•   El Cairo, Egipto  |
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  • EFE

Descalza y harapienta, una niña de dos años corretea junto a su madre que, como ella, ha vivido toda su vida en las calles de El Cairo.

Asmaa, de 22 años, y su pequeña Shahd han fijado su domicilio cerca de la imponente mezquita de Sayeda Zeinab, en un barrio pobre del centro de la capital egipcia, donde piden limosna a los fieles.

Desde hace décadas es frecuente ver a niños mendigando o proponiendo limpiar los parabrisas a los conductores parados en un semáforo en rojo.

Ahmed Kamal, miembro de un programa gubernamental para los niños sin techo, quiere ingresar a Shahd en un centro de acogida.

Pero, como le ocurre con decenas de niños, se topa con un obstáculo de peso: "La ley no nos permite acoger a niños sin un certificado de nacimiento. La mayoría son de la segunda o tercera generación nacida en la calle, y no tienen papeles", explica este empleado del ministerio de la Solidaridad Social.

Ese día, Kamal y su equipo lo intentan con decenas de niños. En vano.

"Los padres se niegan a reconocer a su prole. Y para proporcionarles documentos de identidad, los procedimientos administrativos son muy largos", añade.

En un país sumido en una crisis económica, con 24 millones de egipcios bajo el umbral de pobreza, al menos 16,000 niños viven en la calle, según estadísticas oficiales. Unicef calcula que hay muchos más: "decenas de miles".

"Los principales factores que llevan a los niños a irse de casa están relacionados con la violencia doméstica (...) el incesto y la pobreza", explica a la AFP el representante de Unicef en Egipto, Bruno Maes.

"En términos generales, esto afecta a los matrimonios víctimas del desempleo, del consumo de droga y con un nivel educativo bajo o inexistente", añade.

Pese a las dificultades jurídicas, la asociación Banati (Mis Hijas), fundada en 2009, abrió un centro de acogida en el oeste de El Cairo y logró sacar a niños de las calles, consiguiéndoles la documentación necesaria.

En una pequeña sala transformada en guardería, varios niños de entre 2 y 4 años dibujan y juegan.

"El problema se está agravando, es verdad, las cifras aumentan y los niños de la calle son cada vez más jóvenes", lamenta Hana Abul Ghar, directora de Banati.

Los tres hijos de Amira han sido acogidos por Banati. Esta joven de 22 años lleva en la calle desde la edad de cinco años.

"Me he acostumbrado a esta vida. Lo que más me gustaba era la libertad. Nadie podía imponerme nada, todo estaba permitido", recuerda.

Pero "si al menos hubiera recibido educación, me habría convertido en alguien de bien", dice Amira llorando.

Su marido purga una pena de cárcel por robo. Se casó con ella mediante una "boda orfi", muy habitual en Egipto y consistente en una unión informal y voluntaria entre los esposos que no se registra de forma oficial.

Abul Ghar culpa de la situación al desarrollo de las barriadas tentaculares que han emergido en las últimas décadas cerca de El Cairo y de Alejandría.

Estos "cinturones de pobreza" donde, según las cifras oficiales viven unos ocho millones de personas, se han convertido en la principal causa de la aparición de los niños sin techo, que practican en la calle "la mendicidad, el robo y la prostitución", asegura Abul Ghar.

La asociación Banati apoya a las mujeres marginadas, como Nesrin, una adolescente de 15 años que va desde hace tres años al centro, donde tiene una máquina de coser a su disposición. Su padre está paralítico y no puede trabajar. "Hago sábanas y se las vendo a mis vecinos para ganar dinero con el que poder vivir mis hermanos y yo".