•   Caracas, Venezuela  |
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  • AFP

El estruendo de las detonaciones y los gritos de pánico solo paran cuando la puerta de la Iglesia se cierra. Un corto silencio permite escuchar la respiración rápida de la gente antes de retomar la misa de domingo.

A pocas cuadras, una inmensa explosión alcanza a al menos dos motorizados de la policía: son escenas muy violentas del día en que se vota la Constituyente propuesta por el presidente venezolano Nicolás Maduro para alcanzar la paz.

Pero el opositor municipio de Chacao es una vez más el epicentro de los enfrentamientos, que no son ajenos a la cotidianidad venezolana desde que el 1 de abril comenzaron las protestas contra el gobierno.

Después del padre nuestro, que rezan con las manos al aire, comienza un murmullo. Alguien se asoma por la rendija de la puerta y da la luz verde para salir.

Poco a poco, aún desconfiados, mirando a un lado y otro, la treintena de personas que se refugió en el templo retoman la calle y vuelve al reducto donde protestaba contra la iniciativa de Maduro para redactar una nueva Constitución, que según la oposición, será un traje a su medida para perpetuarse en el poder.

Es la esquina de la avenida Francisco de Miranda con Bello Campo. La intersección está bloqueada con escombros, tablones, tapas de alcantarillas, tubos, cuerdas y alambres.

"¡No corran, nos tienen acorralados pero esto está tomado!", grita un encapuchado de la llamada "resistencia", el ala más radical en las protestas de la oposición, listo para enfrentar a los militares de la Guardia Nacional.

"Destruyente"

Las protestas, que ya suman unos 120 muertos, comenzaron hace cuatro meses para exigir elecciones generales, que permitieran elegir un nuevo presidente y sacar a Maduro, que tiene 80% de reprobación según las encuestas.

Pero la Constituyente, lejos de acercar al país para dialogar y lograr la paz, como justificó Maduro al proponerla, avivó las diferencias hasta un punto que parecen irreconciliables.

 

Y en el trasfondo hay mucho miedo: entre los abiertamente opositores, que temen se instale "un comunismo a la cubana", y entre los más pobres y empleados públicos, que no quieren dejar de beneficiarse de los programas sociales.

"Es una destruyente", dice irónico José Gregorio Bastidas, que vive en el popular barrio de Petare y fue amenazado por el consejo comunal con cortarle el beneficio de una bolsa de comida a precios subsidiados.

"Destruirá la democracia, los poderes... No se podrá protestar más. Se declaró la dictadura. Da lástima como destruyeron este país. Es la Constituyente de la humillación y el chantaje".

En la iglesia de Chacao, una muchacha de 31 años que prefirió no dar su nombre, no sabe qué le espera el lunes: trabaja en un ministerio y dijo que no votaría.

Está "resteada", que en venezolano es jugarse el todo por el todo, aunque no ve aún el queso a la tostada. "Siento que no avanzamos, no terminan los días de protesta, solo aumentan los muertos", dijo llorosa.

"Guerra desigual"

En otros puntos de Caracas, como en los barrios de El Paraíso y su vecino Montalbán (oeste), vecinos denunciaron que militares "invadieron" edificios en la búsqueda de "guarimberos", un término achacado a quienes manifiestan bloqueando vías.

En la Francisco con Bello Campo, unos muchachos preparaban unos cócteles molotov cuando un grito los alerta: unos 20 guardias en moto se acercaban.

Los reciben con piedras, ellos responden con perdigones y algunas bombas, y se van. Esta vez vinieron desde otro flanco al primero que los empujó a la iglesia.

Un hombre tranquilo, como si no pasaba nada, vende helados y cigarrillos. Desde allí se veía la columna de humo negro de la explosión, que dejó a un par de policías con el uniforme en llamas.

"Es una guerra desigual, ellos tienen armas, yo piedras y una bandera", asegura Abed, de 40 años, que no dio su apellido.

En la estocada final, guardias golpearon y robaron a un fotógrafo y a paramédicos en esa esquina.

Ahora llueve y el fuerte improvisado cayó. Lo mismo ocurrió ayer y el día antes, mañana prometen volverán a la batalla.