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  • AFP

A Refugio no le alcanza el pañuelo para secarse las lágrimas mientras acompaña una peregrinación funeraria en Juchitán, el poblado más devastado por el último gran terremoto en México. Como muchos damnificados, esta mujer perdió su casa y familia, pero también la confianza en el porvenir.

El temblor de 8.2 grados derrumbó miles de casas en plena noche del jueves pasado y ha cobrado la vida de 96 personas, de las cuales al menos 37 en Juchitán, un poblado tropical de unos 100,000 habitantes en el estado de Oaxaca (sur).

Llorar a sus muertos y quedarse sin techo -sin agua y sin electricidad- es solo el comienzo del calvario de los sobrevivientes, cuyo mundo, tal como lo conocían, dejó de existir.

"Yo ya no sé si lloro de tristeza, de la impresión por el terremoto o de miedo por lo que va a pasar, ¿cómo viviremos ahora?", se pregunta Refugio Portales, quien, rodeada de una banda que toca música fúnebre, asiste al funeral de su amiga fallecida en el terremoto.

El día anterior, esta mujer de 52 años ya enterró a su hermano y un sobrino, ambos aplastados cuando colapsó su casa por el sismo, al igual que la papelería en la que trabajaba.

En Juchitán ya no hay escuelas, ni hospitales, ni iglesias. Junto con el mercado principal, se derrumbaron numerosos hoteles, bancos, comercios, oficinas, restaurantes. ¿Cuántos empleos desaparecidos?

Tampoco hay dónde quejarse, porque el palacio municipal se redujo a escombros.

"Lo que pasó es muy grande. Esto supera la simple voluntad del gobierno", dijo bajo el anonimato uno de los cientos de militares que llegaron a Juchitán junto con tropas de policías y bomberos.

El rescatista Miguel Ángel Nava coincide en que la tarea es "titánica". Enfundado en su traje color naranja brillante trata de recuperar de entre los escombros los pocos objetos de valor de una familia.

"Gana la desesperación"

El sismo también causó daños y muerte en los estados de Chiapas y Tabasco. Pero sólo en Oaxaca hay 76 muertos, 80,000 damnificados y con 41 municipios en los que una de cada tres casas quedó afectada, según estimaciones oficiales.

"Quiero pedirles a ustedes su paciencia. No es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana", dijo la ministra de Desarrollo, Rosario Robles.

Pero tener paciencia es difícil en Juchitán. En uno de los barrios humildes de este poblado, un grupo de niños saluda frenéticamente cuando ve llegar a un camión del Ejército con víveres, mientras sus padres corren en hordas persiguiéndolo.

"Hay mucha gente que lo necesita y no están dando la ayuda, ¡que nos den parejo!", grita furiosa Adolfina Maciel, una ama de casa de 40 años que salió corriendo hacia los soldados, pero no alcanzó las bolsas de agua que repartieron.

Yazmín Gutiérrez, quien vive en un albergue donde se distribuyeron las bolsas de agua, comprende que los gritos de Maciel son "de tristeza, porque no tienen para darle a su familia".

En refugio viven más de 30 familias con decenas de niños. Algunos sufren fiebre, vómito o dolor de cabeza, pero no hay medicinas.

"Yo creo que aquí nos está rebasando la desesperación", comenta Tania López, quien vive en el campamento desde la noche del terremoto.

"La ayuda que traen no es suficiente, pero aunque lo fuera, solo es momentánea. ¿Y luego, qué? Nos vamos a quedar solos", afirma.

"Sin un quinto"

Rosa Pérez, una panadera de 71 años, no sabe a quién le venderá sus galletas y panqueques. Los ingredientes subieron exponencialmente de precio por la escasez que generó el sismo, y la idea de entrar a su destruida casa para prender el horno la aterra.

"En cualquier momento se viene todo abajo. Y aunque venciera mi miedo y entrara, nadie me compraría pan porque no hay fuente de ingreso para nadie", explica Pérez, quien perdió a la última hermana viva, por que se atoró la puerta de su casa y no pudo salir cuando se venía abajo durante el terremoto.

El desasosiego está en cada rincón. A Iván Rodríguez, un artesano y padre de familia de 40 años, lo carcome la angustia desde que supo que el mercado donde guardaba toda su mercancía se derrumbó.

"La despensa del ejército dura un día o dos. Hoy ya no tenemos nada. Ahora estoy sin un quinto y no tengo cómo darles de comer a mis hijos", dice sin poder disimular las lágrimas.

Cuando se termina la distribución de víveres, los niños despiden a los soldados como si fueran superhéroes. "Su inocencia no les permite asimilar lo que está pasando, afortunadamente", dice López, mientras un grupo de sonrientes niños juega "a los cochecitos de carreras" con cajas vacías de medicinas.