•   México  |
  •  |
  •  |
  • EFE

México, ese país que los medios suelen pintar como una catedral del caos, sacó hoy su mejor riqueza, el alma noble de su gente, para paliar el golpe terrible de un poderoso terremoto que se ha llevado la vida, por ahora, de 139 personas.

A las 13.14 hora local (18.14 GMT) millones de mexicanos del centro del país sintieron por más de 60 segundos, como surfistas en un mar picado, un fuerte temblor que derrumbó edificios y provocó en cadena la histeria y el temor a nuevas réplicas.

Unos minutos más tarde comenzó un movimiento sísmico mayor, humano, de personas que sacaron a la luz el México que el poeta Pablo Neruda calificó en su momento como el último de los países mágicos, de antigüedad y de historia, de música y geografía. Y es también solidario.

La teoría del escritor Benito Taibo de que en México se viven todos los días historias de realismo mágico quedó confirmada con una burla de hiena.

La tragedia llegó el mismo día del terremoto que mató en 1985 a cerca de 10.000 personas y dejó en los sobrevivientes un miedo traspasado a sus hijos.

Frida Hernández, una estudiante universitaria, despertó cuando el terremoto entró con arrogancia al sexto piso donde dormía la siesta en el centro de la capital. Entonces desempolvó los recuerdos de 1985 que no vivió, pero la persiguieron en los cuentos de sus mayores.

Vio caer un falso techo y sufrió el bamboleo de las paredes pero su padre la salvó al recordarle con su sabiduría de arquitecto que estaba en uno de los edificios más seguros de la ciudad, el de la oficina del metro, asegurado con vigas de acero porque si se derrumba aplastaría unos transformadores y haría volar dos manzanas.

Ante la imposibilidad de meter máquinas modernas en las labores de salvamento, para no lastimar a los enterrados debajo de las piedras, los mexicanos se armaron de palas, picos, linternas y otros instrumentos.

La joven nació 12 años después de aquel trágico terremoto, pero llevaba años acosada por el monstruo del dolor que hundió la ciudad y hoy, después del terrible temblor, sacó lo mejor de miles de personas convencidas de que la mejor manera de honrar a la víctimas de 1985 es evitar ahora la mayor cantidad de muertes posibles.

Ante la imposibilidad de meter máquinas modernas en las labores de salvamento, para no lastimar a los enterrados debajo de las piedras, los mexicanos se armaron de palas, picos, linternas y pomos con agua, éstos para lanzar a los atrapados si detectaban sus gritos y encontraban la forma de hacerles llegar la ayuda.

El monstruo pisó este día con sus huellas de ser abominable, pero es México un pueblo que sabe de dolores y por eso reacciona tan sensible a llamados humanos como el de un señor llamado Óscar que a varios metros de profundidad mandó un mensaje con su ubicación en la delegación Álvaro Obregón y convocó a miles.

Vienen réplicas. Los vivos lo saben, pero también sospechan que es momento de hacer silencio al lado de los edificios caídos porque de ellos saldrán gritos imperceptibles y deberán escucharlos.

Cada rescatado hará más pequeñas las huellas del monstruo llamado dolor y confirmará el lado humano de un país destinado, de vez en cuando, a renacer de sus cenizas.