•   Qunu, Sudáfrica  |
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  • AFP

“¿Una ofrenda floral? Eso aquí no se hace”, suelta Penuel Mjongile, un pastor de Qunu, el pueblo de infancia de Nelson Mandela, donde la hipótesis de su muerte está en mente de todos, pero en boca de nadie.

En esta localidad rural, a casi 900 kilómetros del corazón económico de Sudáfrica, nadie levantó un altar en honor del padre de la Nación, que debería ser enterrado aquí, cerca de su casa, construida en la ladera de una colina hace unos veinte años.

Aquí no se ven ramos, ni mensajes, ni osos de peluche para desearle que recobre la salud, al contrario del hospital de Pretoria donde el primer presidente negro del país, de 94 años, se encuentra en estado crítico.

“Nuestros deseos están presentes”, resume PenuelMjongile golpeándose el pecho con orgullo.

El anciano, con un abrigo largo para resguardarse del frío, lleva el ganado a pastar a un prado. “No se habla de la muerte de una persona que todavía está viva”, explica, dando por zanjadas las preguntas sobre un fatal desenlace de la situación de su ilustre vecino.

“Es un tabú mientras no suceda”, añade en voz baja.

En Qunu, la prohibición es aún mayor. “Hay que respetar la voluntad de Dios y de los antepasados”, explica Lazola Nqeketo, en uno de los caminos del pueblo, donde la vida transcurre como siempre.

“Aquí no nos dicen nada”

“Solo podemos esperar y tener esperanza”, añade. “Algunas veces la esperanza aumenta, otras, se desvanece. Pero no podemos hablar de su muerte, mientras no sea un hecho”.

Como no hablan de ello, los habitantes de Qunu se limitan a seguir las noticias por radio y televisión. “A veces pienso que me gustaría estar en Pretoria, con él, porque aquí no nos dicen nada”, confiesa el joven.

La infección pulmonar que no le deja tranquilo desde hace dos años y medio le llevó de vuelta al hospital el 8 de junio en Pretoria. Desde ese día, periodistas, personalidades y la gente en general acuden al Mediclinic Heart Hospital, cuya verja está cubierta de mensajes de apoyo y de pequeños regalos.

No sucede lo mismo en Qunu. Solo se ven algunos periodistas apostados frente a su residencia y se intuye el trabajo de unos obreros ocultos de las miradas por un muro.

La única actividad llega del exterior. La casa de Mandela está situada cerca de la carretera que une Ciudad del Cabo con Durban y, de vez en cuando, los automovilistas se paran para tomar una foto antes de proseguir su camino.

“No sabía que era la casa de Mandela, pero vi las cámaras y entonces me paré”, confesó Jabulani Mzila, tras bajar del coche.

Un matrimonio, acompañado de un niño, hace un alto delante de la vivienda. El niño lleva una flor campestre en la mano y la engancha en el cierre de la casa antes de irse. La florecilla se queda, como único testimonio del inmenso afecto que los sudafricanos sienten por su liberador.

Falta de respeto

En la cultura africana, y más específicamente xhosa, la etnia de Nelson Mandela, hablar de la muerte de una persona que está agonizando es una falta de respeto. Por eso, la presidencia sudafricana, única habilitada para dar noticias de él, se limita a emitir comunicados lacónicos.

Una tierra añorada

Durante los 27 años que permaneció detenido en las celdas del régimen racista del apartheid, Nelson Mandela rememoraba sus años en Qunu, las expediciones de pesca o los combates con palos en las praderas cercanas.

Cuando fue liberado en 1990, decidió construir allí una casa, cerca de las tumbas de sus padres. En julio de 2011, el presidente intentó establecerse en su casa de campo, en la que hizo reformas para agrandarla. Pero sus problemas de salud le obligaron a ir a Johannesburgo para estar cerca de los mejores hospitales del país.