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A casi 20 nudos la proa del destructor misilístico estadounidense "USS Thach" corta las aguas del Pacífico ecuatorial, un mar de aceite sin olas y casi color cobalto al alba.

Hace ya ocho días que el "Thach", sus 240 tripulantes y un equipo periodístico de la AFP, zarparon de Balboa, Panamá, en una nueva misión de la Operación Martillo, el dispositivo multinacional antidrogas lanzado en enero de 2012 por Estados Unidos y los países de Centroamérica.

Repentinamente suena la alarma general: los artilleros corren a sus posiciones y un equipo especial del cuerpo de guardacostas prepara una lancha neumática con la misión de abordar un barco sospechoso de transportar cocaína.

Revisión de embarcaciones

Los hombres del teniente Eric Watkins, el jefe de los guardacostas a bordo del buque de guerra, están tensos. Desde el puesto de comando un oficial emite órdenes cortas por los altoparlantes. El equipo revisa sus equipos de radio y sus pistolas 9 milímetros a la cintura.

Solamente los guardacostas pueden inspeccionar las embarcaciones interceptadas: a veces cargueros, otras veces naves de placer, pesqueros o incluso sumergibles caseros construidos por los carteles.

"Subimos a esos buques y tratamos de descubrir si llevan contrabando. Buscamos en todos los rincones y tratamos de confirmar que no haya compartimientos disimulados, ya que allí es donde esconden la droga por lo general", relata Watkins.

Para los marinos el paso del tiempo puede parecer lento en altamar. Largas jornadas de navegación con nada que hacer salvo patrullar y, para llenar el tiempo, ejercicios de salvamento, pruebas de armas o la vieja receta militar de pintar una y otra vez el buque, atacado sin cesar por el agua salada.

Pero cuando atruena la señal de "alerta fase 1", el buque pasa a pie de guerra en menos de media hora.

Aviones de patrulla

En ese momento "estamos menos ansiosos de permanecer alejados de nuestra casa, porque sabemos que estamos haciendo algo positivo para proteger a nuestras familias", dice James Holm, quien acaba de firmar por un segundo contrato de cuatro años en la Armada (marina de guerra).

El barco sospechoso fue detectado horas antes gracias a aviones de patrulla. Cuando el "Thach" se acercó, los contrabandistas arrojaron la droga por la borda, lo que sumado al hecho de estar en aguas internacionales les permitió escapar. Para la Armada quedó el consuelo de haber interceptado otros 70 kilos de cocaína.

"Es lógico tener una fuerte presencia tan al sur" del Pacífico, dice el comandante del "Thach", capitán de fragata Hans Lynch. La meta, explica, es interceptar la droga desde su salida antes de que se pierda en las rutas de la región.

Martillo, junto con otros programas de asistencia militar en Centroamérica --por donde circula el 90% de la cocaína consumida en Estados Unidos-- representa uno de los esfuerzos más ambiciosos jamás realizados por Washington en la lucha contra los carteles.

Lucha antidroga

Un contingente de 200 infantes de marina en Guatemala, bases en la selva hondureña, entrenamiento a fuerzas locales: Estados Unidos no ha cejado en sus esfuerzos por militarizar la lucha antidrogas.

El Estado Mayor en Washington considera el combate al narcotráfico como un "elemento crucial para la seguridad (de EEUU) en el siglo XXI", y los generales defienden estos días en el Congreso los presupuestos amenazados de reducciones.

El general John Kelly, jefe del comando sur, explicó que en 2012 solamente las operaciones navales para interceptar 200 toneladas de cocaína le costaron a Estados Unidos 600 millones de dólares, una pequeña parte de lo gastado en ese ejercicio fiscal en la lucha antinarcóticos en la zona.

Con los recortes presupuestarios "toda esa droga llegará a las costas estadounidenses", afirmó Kelly.

Desde 2006, los carteles mexicanos cambiaron su modus operandi: ahora usan como escala Centroamérica, donde la geografía, el clima y parte de las autoridades corruptas, les permiten disponer de muchos santuarios.

"Utilizan lanchas de pesca o embarcaciones ultrarrápidas, con uno o dos motores y capaces de transportar hasta una tonelada. Vienen de Ecuador o Colombia y van haciendo escalas en el litoral en su ruta hacia el norte", dijo a la AFP el oficial de guardacostas Watkins.

El Pacífico y el Caribe son vigilados por cuatro buques y seis aviones estadounidenses, a los que se suman unidades de otros países, especialmente europeos (Francia, Gran Bretaña, Holanda) en aguas caribeñas.

Tratar con civiles

Mike Vigil, ex jefe de operaciones internacionales de la agencia antidrogas de Estados Unidos (DEA), piensa que las operaciones al estilo de "Martillo" son una "buena táctica: cuanto más cerca de las fuentes de origen se intercepta la droga, las cantidades incautadas son mayores".

Pero para muchos expertos esta operación tiene sus límites. "No se puede enfocar únicamente en los aspectos militares. Si hay algo que Estados Unidos debería haber comprendido hace 10 años es que hay que reforzar las instituciones civiles encargadas de aplicar la ley en los países de tránsito", afirma Mark Schneider, vicepresidente del organismo de reflexión Grupo Crisis.

Según el New York Times, Washington debería haber concluido sus operaciones en Honduras luego de dos incidentes poco claros ocurridos en el verano de 2012, cuando dos aviones detectados por radares estadounidenses y sospechosos de transportar drogas fueron abatidos por pilotos hondureños.

"Los militares no están entrenados para tratar con civiles. Cuando se da el caso, con frecuencia utilizan demasiada violencia. Es un camino muy peligroso", afirma Schneider.

Adam Isacson, experto en cuestiones de seguridad en América Latina, tiene una impresión similar y recuerda que la última vez que los militares se hicieron cargo de temas civiles en la región "las cosas terminaron muy mal".