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Yaser Abu Sharqa, conductor de taxi de Alepo, se acerca al pozo habilitado por la Unesco en el barrio Meridian, en el oeste de la ciudad, para llenar dos garrafas de agua para su familia. Como el resto de los alepinos, espera que con la reconquista de la localidad de Al Jafsa, donde se encuentra la planta que abastece la urbe, el agua vuelva a correr como antes.

“Cada día uso 150 litros de agua en casa, y voy a por agua, al menos dos veces al día”, dice a EFE Abu Sharqa, antes de asegurar que, debido a su trabajo, no siempre reposta líquido en la misma fuente.

El ejército sirio retomó hace dos días 15 localidades del este de la provincia de Alepo, entre ellas Al Jafsa, aunque hasta el momento no ha dado ninguna información sobre el dominio de la planta de bombeo ni datos sobre su estado.

Situada a 80 kilómetros al este de Alepo, es el único abastecimiento de agua con el que cuenta la ciudad, que antes de la guerra civil tenía en torno a cuatro millones de habitantes y que ahora, según estimaciones no oficiales, ronda los dos millones.

Intermitentes cortes

La planta, conquistada por los yihadistas del Estado Islámico (EI), ha sufrido problemas técnicos o ha sido desconectada por los radicales como arma de guerra, lo que ha provocado intermitentes cortes de suministro.

Pero nunca tan largos como el de ahora, que comenzó sin previo aviso el pasado 14 de enero.

Desde entonces, las tropas del régimen sirio se afanan por avanzar hacia las fuentes del agua, donde lograron llegar el pasado lunes.

Con la respiración cortada, los alepinos esperan ahora conocer si la planta ha sido retomada y si ha sufrido daños, porque su destrucción podría suponer una nueva catástrofe para la ciudad, en la que los sirios han estado matándose entre sí durante los últimos seis años.

Mientras esperan, siguen abasteciéndose de los más de 400 pozos abiertos por Unicef, la Cruz Roja y el gobierno provincial y las incontables perforaciones realizadas por particulares, que viven ahora de la venta del preciado líquido.

Mohamed Ayar Jalil, responsable de la planta de bombeo del barrio de Meridian asegura que el pozo del que es responsable funciona diariamente desde las 7 de la mañana, hasta las 11 de la noche, llenando camiones cisternas que descargan después en colegios, universidades y otros lugares públicos.

Jalil asegura que no todas las estaciones tienen agua potable. En la suya, se extrae agua que se encuentra a trescientos metros de profundidad y después de echarle cloro, cuenta, es potable, aunque con una concentración de calcio un poco elevada.

Estas estaciones, sin embargo, no atienden las demandas privadas de las personas que necesitan rellenar los depósitos que han colocado en las azoteas de los edificios para cubrir todas las necesidades diarias, más allá del agua para beber.

El agua tiene un precio

Ese es un trabajo de los poceros privados, como Ali, quien asegura a EFE que desde hace un mes trabaja repartiendo agua de un pozo que se encuentra en la zona donde vive, en el este de Alepo, que estuvo bajo control de la oposición rebelde hasta el pasado diciembre.

“El pozo está en nuestro barrio, lo arreglamos, lo rehabilitamos por 100,000 libras (unos 200 dólares). Luego, empezamos a llenar dos coches”, dice Ali, que explica que cada mil litros de agua lo cobran a entre 1,000 y 1,500 libras (1 y 1.5 dólares).

Con mil litros, una persona puede vivir unos cinco días, lo que obliga a las familias, dependiendo del número de miembros, a rellenar varias veces el depósito a la semana, un gasto que se suma al de la luz, distribuida también por particulares que han comprado enormes generadores con los que venden un amperio, que apenas da para iluminar la casa, a otras mil libras.