•   Alepo, Siria  |
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  • AFP

La residencia de ancianos Saint-Elie, en el centro del casco histórico de Alepo (norte de Siria), lleva sin luz ni teléfono más de seis meses, pero sigue siendo un refugio privilegiado en una metrópoli asolada por la guerra.

Todos los días la comunidad cristiana de esta ciudad, algunos ricos mecenas y hasta los propios rebeldes proporcionan a la decena de residentes de este caserón con 20 cuartos y patios interiores alimentos y medicamentos.

Fundada en 1863 por la comunidad cristiana de Siria para dar cobijo a personas sin hogar, la Casa Reposo Saint Elie se esconde tras una puerta de hierro negra que tiene un cristal roto situada en un callejón lleno de basura y casquillos de balas.

“Acogemos a los desamparados, a los más necesitados y a todo aquel que nos necesite”, dice la hermana María, de 75 años, encargada de este remanso de paz y tranquilidad a pocos metros de la línea de frente donde los rebeldes y el ejército regular se enfrentan desde el verano por el control de la segunda metrópoli siria.

Siempre hay algo para comer

“Este es un lugar para disfrutar de la vida”, dice la exprofesora de inglés, mientras muestra las modestas instalaciones de este asilo donde viven diez ancianos.

“Si tenemos hambre, siempre hay algo para comer”, dice Evan Wehbe, de 66 años, quien llegó hace nueve años procedente de Damasco, porque no podía pagar el alquiler de su casa.

“Somos una comunidad pequeña pero estamos unidos y nos ayudamos entre nosotros”, dice Michael Oberi, de 53 años, quien vive en este lugar con su esposa Sarbi Magarian , de 51 años, desde hace seis meses, cuando su casa recibió un disparo de la artillería.

Un doctor pasa visita a los residentes de vez en cuando y cerca tienen “un hospital pequeñito” donde los atienden siempre que lo necesitan, explica la hermana María, quien asegura que “la comunidad cristiana se encarga de pagar” los medicamentos o análisis que necesitan.

A dos calles de la línea de fuego

Los residentes se suelen reunir en uno de los salones alrededor de una de las dos únicas estufas de la casa que funcionan con leña para tomar café y hablar, mientras, de fondo se oyen disparos y explosiones.

La línea de frente está a dos calles del centro. “El día que no oímos disparos nos preocupamos”, dice la hermana María. “Lo normal es que no dejemos de escuchar explosiones y tiroteos prácticamente cada hora”, agrega.

Aislados del mundo

“Tenemos mucho miedo de las bombas, de los combates”, dice Oberi quien cuenta que “hace unos días estaba caminando por la calle y una bala de un francotirador me pasó rozando el pie”.
Ni el propio centro ha logrado escapar al conflicto. Dos obuses cayeron en el edificio vecino y la onda expansiva destrozó los cristales de muchas habitaciones y arrancó la puerta, comenta la hermana María.
“Todos los días caen cascotes en el patio porque las bombas explotan al lado”, dice la religiosa que se lamenta de que la falta de luz y teléfono haga que estén “aislados del mundo” e ignoren lo que está ocurriendo en Siria.
“No me disparen”
Pero eso no la arredra. “Cuando voy por la calle les grito a los francotiradores para que no me disparen”, apunta con media sonrisa esta anciana que cubre su cabello con una toca negra y viste una bata blanca.
Antes de la guerra los familiares venían a visitar a los residentes, pero con la guerra han dejado de hacerlo. “Y nosotros no podemos mudarnos de lugar porque no hay ningún sitio al que podamos ir”, dice la hermana María.
“Además, irnos adónde, todo Alepo está en guerra”, zanja esta mujer con una vitalidad envidiable.
Pese a que son cristianos, los ancianos solo tienen palabras de alabanza para el comandante Hatab, líder del Ejército Sirio Libre (ESL, rebeldes) en la Ciudad Vieja de Alepo. “Siempre que tiene un hueco viene a visitarnos y nos pregunta si necesitamos algo”.
Rebeldes llevan pan
“Todos los días varios soldados rebeldes nos traen pan recién hecho. Son muy buenas personas y nos quieren mucho”, dice Sarbi Magarian.
“Ellos son musulmanes y nosotros cristianos, pero nuestra religión no debe ser motivo de conflicto, sino de unión. Todos somos hermanos”, agrega.
“Cuando nos bombardean nos refugiamos todos aquí, porque es la habitación más segura de toda la casa”, concluye.