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A Laura se le dibuja una sonrisa al enterarse de que 25 centroamericanos ya pasaron a Estados Unidos para tramitar su solicitud de asilo, mientras espera con sus hijos a un costado del paso peatonal que une la ciudad fronteriza mexicana de Tijuana con San Ysidro, en Estados Unidos.

Ella y sus cuatro hijos, de 20, 15, 7 y 3 años, han dormido en un improvisado campamento junto con otros 150 centroamericanos de una caravana de migrantes que provocó la furia del presidente estadounidense Donald Trump.

Entre la noche del lunes y el martes, 25 centroamericanos han sido admitidos en Estados Unidos para iniciar su solicitud de asilo, un estatus que pueden obtener aquellos que comprueben de alguna manera que volver a sus países de origen puede poner en riesgo sus vidas.

La mayoría de ese primer grupo son mujeres y niños, informó Gina Garibo, integrante de Pueblo Sin Frontera, organizadora de la caravana.

“Si los dejaron pasar es porque van a permitírselo al resto porque saben que huyen de la violencia en sus países”, había dicho previamente Irineo Mujica, de la misma organización.

Las autoridades estadounidenses aseguraron que están a su máxima capacidad. “Dependiendo de las circunstancias a su arribo, algunos tendrán que esperar en México”, señaló en un comunicado Kevin McAleenan, comisionado de las autoridades migratorias.

Pero a Laura, que huye de la violencia de Honduras, le parece que eso no es verdad porque además de los centroamericanos, este martes ingresaron a Estados Unidos otros 25 mexicanos que también montaron un campamento afuera del paso peatonal.

“Le pido a Dios que ablande el corazón a Trump, que se lo convierta en carne” para que les dé “la entrada”, dice Laura, que al igual que muchos migrantes, evita dar sus apellidos por temor. La gran mayoría huye de la violencia que generan las pandillas en sus países.

Un salvadoreño

Uno de los primeros migrantes en cruzar a Estados Unidos la noche del lunes es Adán Adalberto, un salvadoreño de 18 años, cuyo padre fue asesinado por “Las Maras”.

“Lo mataron en 2016, y a otro de mis hermanos en 2017, el primero era el padre de mi sobrino”, recuerda su tío Balmore, de 36 años que aguarda inquieto su turno.

“El día de ayer mi sobrino pasó, gracias a Dios. Venía conmigo pero como es adulto, él va a pelear su caso propio. Yo por el de mis hijos de 16 y 14 años”, añadió.

A punta de pistola, las pandillas querían reclutar a sus hijos. En El Salvador solo se quedaron “las mujeres, mi hija de 5 años de edad y mi esposa”, dijo mientras observa jugar a sus hijos con otros adolescentes a poca distancia de la línea fronteriza.

Desde que la caravana llamada Viacrucis Migrante arrancó el 25 de marzo, varios centroamericanos han cruzado México a pie, en tren o en autobús.

La comitiva, que se lleva a cabo desde 2010 para visibilizar el dramático recorrido de los centroamericanos por México, arrancó con más de 1,000 personas, muchas de las cuales se han dispersado, mientras algunos se han quedado en territorio mexicano y otros viajan por su cuenta.

Sin embargo, tan pronto Trump vio las imágenes de los empobrecidos centroamericanos caminando con sus escasas pertenencias a cuestas exigió a México en una serie de tuits que detuviera la caravana, ordenó desplegar la Guardia Nacional en la frontera y ha pretendido ligar el tema migratorio con la firma de un nuevo Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

María Magdalena, originaria de El Salvador, viajó con sus hijas, nietos y el esposo de una de sus hijas. Son nueve en total.

Para dormir colocaron en el piso todas las cobijas que traían y encima pusieron una lona que les entregaron activistas.

“Aquí estaremos los días que sean necesarios, podremos aguantar más, incluso otro mes aquí durmiendo, como el viaje que hicimos”, declara mientras una de sus hijas y su nieta comen tacos mexicanos que les regaló un comerciante.

El vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, tachó de “débiles” e “ineficientes” las leyes migratorias de su país durante una visita a Caléxico, en la frontera con México.