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Grupos de encapuchados llegaron hasta la cerca de protección de la base militar La Carlota (este de Caracas), donde el jueves fue herido de muerte David Vallenilla, de 22 años, por disparos de perdigones de un uniformado.

Los manifestantes quemaron tres camiones que transitaban por el lugar y derribaron parte del cerco metálico, desatándose choques con militares que intentaban dispersarlos con gases lacrimógenos.

Sonando cornetas, pitos y cacerolas, grupos de opositores se apostaron en las esquinas y en varias avenidas importantes de Caracas y de otras ciudades, provocando caos vehicular.

“Esta es una protesta contra la brutalidad con que están asesinando a nuestros jóvenes”, declaró Rina Torres, vestida de negro, en una neurálgica vía del este capitalino.

La protesta fue convocada tras la impactante muerte de Vallenilla, recién graduado de Enfermería, quien recibió tres disparos en el tórax, según la Fiscalía, cuando con un grupo de encapuchados lanzaba piedras y bombas molotov contra el destacamento militar.

Medios locales divulgaron fotos y videos en los cuales se ve a un sargento de la Policía Aérea disparándole a quemarropa, según admitió luego el ministro de Interior, Néstor Reverol.

Con la muerte de Vallenilla aumentaron a 75 los fallecidos -muchos de ellos jóvenes- en casi tres meses de protestas contra Maduro, recrudecidas por la convocatoria de Maduro a una Asamblea Constituyente, con la que, según la encuestadora Datanálisis, está en desacuerdo 69.1% de los venezolanos.

El joven murió cuando participaba en una protesta convocada por la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD) en apoyo a la fiscal general, Luisa Ortega, quien encabeza a un grupo de chavistas disidentes que se oponen a la Constituyente por considerar que violenta la democracia.

Luchó por su ideal

Algunos conductores se unieron a la protesta y estacionaron sus vehículos, mientras otros, molestos, intentaban burlar los bloqueos.

“Ni uno más”, “No más dictadura”, “No más represión”, se leía en pancartas que llevaban los manifestantes en otro sector del este de Caracas, donde coreaban: “Maduro cobarde, asesino de estudiantes”.

Opositores y chavistas se toparon en La Campiña, frente a la sede de la petrolera estatal Pdvsa, originándose agrias discusiones.

La indignación por la muerte de Vallenilla fue mayor porque el jueves Maduro había advertido que el uso de armas de fuego y las escopetas de perdigones para el control del orden público estaba “prohibido”. Solo “agua y gasesito lacrimógeno” está permitido, afirmó.

Como una paradoja, el padre de la víctima, del mismo nombre, fue supervisor de Maduro cuando este trabajaba como conductor de autobús en sus tiempos de sindicalista.

“Mi hijo luchó por su ideal, por eso se fue. Pido que todo se aclare”, dijo compungido Vallenilla en las afueras de la morgue de Bello Monte en Caracas.

El pasado 6 de junio, el ministro de Defensa, general Vladimir Padrino López, había advertido a sus hombres que no quería ver “un guardia más cometiendo una atrocidad en la calle”, tras denuncias de atropellos, incluso robos, contra manifestantes y periodistas.

 

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