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EL País    
Ninguna de las esposas de los presidentes tuvo tanta influencia en la vida política del México contemporáneo como Amalia Solórzano, la viuda de Lázaro Cárdenas. Amalita, como cariñosamente le decían en Michoacán, murió en su residencia, en la Ciudad de México, a causa de una insuficiencia respiratoria. Tenía 97 años y era la cabeza de uno de los clanes políticos más renombrados del país.

En 1932 se casó con el general Lázaro Cárdenas. Una unión insólita, no sólo por la brecha de edad (se llevaban 20 años) sino por la combinación: ella, hija de una familia adinerada de Michoacán; él, uno de los caciques militares, posicionados por la Revolución Mexicana de 1910.

El 3 de junio de 1937 recibió a los que llamarían Niños de Morelia, los primeros pequeños exiliados de la Guerra Civil española y los alojó en Michoacán. Con el paso del tiempo llegaron a instalarse en México casi 450, hijos o huérfanos de combatientes republicanos. En 2007, recibió en Madrid la Cruz de la Orden de Carlos III, en reconocimiento a su labor altruista.

Dio visto bueno a expropiaciones
Como Primera Dama, estuvo al lado de su esposo en la expropiación de las empresas petroleras estadounidenses e inglesas, y en la fundación del Movimiento de Liberación Nacional, en 1961. En su casa alojó a líderes políticos de la izquierda latinoamericana, que se acercaban a ella para conocer la ideología cardenista. El actual mandatario de Perú, Alan García, fue su huésped mientras estudiaba en México D. F.

Por la sala de la casa que habitó durante casi cuatro décadas desfilaron empresarios, como Carlos Slim Domit, director de Telmex; artistas, como Claudia Ramírez; académicos, intelectuales y políticos de todas las fracciones, desde el presidente Felipe Calderón hasta el ex candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador.

Ejemplo de dignidad femenina
‘Con su muerte se pone fin a una época que fue marcada por la Revolución Mexicana’, dijo el rector de la Universidad Nacional, José Narro Robles. ‘Fue ejemplo de dignidad femenina hasta el último momento’, sintetizó la diputada Verónica Moreno Ramírez, quien también acudió a los funerales.

Solórzano escribió un libro con sus memorias que se titula Era otra la vida, en el que narra su amistad con el magnate David Rockefeller. Pero sobre todo, debe recordársela como una de las primeras indigenistas en México. Incluso, expresó públicamente su respaldo al subcomandante Marcos, el líder del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional), cuando inició el alzamiento zapatista en 1994. ‘A la muerte del general Cárdenas, ella trató de cumplir su promesa de que ya no hubiera más descalzos, analfabetas y desnudos en las zonas rurales de México, y con tesón desarrolló actividades sociales en los estados pobres’, recordó Armando López-Fernández, su sobrino político.

Solórzano Bravo fue incinerada el domingo al mediodía, en el Panteón Español.