Jorge Eduardo Arellano
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Mientras el fotógrafo estacionaba su Ford Explorer en un campo de fútbol, el crujido de su radio fue interrumpido por un pasaje de música de acordeón.

Era un fragmento de un “narcocorrido” --los corridos que glorifican a los traficantes de drogas--, que anunciaba más muertes relacionadas con la guerra contra el narcotráfico, la cual cobró más de 4 mil vidas este año.

Héctor Dayer ya estaba al tanto de eso. Frente a él tenía los cadáveres de siete personas, atadas, golpeadas y con varios balazos. Lo que no sabía es si entre ellas había otro colega.

Dos semanas atrás, Dayer había fotografiado a un amigo, un veterano reportero de policiales de un diario rival, que había sido baleado en su automóvil ante la mirada aterrorizada de su hija de ocho años.

Esta vez no había nadie del gremio periodístico entre los muertos. Dayer tomó su cámara, se subió el cuello de su chaqueta para tratar de ocultar su rostro y se puso a fotografiar la carnicería humana.

“Deberíamos usar pasamontañas, como la Policía”, declaró Dayer, quien trabaja en el diario El Norte y tiene dos hijos. “Estamos muy expuestos. Todos nos pueden ver e identificar. Saben que si hay muertos, allí voy”.

México es el país de las Américas donde más periodistas son asesinados, y uno de los más peligrosos del mundo para ese gremio.