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Aferrada a un grueso cuaderno y una mirada de ilusión, Marbella, huésped de un albergue para exprostitutas en Ciudad de México, espera ansiosa conocer en febrero los resultados de un importante concurso de poesía en el cual participó.

“Al ver que no lograba nada por el camino honrado y que sus hijos necesitaban comer, un techo que los cobijara, una tarde de lluvia se paró en aquella esquina que fue testigo de una más que se dedicaba al más antiguo de los oficios”, recita Marbella.

Sus palabras narran la vida de algunas residentes de la casa Xochiquetzal, que desde hace seis años alberga a mujeres de escasos recursos que se dedicaron a la prostitución y que no tienen quien se ocupe de ellas por el rechazo de sus familiares.

El recital de Marbella

En el patio de la casona, rodeada de una silenciosa paz, que contrasta con el enjambre de comercios callejeros que la rodea, en pleno centro capitalino, Marbella de 57 años y que dejó la prostitución hace cinco, sigue recitando.

Hay poemas autobiográficos, otros inspirados en la amistad y algunos de crítica al gobierno, como “Soldado no dispares a tu pueblo”, que evoca la represión estudiantil del 2 de octubre de 1968 en el barrio de Tlatelolco.

Tras ser violada por su padre a los ocho años y echada a la calle por su madre, Marbella empezó a rodar una vida en la que la muerte le ha arrancado a sus seres queridos.

Una anciana, a la que llama “mi abuela”, se encargó de ella tras encontrarla en la calle. Hasta su adolescencia tuvo cariño, techo, alimento, educación y además un novio que le entregó afecto.

Pero a los 16 años se vio nuevamente en la calle tras la muerte de la anciana que la cuidaba y el asesinato de su novio.

Su ángel murió

“Una vez, tenía días sin comer, casi me caigo pero un hombre como de 50 años me sostuvo. Yo era guapa, tenía el cabello debajo de las caderas. El señor me llevó a comer, me dio dinero y pasó lo que tenía que pasar”, narra.

Con una sonrisa recuerda a este hombre con quien tuvo una larga relación.

Se mudó a Morelia (oeste), donde este hombre le procuró una vivienda y la ayudó a estudiar para maestra, pero cuando iba a poner a su nombre un departamento, él murió en un accidente carretero.

Sola y sin empleo, en un restaurante con hotel encontró en la prostitución su sobrevivencia. “El dueño del restaurante me dejaba, primero subía yo al cuarto y luego los hombres”, explica.

Paso el tiempo, se enamoró y se embarazó de su primer hijo cuando tenía 23, pero el padre la dejó.

Un bebé y el drama siguió

“Después que nació mi bebé, quería ser una mujer honesta para que mi hijo no se avergonzara de mí, pero nadie me quiso dar trabajo cuando me veía con un niño”. Así, regresó al restaurante y al negocio del sexo.

Dos años después, Marbella, que ya tenía dos niñas más, seguía una “doble vida” porque no dejó la prostitución, y su pareja lo supo.

“Todo se acabó cuando llegué a casa y lo encontré en la cama con mi mejor amiga”, dice Marbella.

Frente a sus hijos

La vida tenía que seguir. A sus hijos mayores los envió a un poblado con su madrina, y ella permaneció en Morelia con su hija de meses. Siguieron trabajos de limpieza combinados con la prostitución para mantener y dar estudios a sus hijos.

“Nunca supieron a que me dedicaba”, dice Marbella. Pero la mala fortuna la topó con uno de sus clientes, quien sin tapujos solicitó sus “servicios” enfrente de sus hijos cuando estos ya eran adultos.

“Me insultaron terrible. Años de no verlos, mi hija quiere buscarme, mi hijo no quiere saber nada de mí. Yo los perdono, que Dios los bendiga”, dice llorando.

Hace cinco años, otra tragedia: su hija de 18 años, con la que siempre vivió, murió de leucemia. “Me volví loca, me quise suicidar”, dice desesperada. 

Ahora evoca a los clásicos

Para olvidar, vino a la capital y fue admitida en Xochiquétzal, donde pasa sus días escribiendo y leyendo. Cita a clásicos como Miguel de Cervantes o Edgar Alan Poe, y es apasionada del popular poeta mexicano Jaime Sabines.

“No voy a decir si me tocó una mala vida, es la que me tocó. Quizá después tendré mi recompensa, quizá cuando muera. Tengo ilusiones como terminar mis estudios de maestra y ver aunque sea un libro pequeñito de mis poesías”.

Antes de despedirse, recita: “Yo soy la que te ama, la que te consuela, la que te da alegría en tus noches de tristeza. Yo soy la que te calienta cuando hace frío, yo soy tu amiga incondicional”.