•   Harasta, Siria  |
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  • AFP

A la entrada de Harasta, cerca de Damasco, Jaled espera a las familias que llegan para inspeccionar el estado de sus viviendas. Él, que antes de la guerra trabajaba de peluquero, se ofrece como obrero para demoler las ruinas o retirar escombros.

Desde hace semanas, las excavadoras de las autoridades intentan despejar las calles de esta ciudad situada en Guta oriental, pero hay montañas de escombros por todas partes.

"Antes de irme era peluquero. Ahora soy obrero", afirma Jaled Nooman, de 35 años y con tres hijos.

"Trabajamos (...) con un martillo, escobas", explica Jaled, que se fue de Harasta en 2012. "El trabajo no siempre es regular y dejamos que los clientes estimen lo que deben pagar".

Como en otras ciudades en manos de rebeldes, Harasta quedó devastada por los combates en Guta oriental. El régimen la reconquistó en abril al término de una ofensiva de dos meses que provocó la evacuación de miles de insurgentes y de civiles.

Como Jaled, otros habitantes convirtieron el desescombro y la reconstrucción en su ganapán, en espera de que comiencen las grandes obras previstas por las autoridades. "Transporto materiales de construcción, bloques de cemento, hago limpieza", declara Hasán, visiblemente extenuado. "Es el único trabajo disponible hoy en Harasta", añade este cuarentón desdentado a bordo de su camioneta.

Barrios enteros en ruinas

En Harasta hay barrios enteros en ruinas, con edificios caídos al lado de otros de fachadas reventadas.

Algunas madres caminan apresuradamente con sus hijos y los jóvenes circulan en bicicleta esquivando los montículos de escombros que impiden el tránsito de coches. Sólo las excavadoras y camiones se abren paso.

Al término de un acuerdo de evacuación concluido en marzo, alrededor de 4,300 personas, entre ellas 1.400 rebeldes, fueron trasladadas a territorio bajo control de los insurgentes en el norte del país.

Harasta, con 250,000 habitantes antes de 2011, cuenta ahora con 15,000 residentes, según el consejo local que administra la ciudad. Estos habitantes tienen prohibido salir de ella hasta que termine el periodo de "regularización".

Desde el final de los combates miles de desplazados fueron autorizados a entrar en la ciudad para inspeccionar sus propiedades. Mohamed Nooman es uno de ellos y está encantado de que su casa haya resistido el embate de la guerra.

"Mi casa resultó dañada pero estoy feliz de ver que sigue ahí. Me sorprendió ver la mayoría de los edificios destruidos", declara este hombre que huyó de la ciudad en 2012.

En su salón casi intacto, hay un marco en el suelo y una espesa capa de polvo cubre jarrones con flores artificiales y una mesa de mantel dorado, pero algunas paredes de la casa se han derrumbado. "Pase lo que pase seguirá siendo mi casa, estoy apegado a ella", añade este propietario de una fábrica de piedra.

"Acuerdo de los propietarios"

Siguiendo las instrucciones del consejo local, Nooman quitó los escombros de su casa y los dejó en la avenida más cercana para que los camiones los retiren.

"Hemos quitado 110,000 metros cúbicos de escombros en las calles, quedan todavía 600,000", explica el presidente del consejo local Adnan al Wazzé, quien estima que la ciudad quedó destruida en un 40%.

El presidente sirio Bashar al Asad afirmó recientemente que la reconstrucción es "su principal prioridad".

Desde hace semanas, las excavadoras de las autoridades intentan despejar las calles de esta ciudad situada en Guta oriental, pero hay montañas de escombros por todas partes.

Y en Harasta para reconstruir primero hay que echar abajo los edificios que "amenazan con derrumbarse y representan un peligro para la seguridad pública", según Wazé.

Una polémica ley adoptada en abril hace temer expropiaciones injustas. El decreto permite al gobierno incautarse de propiedades privadas para proyectos inmobiliarios a cambio de acciones en ellos.

"Las destrucciones se hicieron con el acuerdo de los propietarios", recalca Wazé, quien promete que "los derechos de todos quedarán protegidos", incluso en caso de ausencia de los habitantes.