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  • EFE

Talese Fisaha procede de Eritrea y es una de las pocas personas que sobrevivió a la tragedia de Lampedusa de 2013, un desastre que parece no amedrentar a los inmigrantes porque, según reconoció, "en Libia todos hablan de ir a Europa".

Acaba de cumplir 30 años y en la actualidad intenta buscarse la vida como cámara al tiempo que se afana en aprender la lengua italiana en la escuela que la comunidad de Sant'Egidio tiene en el romano barrio de Trastevere.

Pese a que en un principio rehusó hablar de su historia, "demasiado dura", finalmente rememoró en una entrevista con Efe su vida como soldado en su país y su posterior deserción, por la que fue castigado a realizar "duros trabajos".

Esta situación, sumada a la precariedad con la que vivía y vive su familia en este violento país del Cuerno de África, le empujó a dejarlo todo y emprender un "difícil" camino por el desierto para llegar finalmente a Libia, desde donde embarcó en octubre de 2011 rumbo a Italia, es decir, a Europa.

"Cualquier persona en Libia habla de viajar a Europa. Con dinero, se puede", explicó en un inglés titubeante.

Sorprende escuchar a Fisaha hablar de dinero, de las sumas que las mafias se embolsan por traficar con seres humanos.

El precio desde Sudán del Sur hasta Libia asciende a 1.800 dólares estadounidenses mientras que la persona que finalmente decida cruzar el Mediterráneo desde las costas libias deberá pagar la misma suma de dinero "sin contar la comida ni otros gastos".

Este joven eritreo sobrevivió a la conocida como "tragedia de Lampedusa", el naufragio de octubre de 2013 que costó la vida a más de 360 indocumentados y que supuso un punto de inflexión en el tratamiento del fenómeno migratorio en el sur de Europa.

El barco, cargado con más de 500 personas, según afirmó, se detuvo en mitad de la noche y desde la borda "podían verse las luces" de esta isla meridional de Italia, próxima a las costas de Libia.

"Nuestro barco se detuvo, no estaba lejos de Lampedusa, se podían ver las luces. En ese momento el patrón intentó avisar de que estábamos parados con una pequeña hoguera pero el fuego se descontroló y se produjo un incendio", explicó.

Esto provocó el caos a bordo, "la gente se asustó, se agolparon a un lado" y fue entonces cuando el barco comenzó a hundirse y los pasajeros cayeron al agua "en medio de la oscuridad".

"Intenté nadar. Fue la fuerza de Dios la que me ayudó. Había mucha gente que no sabía nadar. Durante la noche un pescador, Constantino, vino a ayudarnos", explicó, al tiempo que reconocía su reciente visita a su "salvador".

Un año y medio después de este desastre, Fisaha asegura que el flujo de inmigrantes hacia Europa no se va a detener porque, a pesar de que supone un importante riesgo para sus vidas, en África y Oriente Medio "no pueden hacer otra cosa".

"Cuando vivía en Eritrea veía que no tenía oportunidades. Quería a mi madre y a mi país pero no podía hacer nada ¿Qué sentido tenía mi vida? (...)", lamentó.

Reconoció no ser feliz en Italia al encontrarse separado de su familia pero no se arrepiente de su decisión de emprender el viaje que casi le cuesta la vida.

Tras la entrevista, el eritreo recibe la visita de una de sus mentoras, Daniela Pompei, responsable de inmigración de la Comunidad de Sant'Egidio, una organización fundada en 1968 y que centra sus esfuerzos en el servicio a los más pobres, la paz o el diálogo interreligioso.

Entre otras instalaciones cuenta con un centro de acogida, un pequeño hospital y una escuela de idiomas en la que en el último año se han matriculado gratuitamente más de 2.700 personas que, mediante el aprendizaje del italiano, quieren "empezar un proceso de integración en el país".

En los pasillos de su sede, próxima a la Ciudad del Vaticano, caminan y charlan personas de 140 nacionalidades diferentes.

Pompei explicó que de Europa proceden mayoritariamente mujeres ucranianas mientras que en los últimos dos años la comunidad ha recibido un gran número de inmigrantes que han cruzado el mar, como malienses, marfileños, nigerianos, senegaleses y marroquíes.

La cooperante reconoce que "Italia ha hecho un esfuerzo de acogida enorme" en los últimos tiempos pero estimó "necesario" que el conjunto de la Unión Europea se esfuerce "en salvar personas".

"Es necesario hacer más. Es preciso que otros países europeos apoyen, aunque solo sea un poco, la política de la acogida. Italia es la puerta de Europa pero los refugiados perciben Italia como Europa", subrayó.

Mencionó la posibilidad, entre otras, de que la Unión Europea construya "el primer centro" comunitario en Italia y que cada país miembro se haga cargo de una cuota de los inmigrantes que llegan al Viejo Continente huyendo de la miseria y del conflicto.