•   Brasilia, Brasil  |
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  • AFP

Una pancarta de una estudiante en la protesta del lunes en Rio de Janeiro sintetizó la indignación que se hizo oír en Brasil tras el devastador incendio del Museo Nacional: "Recortes en educación = fuego".

Cuando las llamas no habían terminado de reducir a cenizas los 200 años de historia encerrados en el palacio que fue residencia de la familia imperial, muchos ya la definían como una "tragedia anunciada", debida a los ajustes aplicados en los últimos años por el presidente Michel Temer.

Otros lamentaban que este episodio ocurriera en una ciudad que pocos años atrás recibió multimillonarias inversiones para organizar los Juegos Olímpicos de 2016 y la Copa del Mundo de 2014.

Y en un país, además, sacudido por escándalos de corrupción que involucran a altos dirigentes de casi todos los partidos.

Una polémica que se metió en el debate electoral, a poco más de un mes de las inciertas elecciones presidenciales del 7 de octubre.

Temer, tras llegar a la presidencia en 2016, congeló el gasto público como estrategia para sanear las cuentas del gobierno en un escenario de recesión y elevado desempleo. Sectores como educación, cultura, ciencia y salud han hecho en los últimos tiempos sonar con insistencia las alarmas.

Según la Confederación Nacional de Municipios, los gastos del gobierno en salud y educación cayeron alrededor de un 3,1% en 2017 en relación a 2016.

"Esto es una consecuencia de las políticas neoliberales de este gobierno, que privilegia el servicio de la deuda, el pago de intereses, mientras que sectores como educación o cultura están siendo devastados", explica a la AFP el economista Felipe Queiroz.

Queiroz recuerda que en 2017, un 44% del presupuesto destinado a Ciencia y Tecnología quedó "congelado".

"La situación es catastrófica. Estamos perdiendo el pasado y sacrificando nuestro futuro", agrega este consultor independiente.

Los recortes ya fueron cuestionados durante la entrega a principios de agosto en Rio de las medallas Fields, consideradas el Nobel de las Matemáticas.

"Hay una visión de que en momentos de crisis hay que invertir en ciencia, para crear nuevos ambientes en que la economía pueda prosperar. Pero en Brasil está imperando una visión de recorte de gastos. Es insensato", dijo a la AFP Marcelo Viana, presidente del Instituto Nacional de Matemática Pura y Aplicada (IMPA).

"Un valor ínfimo" 

Según datos de la ONG Contas Abertas (Cuentas Abiertas), el hoy calcinado Museo Nacional, gestionado por la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ), pasó de recibir 979.000 reales en 2013 (USD 453.000 al tipo de cambio promedio de ese año) a 643.000 (201.000 dólares) en 2017.

Hasta el 31 de agosto, solo se destinaron 98.115 reales al que era el mayor museo de historia natural y antropológico de América del Sur, con más de 20 millones de piezas y una biblioteca de más de 530.000 títulos.

"El valor es ínfimo y puede compararse a un único contrato de este año en la Cámara de los Diputados para lavar 83 vehículos: 563.000 reales", dijo a la AFP el director de Contas Abertas, el economista Gil Castello Branco.

Este drástico recorte obligó al Museo a cerrar al público varios espacios y dejó desatendido el mantenimiento: los detectores de humo no estaban funcionando y no tenía seguro de incendio, según la vicedirectora del Museo, Cristiana Serejo.

El gobierno rebatió esas versiones y cargó parte de la responsabilidad de la falta de recursos a la universidad gestora.

El jefe de gabinete, Eliseu Padilha, afirmó el martes que la UFRJ tiene "autonomía presupuestaria y financiera" y que distribuye sus fondos como mejor lo entiende. "El presupuesto de la UFRJ aumentó 48,9% de 2012 a 2017", pero la partida traspasada por la Universidad al Museo "cayó 43,1%" en ese periodo. "Es muy importante que la gente lo sepa", recalcó Padilha.

El museo tenía pendiente recibir un patrocinio por 21,7 millones de reales, firmado en junio por el banco de fomento brasileño BNDES. Pero nunca llegó.

Castello Branco admite que la falta de medios en áreas de investigación y cultura se debe en parte a la "delicada situación fiscal" de Brasil, con una caída de los ingresos y un crecimiento de los "gastos obligatorios", gran parte de los cuales son absorbidos por salarios y el "absurdo" sistema de pensiones, que hace que un trabajador se jubile de media a los 53 años.

Pero también hay según él "una falta de atención" y una mala práctica a la hora de distribuir y priorizar los recursos.