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Desde su lujoso apartamento de Manhattan, el magnate chino Guo Wengui se ha convertido en uno de los más feroces adversarios del régimen de Pekín y promete hacer todo lo que esté a su alcance para democratizarlo.

Tras recorrer el mundo durante dos años, este empresario del sector inmobiliario se instaló en abril en Nueva York en una suite del piso 18 de un hotel situado frente a Central Park y espera con optimismo, en compañía de su esposa, el resultado de una demanda de asilo que elevó en septiembre.

"Quiero tratar de llegar a un Estado de derecho, a una democracia, a la libertad, es mi objetivo último, un cambio de régimen", si es posible "de aquí a tres años", dice Guo en una entrevista con la AFP.

Vestido de negro, sonriente, con su pequeño perro "Snow" en los brazos, Guo exhibe a la periodista su magnífica terraza y su escritorio, dominado por una foto en la que aparece junto al dalai lama.

Este budista de 47 años -no se sabe con certeza su fecha de nacimiento, ocurrido durante la revolución cultural- habla en inglés cuando la conversación gira en torno a la democracia. Para el resto se expresa en chino y recurre a un intérprete.

Guo Wengui vive en Nueva York y demanda democracia en su natal China. AFP/ENDRaros son los magnates chinos que optan por la disidencia. Pero Guo, cuyos bienes fueron expropiados y dos de sus hermanos fueron detenidos tras su partida del país, en el verano boreal de 2014, afirma que lleva 28 años madurando su proyecto.

Tras la represión de las manifestaciones de la plaza Tiananmen en 1989, "mi hermanito murió ante mis ojos". "Yo mismo fui detenido y amenazado de muerte durante 22 meses", relata.

"Nadie podrá frenarme"

Fue en la cárcel que se decidió a "luchar contra este sistema inhumano, antidemocrático e ilegal".

Si hay quienes niegan toda credibilidad a este magnate orgulloso de sus jets privados cuando denuncia la corrupción que reinaría en las más altas esferas de poder en China, él asegura que sus motivaciones son puras y rechaza por infundadas las acusaciones de malversaciones de fondos que le formulan en su país.

"¿Por qué lo haría? Tengo dinero, un yate, una familia formidable, apartamentos en Nueva York, en Londres (...). Pero soy budista y quiero ser bueno para los demás, quiero cambiar este régimen maléfico", dice.

"Los hombres de negocios exitosos en China sólo tienen dos posibilidades: o se van del país o esperan ser eliminados", agrega.

Él eligió contraatacar y en estos últimos meses inundó las redes sociales con mensajes en los que acusa de todos los males a la élite de la República Popular China.

Su cuenta de Twitter, seguida por cerca de 480.000 personas, está inactiva desde noviembre, tras los múltiples bloqueos que sufrió luego del último congreso del Partido Comunista Chino, en octubre, de acuerdo a sus afirmaciones.

Para fines de diciembre prevé lanzar su "plataforma mediática", en la que expondrá los desastres del régimen comunista, según sostiene.

"Nadie podrá frenarme, tengo mucho dinero", subraya.

Sus proyectos, dice, los discutió con Steve Bannon, el exasesor del presidente Donald Trump que convirtió a su sitio de informaciones Breitbart News en un bastión de la "alt-right", la derecha radical estadounidense.

Bannon, con quien dice haberse reunido en diez oportunidades, está convencido de que Washington y Pekín ya están en "guerra económica". "Es uno de los mejores especialistas en política económica que conozco y uno de los pocos occidentales que comprenden verdaderamente a Asia", asegura Guo.

¿Un Trump chino? "No, gracias"

Aunque dice "pensar muy bien" del presidente Trump, de cuyo club exclusivo de Mar a Lago, Florida, es cliente frecuente, la política china del inquilino de la Casa Blanca no le parece adecuada.

"Está demasiado concentrado en sus propias ventajas" y "no se da cuenta de las ventajas de su rival", asegura.

Los gobernantes chinos, que emitieron una orden internacional roja de captura en su contra a través de Interpol y enviaron agentes a Manhattan para seguir sus pasos en mayo, sólo tienen un objetivo: "callarme", dice el magnate.

Guo Wengui vive en una lujosa suite en Nueva York. AFP/ENDEllo no le impide, sin embargo, reconocerle al presidente Xi Jinping, originario de una región cercana a la suya, "muchas cualidades humanas".

Guo se vanagloria, además, de conocer el entorno y algunos "secretitos" del mandatario, como su repugnancia por las berenjenas desde que lo obligaron a comerlas durante la revolución cultural.

Xi es "una buena persona" y tiene "50% de posibilidades" de conducir a China a un sistema comparable al de Singapur, vale decir "un Estado de derecho con partido único, con buenas intenciones en relación a Occidente".

Mientras tanto, Guo se mantiene en contacto con su familia en Pekín y controla las múltiples propiedades que tiene en diversos países por medio de decenas de cámaras que maneja desde su tableta.

Si llegara a cumplir su objetivo de transformar el régimen chino, este hombre que se jacta de haber construido "los edificios más hermosos" de su país, sostiene que entre sus planes no figura convertirse en un "Trump chino".

"Me gusta la libertad, viajar, gozar de la vida. Preferiría morir que hacer política", proclama.