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  • EFE

El carácter irreverente e imprevisible del nuevo presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, su violenta guerra contra las drogas y su repentino repudio de Estados Unidos le han convertido en uno de los inesperados protagonistas de este año.


Desde el inicio de la campaña electoral de los comicios presidenciales de Filipinas, que arrancó el pasado mes de febrero, Duterte demostró con varias polémicas intervenciones que, pese a su papel cada vez más destacado, no estaba dispuesto a cambiar la espontaneidad y el descaro que han marcado toda su carrera política.

Uno de los primeros escándalos que saltaron a los medios internacionales fue un discurso en el que lamentó, en tono jocoso, no haber sido el primero en abusar sexualmente de una misionera australiana violada y asesinada en 1989 en un motín de una cárcel de Davao, cuando él era alcalde de la localidad.

"Por una parte, estaba enfadado porque la violaron. Pero era tan guapa... ¡El alcalde debió haber sido el primero (en violarla)!", dijo Duterte el pasado mes de abril en uno de sus mítines.

Tras ganar claramente las elecciones en mayo, llegaron las repetidas incitaciones a la violencia de Duterte, en las que pedía a policías y ciudadanos que mataran tanto a camellos como a drogadictos para acabar con el consumo de narcóticos, que según él es uno de los mayores problemas a los que se enfrenta Filipinas.

"Estos hijos de puta destruirán a nuestros hijos. Os lo advierto, no os metáis (en las drogas), aunque seáis policías, porque os mataré", aseveró Duterte en un discurso público horas después de ser investido presidente de Filipinas el pasado 30 de junio.

"Si conocéis a adictos, matadles vosotros mismos, porque pedírselo a sus padres sería demasiado doloroso", agregó Duterte.

Su iniciativa contra las drogas, en la que además ha dado permiso explícito a los policías de Filipinas para disparar a matar si cualquier sospechoso se resiste a ser arrestado, ha dejado cerca de 6.000 muertos, según apuntan las cifras oficiales.

De ellos, más de 2.000 han fallecido en operaciones policiales, y cerca de 4.000 personas han perdido la vida a manos de grupos de hombres armados que se han tomado la justicia por su mano.

El elevado número de víctimas llevó este año a varios de los principales actores de la comunidad internacional, como la ONU, la Unión Europea (UE) o Estados Unidos, a criticar abiertamente a Duterte, al afirmar que la campaña del presidente filipino no respeta los derechos humanos.

Lejos de ignorar las críticas, Duterte respondió calificando de "inútil" a la ONU, de la que ha amenazado con retirar a Filipinas, y mandado al purgatorio a la UE, a la que recordó sus propias posturas cuestionables, como el rechazo a acoger a los refugiados de la guerra de Siria.

Con Washington tuvo palabras aun más duras al atacar al presidente de EEUU, Barack Obama, a quien llamó "hijo de puta" pocas horas antes de una reunión planificada durante una cumbre en Laos el pasado mes de septiembre.

El encuentro, finalmente, no tuvo lugar.

Duterte también se atrevió a usar el mismo exabrupto este año contra el antiguo embajador de EEUU en Manila, Philip Goldberg, y contra el papa Francisco, al que criticó por crear importantes atascos en Manila durante su visita en enero de 2015.

Semanas después de arremeter contra Obama, el mandatario filipino confirmó el distanciamiento evidente de Filipinas con respecto a EEUU, un país del que fue colonia durante 48 años (1898-1946) y que desde su independencia había sido considerado como uno de sus principales aliados.

"En esta sala anuncio mi separación de Estados Unidos, tanto militar (...) como económica", afirmó Duterte el pasado mes de octubre en un discurso pronunciado en Pekín frente al presidente chino, Xi Jingping.

"Me he alineado en vuestra corriente ideológica y quizá vaya también a Rusia para hablar con Putin y decirle que somos nosotros tres contra el mundo: China, Filipinas y Rusia", agregó el mandatario filipino.

Además de anunciar su intención de poner fin a importantes acuerdos militares firmados con EEUU, el presidente filipino ha firmado cuantiosos acuerdos comerciales con China, y ha anunciado la posible compra de armamento a Pekín.

"China me está presionando con el asunto de las armas, que ya tienen listas. Lo voy a aceptar. (...) No son gratos, pero es un préstamo que podemos devolver a 25 años", explicó Duterte.

Filipinas ha pasado así de ser considerada como una de las naciones más estables del Sudeste Asiático en el plano económico y sus elecciones pacíficas, a ser uno de los países más polémicos y más criticados por organismos internacionales.