiendo en las encuestas que por fin están orgullosos de apoyar su candidatura.

Una encuesta del Centro Pew, publicada el lunes encontró que los simpatizantes de Romney están más comprometidos y sienten más entusiasmo por su candidato de lo que habían estado durante esta temporada electoral. Eso parece haberse traducido en una competencia más cerrada, y hay varios sondeos que muestran que la ventaja nacional del presidente Barack Obama se redujo a raíz del debate.

Ahora, faltando 28 días y tres debates, Romney y sus asesores tienen que preocuparse por otro rápido cambio de rumbo, esta vez en dirección de Obama.

Lo impredecible

El considerable cambio en favor de Romney después del primer debate es un ejemplo perfecto del papel tan imprevisible que juega el ímpetu en las campañas presidenciales de Estados Unidos.

En 1980, George H. W. Bush aseguró tener “el gran ímpetu” después de haber derrotado a Ronald Reagan en los caucus de Iowa. “Lo que tendremos es ímpetu”, le dijo Bush a Bob Schieffer de CBS esa mañana. “Esperemos que el gran ímpetu esté de nuestro lado, como dicen en atletismo.”

Desde entonces, los investigadores académicos han documentado la tendencia de los aspirantes presidenciales a repuntar con la fuerza de eventos únicos, impulsados por una súbita infusión de confianza, de dinero y de apoyo público.

Fue un ímpetu de ese tipo lo que parecía estar llevando a Obama a la reelección a fines del verano y al empezar el otoño este año.

Romney antes del debate

Una serie de errores y pasos en falso del equipo de campaña de Romney, así como una dinámica campaña de publicidad de los demócratas, echaron a andar las cosas a favor de Obama. Todas las encuestas de septiembre lo ponían adelante a nivel nacional y en todos los estados decisivos. Las críticas entre los conservadores habían empezado para ambos candidatos: los miembros del equipo de Romney estaban tan extasiados como deprimidos los de Obama.

Tales momentos son fugaces, como descubrió Bush en 1980 (y como han averiguado otros ganadores en Iowa y Nueva Hampshire). El ímpetu que tuvo Bush se evaporó rápidamente, y Reagan llegaría a derrotar a su rival para obtener la candidatura republicana de ese año.

¿Altera o no carrera de Obama?

Para Romney, el peligro es que esta reciente popularidad no necesariamente refleje una alteración fundamental de la dinámica de la carrera contra Obama. Un debate de 90 minutos --aunque haya sido visto por 70 millones de personas-- no cambia las operaciones de campo de la campaña de Obama en los estados indecisos ni le quita la parafernalia de la presidencia de que goza Obama.

Y quedan por lo menos tres oportunidades para que el equipo de Obama devuelva el favor, arrebatándoles el ímpetu a sus rivales republicanos tan rápidamente como lo perdió.

La primera oportunidad será mañana, cuando el vicepresidente Joseph R. Biden Jr. se enfrente al compañero de fórmula de Romney, el representante de Wisconsin, Paul D. Ryan, en el único debate que sostendrán los dos.

Los debates vicepresidenciales por lo general son intrascendentes, pero Biden tendrá la oportunidad de compensar la falta de interés de Obama con su característica intensidad exagerada. Si evita meter la pata --o si Ryan se presenta mal preparado-- el ímpetu podría cambiar.

Lo que falta

Pero los momentos más importantes por venir serán los dos enfrentamientos presidenciales que faltan. El próximo será un debate estilo tribuna pública el 16 de octubre. El último debate, que se centrará en política exterior, será el 22 de octubre.

Los asistentes de Obama ya han indicado que el presidente tiene la intención de ser mucho más agresivo en el próximo debate. David Axelrod, principal estratega de campaña del presidente, declaró a la prensa que Obama se presentará a los últimos dos debates con la idea de que “no puede permitir que nadie llegue ahí a manipular la verdad”.

A raíz del debate, el equipo de Obama ha pasado al ataque, acusando a Romney de mentir durante el debate acerca de su verdadero historial. ¿Qué caso tienen esos ataques? Frenar el ímpetu de Romney.

El presidente recibió algo de ayuda de parte de las cifras mensuales de empleo, publicadas dos días después del debate. La sorpresiva reducción de la tasa de desempleo, de 8.1 a 7.8%, le dio a Obama una línea narrativa nueva y mejor en el momento justo en que la necesitaba.

Pero los sondeos recientes muestran claramente un movimiento en dirección de Romney. La cuestión ahora es ver si él podrá conservar ese impulso 28 días más, o si Obama se lo puede arrebatar.