•   Mangina, República Democrática del Congo  |
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  • AFP

En Mangina hay niños por todas partes, excepto en las escuelas. El miedo al virus del ébola llevó a los padres a boicotear la vuelta a clase en esta aldea de Kivu del Norte, la provincia más afectada por la epidemia que golpea el este de la República Democrática del Congo (RDC).

Christian Muhindo camina entre pupitres vacíos: "Los alumnos no han venido hoy, los padres los mantienen en casa. Piensan que los niños pueden contagiarse en la escuela".

"No saben que los maestros hemos sido formados por la Unicef para saber qué medidas tomar con un niño enfermo", dijo este profesor de primaria.

En las escuelas, el Fondo de las Naciones Unidas para la infancia promueve el lavado de manos con agua clorada.

En la región de Beni, la epidemia se declaró en pleno periodo vacacional. De las 81 muertes registradas, 62 fueron en Mangina, según cifras del 3 de septiembre, día oficial del regreso a clases.

La disminución de muertes y el aumento de casos de personas curadas no han podido apaciguar el ansia. "Generalmente iniciamos el año con alrededor de 600 alumnos. Hoy hemos inscrito únicamente dos", dijo la directora del centro de secundaria de Mangina, Aldegonde Batsyoto.

Las iniciativas de sensibilización no faltan. "En la radio y en las iglesias se anuncia que se tomaron las medidas necesarias para la vuelta a clase. Pero todavía se teme el contagio en las escuelas", continúa Batsyoto.

Sin embargo, Batsyoto asegura que el lugar más seguro son las escuelas. "En casa no se sabe por dónde han pasado; aquí los vigilamos".

Insolvencia

"Queremos que primero se vacune a los niños", dice Adam Bangole, representante de los padres de alumnos, acerca de la vacuna preventiva que ya se ha administrado a 5,773 personas.

Ni un solo alumno se presentó al primer día de clase de la primaria Makukulu, que en 2017 inscribió a 859 niños.

"Los padres tienen miedo, pero estamos al lado del centro de tratamiento", explicó el director acerca del centro de Médicos sin Fronteras, instalado a un centenar de metros de la escuela.

Dentro del centro hay buenas noticias: cinco hospitalizaciones, contra cuarenta hace unas semanas, y pacientes curados.

Jérôme Kouachi, coordinador de la Unicef en la provincia, afirma que la vuelta a clase en este país africano siempre toma tiempo. "El ébola es un elemento adicional que retrasa el regreso a clase".

El ébola es un desafío más para las familias congoleñas que cada año luchan por cubrir el costo de los estudios.

En el instituto de Mangina cada trimestre cuesta 35 dólares. Se trata de un monto importante, que a menudo conduce a la insolvencia a las familias de esta comunidad agrícola de varios miles de habitantes.

El paro de actividades por el virus no ayuda. "Las personas no podrán salir de apuros", afirma la directora.

"Hace un año el ciclo escolar comenzó con 800 alumnos y terminó con 629, por falta de recursos de las familias". Y esto a pesar de que la oenegé Danish Refugee Council ayudó a 200 alumnos, afirma la directora de otra escuela, Henriette Kahindu Kavira.

"Mis padres no tienen dinero para comprar el material escolar", explicó Mika, de 10 años.

En República Democrática del Congo, la mitad de los habitantes tiene menos de 18 años y casi siete millones de niños no están escolarizados, según cifras de la Unicef de 2016.