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Cuando se escriban las historias de la campaña de 2012, mucho se dirá del resurgimiento del expresidente Bill Clinton. Su discurso ante la Convención Nacional Demócrata bien podría haber representado el mejor momento de la campaña de reelección del presidente Barack Obama, y sus anuncios a favor de Obama fueron memorables.

Pero hay una forma crucial en la cual el presidente número 42 quizá no haya servido tan bien al número 44. En estas últimas semanas antes de la elección, el consejo experto de Clinton sobre cómo derrotar a Mitt Romney está empezando a parecer sospechoso.

Usted quizá recuerde que en la primavera pasada, justo antes de que Romney asegurara la nominación republicana, el equipo de Obama abruptamente cambió su estrategia de cómo definirlo.

Hasta entonces, la Casa Blanca había estado describiendo a Romney de manera muy similar a como el expresidente George W. Bush lo había hecho con el senador John Kerry en 2004: como poco auténtico e inconstante, un trepador desalmado que diría cualquier cosa para conseguir el puesto.

Cómo tratar a Romney

Pero fue Clinton quien vigorosamente convenció a los colaboradores de Obama de que la campaña estaba equivocada. La mejor manera de ir tras Romney, dijo el expresidente, era conceder públicamente que él era el “conservador severo” que afirmaba ser, y luego enredarle esa ideología impopular alrededor del cuello.

En otras palabras, Clinton aconsejó que los votantes independientes podrían perdonar a Romney por haber dicho cualquier cosa que tuviera que decir para ganar la nominación de su partido, pero se mostrarían mucho más renuentes de votar por él si pensaran que estaban recibiendo un tercer mandato de Bush.

Desde entonces, la campaña de Obama ha estado insistiendo en que Romney es demasiado conservador, mientras que esencialmente le dieron un pase para que recorriera un sendero tortuoso sobre temas como la reforma de la atención médica, el aborto y los derechos de los homosexuales.

Los consejos de Clinton

No es difícil comprender por qué Obama y sus asesores tomaron a pecho el consejo de Clinton; desecharlo habría sido como decir a Derek Jeter: “Hey, chico, apreciamos la aportación, pero pienso que yo sé bien cómo lanzar la bola solo”. Ni es difícil ver cómo Clinton, dada su experiencia personal, quizá haya llegado a su conclusión.

Después de todo, si uno fuera Clinton lo vería de esta manera: Durante toda su carrera como candidato, otros políticos trataron de pintarle como inconstante y evasivo, y ni una sola vez funcionó realmente. (Bueno, hubo esa derrota por la gubernatura en 1980, pero eso tuvo más que ver con Jimmy Carter y un grupo de refugiados cubanos que cualquier otra cosa.)

Mientras tanto, ganó un par de elecciones nacionales posicionándose como el bastión pragmático contra el extremismo conservador de un lado y el exceso liberal del otro. Así que sería natural que hubiera aprendido que tiene más sentido explotar la ideología rígida de su oponente que su sentimentalismo general.

El centrismo del asesor

Pero la situación de Clinton fue diferente a la de Romney o de Obama. Por un lado, el tipo de centrismo de Clinton –que los republicanos, y muchos demócratas trataron de describir como conveniente– realmente surgió de una visión mundial coherente.

Las acusaciones de poca autenticidad nunca perjudicaron seriamente a Clinton porque, a diferencia de Romney, había sido notablemente congruente durante su vida política, y donde hubo inconsistencia, Clinton tuvo la singular capacidad de subsanarlo con argumentos.

Además, Clinton fue capaz de situarse contra el extremismo ideológico tan exitosamente porque realmente era un negociador centrista, y todos lo sabían. No obstante, lo mucho que Obama pudiera verse con el mismo estilo pragmático, los votantes, en general, no lo hacen.

Los errores de Romney

Por un tiempo este verano y entrado el otoño, la estrategia Obama-Clinton pareció estar funcionando impecablemente. Eso es porque, casi inexplicablemente, Romney continuó haciendo campaña como si siguiera disputando las primarias republicanas. Pero, en las últimas semanas, a partir del primer debate, el retador ha hecho un descarado y frenético giro hacia el centro, y Obama a menudo ha parecido fuera de equilibrio, como si le asombrara que Romney piense que puede salir con ese cambio de rumbo obvio tan tarde en la contienda. Lo cual, aparentemente, sí puede hacer.

Lo fundamental aquí es que uno puede pensar en exceso en esta idea de enmarcar a su oponente. Noventa y nueve veces de cada 100, la línea de ataque que funciona mejor es la que realmente suena a realidad.

En el caso de Romney, cualesquiera que hayan sido sus posturas declaradas, la idea de que es un ideólogo de extrema derecha, una especie de Rush Limbaugh con mejores trajes y cabello escarchado, no se siente especialmente convincente.

La autenticidad no va con Romney

Por otra parte, la idea de que Romney no está centrado en algún impulso filosófico –que dirá o hará cualquier cosa que se necesite para ganar– parece más factible; dadas sus contorsiones en una gama de políticas, y dada su excesiva cautela como candidato.

Si hay algo que los votantes han demostrado una y otra vez en las elecciones recientes, es que valoran la autenticidad por encima de casi todo lo demás. Y Obama podría haber argumentado que esta falta de un verdadero norte realmente hace a Romney más amenazador para los votantes moderados de lo que sería si fuera un verdadero ideólogo, simplemente porque no ha demostrado ninguna inclinación a enfrentar a las fuerzas más extremas en su propio partido.

Sin embargo, como están las cosas, Obama ha elegido su camino, y ahora tiene solo unos días para convencer a muchos independientes en estados como Ohio y Virginia que Romney realmente es un feroz conservador, en vez del tipo más maleable y un poco torpe al que está representando en televisión.

Es un enfoque que tiene ventajas y desventajas para Obama, de manera muy similar al expresidente cuya influencia permea su campaña.