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En teoría, el encuentro entre la joven blanca y el ícono de la lucha contra el 'apartehid' en Sudáfrica no tenía posibilidades de funcionar. Sin embargo, Zelda la Grange se convirtió a lo largo de los años en una de las principales colaboradoras de Nelson Mandela.

En la víspera del centenario de su nacimiento, esta rubia en sus 40 años que aparece en tantas fotos del primer presidente negro de Sudáfrica, aceptó contar a la AFP sobre el "Madiba" con quien compartió la vida cotidiana, su carisma, sus atenciones y sus peculiaridades.

Designada asistente de la presidencia en 1994, Zelda La Grange, apenas tenía 23 años, cuando se cruza con el presidente Mandela dos semanas más tarde de asumir su trabajo en la oficina de su secretaria.

El encuentro

"Me encontré delante de este hombre, que yo había considerado por largo tiempo como un enemigo (...) Lo primero que noté fue la gentileza que irradiaba en su cara y la sinceridad de su sonrisa.

Él me hablaba y yo me veía en la obligación de decirle, 'disculpe señor presidente, ¿podría repetir?'. Él repetía y me di cuenta que me hablaba en afrikáner, mi lengua, la lengua del opresor y de aquellos que lo llevaron a la cárcel.

"Inmediatamente derribó mis prejuicios (...) yo estaba emocionada, me sentía culpable porque este ser tan amable, delante mío, me mostraba un respeto que yo creía que me merecía".

Virtud y vicios

Mandela "tenía esa capacidad de respetar a cualquier ser humano. Cuando él miraba a alguien a sus ojos, realmente ponía atención (...) era su mayor fortaleza, siempre privilegiar la humanidad a la ideología.

Podía ser un hombre muy testarudo, un dirigente muy terco. En general, cuando tomaba una decisión, había sido cuidadosamente pensada, por lo tanto era muy difícil hacerlo cambiar" de opinión.

Respeto

"En una comida o en un viaje, teníamos discusiones políticas con frecuencia y a veces no estábamos de acuerdo, especialmente cuando evocábamos el pasado y el 'apartheid'.

Pero nunca nos enfrentamos, siempre fue respetuoso porque Madiba sabía de dónde venía yo. Sabía que podía confiar en mí 100% y yo aprecié eso mucho.

Para mí, desde un punto de vista profesional, la confianza que él me concedió fue sin duda la culminación de mi carrera a su lado".

Enojos

"Era alguien muy meticuloso, muy estricto, muy disciplinado. Detestaba a aquellos que intentaban darle órdenes, manipularlo.

Muy pocas cosas le molestaban de verdad, sólo la deshonestidad lo hacía salirse de sus cabales, siempre".

Lado triste

"Pude constatar los daños que le causaron la separación de su familia (durante su encarcelamiento). Después de tantos años, para él fue muy difícil retomar las relaciones.

Había una parte triste en Nelson Mandela que conocí, la triste dificultad de poder apreciar las cosas simples.

Fue recién después de su matrimonio con Graça Machel (su tercera y última esposa) que disfrutó realmente de cosas como ir a un restaurante".

Simplicidad

"Con frecuencia, cuando llegaba a un lugar, se dirigía primero espontáneamente hacia el recepcionista o el vigilante, antes de estrechar la mano del directivo que lo esperaba.

Algunos, los más egoístas, a veces juzgaron este gesto como una ofensa o irrespeto que no los saludara primero. Pero no era eso. Era su manera y siempre saludaba a las personas con cargos menores. En todas partes donde íbamos, nos asegurábamos de que las personas que le servían fueran saludadas primero".

Últimos momentos

"Yo lo vi por última vez el 11 de julio de 2013. Fui a verlo al hospital (antes de partir de vacaciones) porque temía que le pasara algo durante mi ausencia.

La señora Machel me concedió algunos minutos con él. Cuando me acerqué a su cama, escuchó mi voz y lo toqué. Sus ojos se abrieron de repente y me sonrió.

Esa sonrisa contagiosa, la misma sonrisa contagiosa de la primera vez que la vi".