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  • El Pais Internacional

Pese a los elogios a la Unión Europea, Noruega, país que concede este Nobel, se niega a pertenecer al club, opción que rechazó en sendos referendos, en 1972 y 1994 y hoy los sondeos apuntan a que casi tres de cada cuatro noruegos mantienen el mismo repudio.

El Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea viene a coronar un proyecto nacido ya hace 55 años con la ambición ideal de poner definitivamente a Europa en un camino que hiciera imposible volver a la guerra que secularmente ha asolado al continente. Aquella semilla ha dado un frondoso árbol, más reconocido hoy fuera que dentro de la Unión, hacia la que se vuelven países y regiones en conflicto en busca de ayuda o mediación.

Al gigante económico, ahora confuso y tambaleante, sus pies de barro en la vertiente exterior y defensa y su falta de ambiciones duras le han servido para hacer de árbitro independiente en diversas latitudes, desde el lejano Aceh (Indonesia) a la venidera operación en Mali y, sobre todo, en la propia Europa, tanto la que sirvió de cuna a la UE, como a la Europa política y geográfica que trasciende esas fronteras, con el foco puesto ahora mismo en los países de la vecindad oriental.

Cómo han mantenido la paz

La paz es consustancial a la UE, cuya diplomacia busca siempre --no sin las dificultades inherentes a amalgamar los intereses de 27 socios con distintas historias, geografías, culturas y sensibilidades-- el mejor modo de resolver conflictos antes de que ocurra lo peor o de buscar salidas a situaciones ya envenenadas. Más de una veintena de misiones de distinto tipo ha emprendido la Unión en estos últimos años, algunas en lugares alejados, pero la mayoría en la inmediata vecindad y hasta en el propio territorio europeo, donde una mediación de la UE evitó una guerra civil en Macedonia.

La Unión llegó mal y tarde a la guerra de los Balcanes, donde Estados Unidos tuvo que sacar en los años noventa las castañas del fuego a Europa, y ello hizo imperativo pensar en ver cómo evitar otra humillación semejante.