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PITTSBURGH /UNIVISION

Cada uno de ellos fue noticia en Estados Unidos por algunas jornadas cuando tomó un arma de fuego y puso fin a varias vidas. Uyesugi ingresó en una oficina de Hawai, en 1999, y asesinó a siete personas. Hawkins entró en un centro comercial de Nebraska, en el 2007, y mató a nueve.

Barton, Ratzmann y Stewart mataron en total a 24 personas en 1999 (en una oficina de corredores de bolsa en Atlanta), 2005 (en una iglesia de Wisconsin) y la semana pasada (en un centro de rehabilitación de Carolina del Norte).

Y cada uno de ellos ha sido olvidado, pues en Estados Unidos los homicidios múltiples se van multiplicando. Como dice el escritor de novelas de horror Stephen King, “el homicida múltiple es algo tan típicamente estadounidense como el pastel de manzana”.

Lo que resulta más perturbador es que la lista mencionada más arriba fue elegida de una mucho más larga de recientes matanzas en Estados Unidos. Y este fin de semana, en un soleado amanecer del sábado, en Pittsburgh, tres policías murieron tras un tiroteo luego de una disputa doméstica.

La matanza que dejó 14 muertos el viernes en Binghamton, Nueva York, fue horrible. Pero no resultó sorprendente en una sociedad donde el término “asesinato en masa” ha dejado de ser una aberración. “Tenemos que ponernos en guardia contra una violencia insensata representada por esta tragedia”, dijo el presidente Barack Obama en Europa, el sábado.

Inclusive en un país con memoria efímera, estas cifras convocan a la reflexión: Durante el mes pasado, 47 personas fueron asesinadas en tiroteos. Mas allá del debate sobre las armas de fuego habría que formular esta pregunta: ¿Qué está ocurriendo en la psicología de muchos norteamericanos que son incapaces de desactivar su propia furia y terminan asesinando a varias personas?
Esta no es una época de buenos sentimientos en Estados Unidos. Han existido ocho años de guerra contra el terrorismo y de ocupación en Afganistán. Han existido seis años de ocupación de Irak. Y ahora, desde hace meses, la economía nacional se derrumba. Aumenta la desocupación. Los seres humanos pierden sus viviendas, sus automóviles y su tranquilidad.

Un modelo parece ofrecerlo: la matanza de Binghamton. El atacante y muchas de las víctimas eran inmigrantes. El homicida múltiple, Jiverly Wong, había perdido su empleo hacía algunas semanas, y se sentía frustrado porque había colapsado su “sueño americano”. Y las primeras versiones indican que el hombre que mató a tres policías en Pittsburgh también había perdido el empleo.

Los seres humanos son, por supuesto, responsables por sus acciones, pero vale la pena preguntarse si esto no tendrá algo que ver con el llamado excepcionalismo estadounidense.

Durante muchos años la narrativa nacional estadounidense ha estado plagada de relatos de seres exitosos. Todos creen que Estados Unidos es la tierra de las oportunidades. ¿Es tan subversivo pensar que cuando esta tierra deja de ofrecer oportunidades, los seres humanos no pueden lidiar con la decepción?