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“Bienvenido el Papa al campamento de Aida”: estas palabras fueron pintadas en el muro de separación israelí por refugiados palestinos decididos a aprovechar la visita de Benedicto XVI para llamar la atención sobre el drama que padecen.

La principal preocupación del “comité de bienvenida” encargado de preparar la visita del Papa al campo, el 13 de mayo, es lograr que aparezca lo más cerca posible de este muro de ocho metros de altura.

Este trozo es parte de la “barrera de seguridad” edificada por Israel en Cisjordania y tildada como el “Muro del Apartheid” por los palestinos.

“Queremos que el mundo lo vea con el muro y la atalaya del Ejército israelí a sus espaldas”, explica Adnane Ajarmeh, miembro del comité de bienvenida y presidente de una asociación que ayuda a los 4,600 refugiados del campo, situado a las puertas de la ciudad de Belén.

El comité de bienvenida planteaba al principio recibir al Papa sobre una tarima montada delante del muro. Pero finalmente, a petición del Vaticano y de la Autoridad Palestina, la recepción tendrá lugar en una escuela a sólo unos metros del muro.

Ajarmeh sospecha que Israel, que ordenó suspender las obras de la tarima, ejerció “presiones” para cambiar el lugar del evento.

¿Frenarán papamóvil?

Pero la tribuna a la cual el Papa subirá junto con el presidente Mahmud Abas será suficientemente alta para que se vea la barrera de seguridad en segundo plano, sin ser tapada por la escuela, asegura Ajarmeh.

“Intentaremos frenar el convoy cuando pase delante del muro (...) para que se tomen el máximo número de imágenes”, agrega.

Presentada por Israel como una “valla antiterrorista”, el muro que se extenderá al final de su construcción a lo largo de más de 650 km penetra en Cisjordania, y sería una complicación añadida a la hora de establecer un Estado palestino.

Los habitantes del campo, provenientes de 43 pueblos arrasados por las fuerzas israelíes durante la creación del Estado hebreo en 1948, esperan la visita del Papa para llamar la atención del mundo sobre su reivindicación de regresar a sus tierras, una solicitud absolutamente rechazada por Israel.

“No soy tan ingenuo como para creer que el Papa conseguirá nuestro derecho al regreso, pero su visita recordará al mundo nuestros sufrimientos, lo que puede servir de impulso político”, comenta Ajarmeh.

El patio de la escuela elegida para recibir al Papa está rodeado de una mezquita y de edificios mugrientos. Unos niños juegan al fútbol supervisados por el profesor de educación física.

Los responsables de esta escuela gestionada por la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos en Oriente Medio (UNRWA, por sus siglas en inglés), recibieron la orden de no decir nada a propósito de la visita del Papa. Dejan que hablen los niños.

“Quiero que el Papa vea la miseria en la que vivimos, el muro, la ocupación y a nuestras familias, expulsadas de sus casas y que sueñan con regresar”, afirma Basel Abu Ode, de 14 años.

“Yo espero que hable de nuestro sufrimiento al mundo entero, que diga que el pueblo palestino quiere vivir en paz”, agrega su amigo Najdat Al Azza.

Abdel Majid Abu Srur, de 75 años, fue uno de los primeros en instalarse en el campo, construido en 1952, después de haber abandonado el ya desaparecido pueblo de Beit Natiff.

Cuando suena el llamado a la oración, Abdel Majid sale de su tienda desabastecida y camina lentamente, por las callejuelas, hacia la mezquita.

“No será el Papa quien nos lleve de vuelta a nuestras tierras, pero espero por lo menos que le diga al mundo que no somos terroristas sino gente que quiere recuperar sus derechos y vivir en paz”, sentenció.