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La NASA perdió el martes una de sus misiones más innovadoras, dedicada a medir el CO2 en la atmósfera terrestre, al fallar la puesta en órbita. El satélite observatorio Oco cayó al océano cerca de la Antártida. El problema se originó tres minutos después del lanzamiento, desde la base de Vandemberg (California), al no abrirse la carcasa de la punta del cohete que protege al satélite hasta llegar al espacio.

El consiguiente exceso de peso impidió la puesta en órbita del Eco y acabó en el mar. Era un satélite pequeño (441 kilos) en una misión de coste bajo (218 millones de euros), pero muy esperada por los científicos que estudian el clima, que sufrieron  un jarro de agua fría.

La vigilancia de los niveles detallados de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre se ha convertido en una necesidad imperiosa para avanzar en el conocimiento del clima y su evolución futura. Además, es conveniente disponer de los mejores datos a la hora de establecer estrategias de economía política para mitigar el problema del calentamiento. ¿Dónde se emite CO2? ¿Dónde y cuánto lo absorben el océano y la vegetación? Para responder a estas preguntas con precisión y a escala de todo el planeta, la NASA lanzó el martes al espacio, desde la base de Vandemberg (California) un innovador satélite vigía, el Oco (siglas en inglés de Observatorio Orbital del Carbono).

Disparo del CO2

La concentración de CO2 en la atmósfera ha pasado de 280 partes por millón antes de la revolución industrial a 385 actualmente, y el crecimiento en las últimas décadas es de dos partes por millón por año, recuerdan los responsables, y las emisiones no son uniformes ni mucho menos en todas las zonas.

Pero sólo está en la atmósfera el 40% de lo emitido desde que comenzó el uso masivo de combustibles fósiles, un 30% del resto ha sido absorbido por el océano y el otro 30% ha ido a parar a los llamados sumideros terrestres, como la vegetación. Los científicos no pueden determinar aún dónde exactamente se está produciendo esta absorción y qué procesos la controlan. Además, “hay mucha variabilidad horizontal y vertical en la cantidad de CO2 en la atmósfera debido a las fuentes y sumideros, pero también a los procesos de turbulencia que varían entre el día y la noche, de un lugar a otro y de estación a estación”, afirma Inez Fung (Universidad de California en Berkeley), investigadora de Oco. “Este observatorio proporcionará a los científicos una imagen global mucho más completa de cómo funciona el ciclo del carbono”.

No es éste el primer equipo en órbita midiendo el CO2. Hace un mes la agencia japonesa Jaxa lanzó su Ibuki, para medir tanto este gas de efecto invernadero como el metano, y la misma NASA tiene a bordo del satélite Aqua un instrumento que permite hacer mapas globales de CO2 a una altura de entre 5 y 13 kilómetros en el aire, donde es más eficaz medir su efecto invernadero.

Más sensible que otros

Los detectores de Oco serán mucho más sensibles a las concentraciones de ese gas cerca de la superficie terrestre, donde se registran casi toda la emisión y absorción.

“La red de mediciones de CO2 es bastante dispersa e insuficiente para tener un conocimiento detallado de su distribución en la atmósfera a nivel de todo el planeta”, explica Federico González-Alonso, jefe del Laboratorio de Teledetección del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria (INIA). Además de las fuentes y sumideros, destaca González-Alonso, con las mediciones del Eco “se podrá cuantificar, por ejemplo, la cantidad de CO2 emitida en los grandes incendios forestales y como consecuencia de la degradación de los bosques, que son actualmente responsables de cerca del 30% de las emisiones de CO2 mundiales”.

El nuevo satélite, mediante tres espectrómetros de alta resolución que registran la luz absorbida por las moléculas de CO2, tenía previsto medir el porcentaje de ese compuesto en una columna de aire de cuatro kilómetros cuadrados de base y la altura total hasta el satélite (705 kilómetros).