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El náufrago salvadoreño José Salvador Alvarenga, quien dice haber sobrevivido 13 meses a la deriva en el océano Pacífico, se reencontró con su familia en el hospital donde es atendido este miércoles tras pasar la primera noche en su país.

Alvarenga, tras llegar la noche del martes desde las Islas Marshall, donde fue rescatado el 30 de enero, es atendido este miércoles por un equipo de especialistas en el hospital público San Rafael, en Santa Tecla, 12 km al oeste de San Salvador.

A solicitud del presidente Mauricio Funes, la ministra de Salud, María Isabel Rodríguez, lo visita esta mañana y tras informarse del estado de salud del náufrago ofrecerá una rueda de prensa en el hospital.

El presidente "pidió atender con esmero al señor Alvarenga y está siendo informado de la evolución de su caso", informó el secretario de comunicaciones de Presidencia, David Rivas.

En una habitación del hospital, al filo de la medianoche y tras ser sometido a revisiones médicas, el náufrago recibió la visita de sus padres María Julia Alvarenga y Ricardo Orellana, y su hija Fátima, según imágenes difundidas en diarios locales.

Vestido con una bata celeste, Alvarenga, quien no veía a sus familiares desde hacía unos ocho años, se fundió en abrazos con ellos, acostado en su cama de hospital.

Según las disposiciones médicas inicialmente previstas, el náufrago permanecerá al menos 24 horas para ser sometido a una serie de exámenes, antes de visitar su pueblo natal, Garita Palmera, 118 km al suroeste de San Salvador, desde donde fueron trasladados sus familiares hasta el hospital.

"Él vino estable. Pero necesitamos examinarle", declaró la viceministra de Salud, Violeta Menjívar, quien acompañó al canciller Jaime Miranda a recibir al náufrago la noche del martes en el aeropuerto El Salvador, 44 km al sureste de la capital.

Recibido como un héroe nacional, Alvarenga, de 37 años y cuya azarosa historia ha captado interés mundial durante dos semanas, compareció la noche del martes ante las cámaras de prensa en el aeropuerto, en silla de ruedas, sin poder hablar por la emoción.

Más allá del realismo mágico

Mientras los médicos le atienden, Alvarenga comenzó a ser destacado en El Salvador como un símbolo de esperanza y al mismo tiempo del desgarramiento que provoca la emigración, en un país afectado por la pobreza y la violencia criminal que a diario se cobra siete vidas.

"Es una historia de fe (...) de lucha por la vida, pero también es una historia de solidaridad y reencuentro", destacó el canciller Miranda, al darle la bienvenida en el aeropuerto.

El analista Roberto Cañas destacó que el caso refleja "la falta de oportunidades" para muchos en su propio país, pues Alvarenga, al igual que una treintena de salvadoreños cada día, emigró hace unos 15 años a México, donde se quedó a vivir como pescador indocumentado, sin llegar al destino final, Estados Unidos.

"Sin duda José Salvador por todo lo que le pasó es un caso extremo de la cotidianidad, no es un caso de realismo mágico. Es realidad lo que vivió", destacó Cañas, profesor en varias universidades salvadoreñas.

Para la directora del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana (UCA), Jannette Aguilar, el caso es también una "esperanza en un mundo que está permanentemente pesimista, desesperanzado, con mucha frustración respecto a su realidad".

"Él es un signo de esperanza, un ejemplo de lucha por la sobrevivencia, por eso su caso logró mayor cobertura que las elecciones presidenciales salvadoreñas del 2 de febrero", declaró Aguilar a la AFP.

Para el director de Protección Civil, Jorge Meléndez, la travesía del náufrago "es una hazaña que supera lo fantástico" y "es un ejemplo de fortaleza".

"Es un acto de valor y resistencia que se impuso a la adversidad y ahora un ejemplo a seguir", declaró a la AFP el portavoz de Cruz Roja, Carlos López.

Alvarenga salió a pescar tiburones en la costa mexicana del Pacífico en diciembre de 2012 con otro pescador, Ezequiel Córdoba, de 24 años, pero su embarcación se averió y quedaron a la deriva.

Trece meses después apareció en las Islas Marshall, a 12.500 kilómetros, demacrado, con pelo largo y barba espesa, las rodillas lastimadas y vistiendo unos calzoncillos hechos jirones.

El pescador salvadoreño afirma haber sobrevivido a la deriva, comiendo pájaros y pescado crudos y bebiendo sangre de tortuga y su propia orina. Su compañero de pesca, según su relato, murió cuatro meses después de haber zarpado, incapaz de soportar esa dieta.