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Diez años después de la ejecución de Saddam Hussein, el fantasma del dirigente iraquí sigue atormentando a Estados Unidos, un símbolo de su frustrada ambición de llevar estabilidad y democracia a Medio Oriente.

Cuando el dictador iraquí es ahorcado en Bagdad, el 30 de diciembre de 2007, el presidente estadounidense George W. Bush y la opinión pública de su país ya sabían que la invasión en Irak, que en ese entonces había provocado la muerte de aproximadamente 3,000 soldados estadounidenses, no traería los frutos esperados.

La ejecución "no pondrá fin a la violencia en Irak", reconoce el presidente estadounidense, quien previene que "quedan decisiones difíciles de tomar y sacrificios por hacer" para reforzar la "joven democracia iraquí".

La democracia iraquí soñada por la administración estadounidense no logró eliminar la violencia interconfesional.

El enojo de la minoría sunita frente al Gobierno de mayoría chiíta favoreció la emergencia del grupo ultrarradical Estado Islámico (EI), que tiene entre sus dirigentes a exmilitares de Saddam Hussein.

Más de 5,000 soldados estadounidenses siguen en el terreno, apoyo indispensable para un ejército iraquí aún incapaz de asumir solo la guerra contra los yihadistas.

En la sociedad estadounidense, que apoyó masivamente la intervención estadounidense, las heridas siguen abiertas.

El recuerdo del caos iraquí pesó fuerte en la decisión del presidente Barack Obama de no intervenir militarmente contra el presidente sirio Bachar al Asad.

En su campaña electoral triunfante, el presidente electo Donald Trump prometió no comprometer nunca más a Estados Unidos en los "cambios de régimen" o en la "construcción de nación".

Hussein, ¿sin poder?

John Nixon, el primer analista de la CIA que interrogó a Saddam Hussein después de su captura en diciembre de 2003, publica este jueves un libro testimonio, "El interrogatorio de Saddam Hussein", donde afirma que la CIA y la administración estadounidense quedaron encerradas en una falsa visión del dictador iraquí.

Lejos de ser un jefe todopoderoso, Hussein estuvo durante sus últimos años en el poder "totalmente superado" por lo que pasaba en su país, estima Nixon.

"Saddam Hussein estaba ocupado escribiendo libros en 2003. Ya no se ocupaba de hacer funcionar el Gobierno", afirma el analista.

Logró unidad de Irak

Pero la administración estadounidense y la CIA creían sin ninguna duda que "decapitar el régimen baasista haría de Irak un país pacífico", subraya hoy.

Y George W. Bush no aceptará jamás dar marcha atrás en su análisis, explica Nixon, que relata una confrontación esclarecedora con él en 2007 en el Salón Oval.

Según él, en todo caso, a Estados Unidos, contrariamente a lo que se pensaba, no le convenía eliminar al dictador iraquí. "Aunque constaté que Saddam Hussein era un ser extremadamente desagradable, concluí los interrogatorios teniendo un respeto involuntario por la manera en la que logró mantener tanto tiempo la unidad de la nación iraquí", confiesa Nixon.