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La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, que el miércoles cumple un año, forzó a América Latina a establecer un nuevo y hasta ahora difícil diálogo con una Casa Blanca concentrada en las prioridades internas.

La irrupción en la región de varios gobiernos interesados en una relación más profunda con Estados Unidos coincidió así con la instalación en Washington de una administración inclinada a fortalecer el proteccionismo de su comercio internacional y vincular en parte sus lazos diplomáticos con la región a esta perspectiva.

Si el anterior presidente, Barack Obama, dedicó parte de su segundo mandato a esfuerzos para recomponer hasta donde sea posible la relación de Washington con la región, la llegada de Trump a la Casa Blanca marcó el inicio de un diálogo sobre bases claramente diferentes.

Mano dura y sanciones a Venezuela, retroceso en relaciones con Cuba, rigidez con México y América Central y amenazas sutiles pero claras a Colombia son facetas de la traducción en términos reales del ‘mantra’ recitado por el nuevo presidente estadounidense, de poner a Estados Unidos primero.

Inclusive dos medidas estrictamente de alcance interno --la decisión de limitar el Estatus de Protección Temporaria (TPS) y de no renovar el programa DACA, para migrantes llegados al país en la infancia-- tienen un impacto negativo directo en la región, y por ello hacen encenderse luces de alerta.

En el caso de Venezuela, Trump endureció considerablemente las sanciones a funcionarios del gobierno de Nicolás Maduro, e inclusive incluyó al país (junto a Corea del Norte y seis países de mayoría musulmana) en su más reciente decreto que limita el ingreso de migrantes y refugiados.

El mandatario llegó a deslizar que no descartaba incluso una “opción militar” para Venezuela, aunque el exabrupto generó reacciones inmediatas incluso entre aliados de Washington en la región, ya que abriría una fase de inestabilidad de consecuencias impredecibles.

Apenas dos días después de esa polémica declaración, el vicepresidente Mike Pence inició una gira por Colombia, Argentina, Chile y Panamá, que sirvió para bajar el voltaje de la incertidumbre y asegurar a la región que la Casa Blanca daría prioridad a acciones multilaterales.

El otro frente de fricciones quedó claramente abierto con México. Ya durante la campaña electoral Trump había desatado una espectacular controversia no solo por sus declaraciones sobre los migrantes mexicanos y la necesidad de construir un muro en la frontera, sino también por las críticas a la relación comercial en el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

A instancias del nuevo gobierno, Estados Unidos, México y Canadá ya realizaron cuatro rondas para renegociar detalles del acuerdo, sin que por el momento se hayan alcanzado sólidos entendimientos de fondo.

Poco antes de la cuarta ronda, se filtró a la prensa un memorando interno de la Casa Blanca que atribuye a los acuerdos de libre comercio como el TLCAN casi todos los males del país, al punto de sugerir que una parte del gobierno estaría dispuesto a que Washington simplemente se vaya del acuerdo tripartito.

En el caso de Cuba, el nuevo presidente decidió poner en el Congelador el proceso de aproximación que había iniciado Obama, y anunció que la “nueva” política de Washington hacia La Habana reforzaría la política del embargo comercial que estuvo en vigor, sin cualquier resultado verificable, durante medio siglo.

Esta postura condujo a una situación de extrema tirantez por alegados ataques a diplomáticos estadounidenses en Cuba. El Departamento de Estado redujo a la mitad su Embajada en La Habana y expulsó a 15 diplomáticos de la representación diplomática cubana en Washington.

Se trata de la peor crisis en la relación bilateral desde que los dos países reabrieron sus embajadas en 2015.

Con Colombia, el diálogo también se enturbió al punto de amenazar con incluir a ese país en la lista de los que no cumplen sus obligaciones en materia de combate al tráfico de drogas.